El coleccionista

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¡Hola, amigos! Hoy les propongo un cuento oscuro y siniestro. Siempre que tratamos con los bajos instintos de algunos seres se nos pone la piel de gallina. En este caso, el protagonista lleva a cabo ciertos rituales que rayan la psicopatía. Espero que les guste y… tengan presente que cualquier hobbie llevado a un extremo puede ser peligroso…

Cómo quitar manchas de sangre | Decoora
Imagen de Internet

Hay muchos hobbies, los hay para todos los gustos. Hay quienes coleccionan bellas mariposas, raras estampillas, boletos capicúas y tantas otras cosas. Pero también están los que coleccionan dolor.

Él era un hombre de unos cuarenta y tantos. Se dedicaba a la Antropología. Y hablo en tiempo pasado, porque desde que fue descubierto, está tras las rejas de una prisión de máxima seguridad, rodeado de guardias y otros hombres con inclinaciones delictivas varias.

Su actividad original lo llevó a conocer culturas antiguas, tanto que fue adoptando rituales de unas y otras hasta convertirse él mismo en una colección de manías que sería muy difícil de describir. Vaya como ejemplo que realizaba todas las tardes el ritual del té chino con ropas de samuray mientras acariciaba una daga dragón china o el de producirse visiones antes de dormir, consumiendo ayahuasca subido a un árbol de su propio jardín. Pero la peor de las costumbres que adoptó fue la de buscar almas perdidas para liberarlas del sufrimiento de estar en este mundo. Algunos dirán que eso no forma parte de ningún ritual. Él no opinaba lo mismo, porque para él, algún antepasado suyo había sido inquisidor y le había heredado dotes de exorcista.

Lo de liberar almas lo hacía los sábados. Un día como cualquier otro, en principio. Podríamos pensar que era su día libre, pero lo que en realidad ocurría era que se trataba del día del partido de fútbol de su equipo preferido. Él sabía que sentarse en el tablón de la cancha junto a miles de hinchas desaforados, le daba el pasaje a una parte de su ánimo que normalmente se hallaba escondida y protegida.

Así fue como descubrió de lo que era capaz.

Fue después de un partido en el que su equipo disputaba la copa. La multitud estaba enardecida, porque iban perdiendo. Y como el resultado del partido terminó siendo adverso al club de sus amores, se exaltó de tal manera, se fundió con la multitud furiosa en tal grado, que al salir de allí solo quiso una cosa: liberar al capitán del equipo perdedor de todo el sufrimiento que estaba padeciendo y que estaba causando a la masa de seguidores.

Esa tarde, después del malogrado partido, él siguió el micro que llevaba a los futbolistas hasta la sede de su estadio. Luego, esperó al capitán del equipo en la puerta trasera del club. Esperó que se quedara solo y se aproximó. Mediante una argucia lo hizo acercarse a su auto. Una vez allí, le explicó que debía ayudarlo, que tenía la manera de revertir la mala racha que estaba teniendo, que podía hacer que dejara de sufrir. El hombre, no sabemos si por desesperación o porque estaba muy deprimido, se dejó convencer y se dejó llevar hasta la casa del supuesto salvador, con la promesa del alivio definitivo.

Esa noche, cuando la luna clareaba por la ventana, dio inicio su ritual de espanto. Drogó al capitán del equipo y lo sometió a un exorcismo que logró sacar el último aliento del deportista al extraer la sangre de sus venas por un orificio que hizo en su brazo. Como recuerdo, tomó un pañuelo y lo embebió en la sangre del moribundo. Luego lo guardó en su mesa de noche.

Ese fue el primero.

A la fecha en que lo localizaron y lo prendieron, había acumulado diecisiete pañuelos manchados de sangre. Los dueños de los recuerdos incluyeron siempre a gente destacada y conocida por el público, gente que, de alguna manera, sufría una particular desgracia producto de quién sabe qué maleficio.

No les voy a contar los detalles del juicio. Él reconoció que estaba haciendo una tarea sublime, estaba librando al mundo de sufrimiento y dolor. Según él mismo dijo, él era un “pararrayos que atrae lo malo que azota a este mundo para que no le cause daño a los demás”.

Ese fue su fin.

Su colección de pañuelos fue incautada por la policía. Hoy se exhibe en el museo del horror de la ciudad. Una colección que destaca entre las otras muestras de barbarie, por su aparente lirismo.

(C) Meg

9 comentarios sobre “El coleccionista

    Josep Ma Panadés escribió:
    27 noviembre, 2021 en 8:09 am

    ¡Pobres víctimas! Después de sufrir una derrota o fracaso, del tipo que sea, eran sometidos a un exorcismo que les enviaba al otro mundo. Hay lunáticos, esquizofrénicos y psicópatas que son capaces de cualquier barbaridad. Y tu sujeto es uno de ellos. En la cárcel podría utilizar el mismo remedio a sí mismo, acabando con su propio sufrimiento, si es que lo siente.
    Menudo relato siniestro, je,je.
    Un abrazo.

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    Ana Piera escribió:
    27 noviembre, 2021 en 1:38 pm

    Vaya relato, me parece que describes muy bien el «problema» del protagonista y nos transmites el horror de su estilo de vida. Un cuento bastante oscuro muy bien logrado. Saludos.

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    Cabrónidas escribió:
    28 noviembre, 2021 en 7:48 pm

    Ya no habrá detergente o lejía capaz de devolver el blanco de los pañuelos.

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    Doctor Krapp escribió:
    1 diciembre, 2021 en 11:54 am

    Por lo menos no usó Kleenex de papel, les tenía algún respeto a pesar de lo sofisticado del crimen. Se me ocurre que si les hubiera hecho una transfusión con su propia sangre quizás podría ocupar su lugar y vivir vidas ajenas.
    Un abrazo, Mirna

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      mireugen respondido:
      1 diciembre, 2021 en 10:26 pm

      Lo del Kleenex habría que estudiarlo… no permitiría guardarlo por mucho tiempo. Me gustó lo de la transfusión. Vas a tener que escribir algo con eso.
      Un abrazo Dr.

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    María Pilar escribió:
    3 diciembre, 2021 en 10:43 am

    Hola, Meg, aún sabiendo que el asesino ya estaba en la cárcel, el texto me ha atrapado y me ha mantenido en vilo hasta el final. Mérito el tuyo al describirnos la psicología del personaje y sus perversiones con todo detalle.
    Un abrazo!

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    mireugen respondido:
    3 diciembre, 2021 en 10:49 am

    Hola, Ma. Pilar. Te agradezco el comentario. Saludos

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