Mes: mayo 2015

Isla de los Vientos – Capítulo XV

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Mentiras que cuestan

Villafranca llegó esa misma tarde a la posada de la bruja, con la esperanza de que aliviara esa profunda desilusión que sentía. Era una desilusión doble, por un lado ver a la mujer que amaba embarcada en una nueva vida, ajena a su sufrimiento y aparentemente satisfecha con su futuro, lo entristecía; por otro, el no haberse atrevido a indagar en las razones o sentimientos de ella lo tenía enojado consigo mismo. Nunca había sido cobarde, no le temía a la verdad, sin embargo fue más fuerte la sensación de que su intromisión en la vida de Esperanza en esas circunstancias solo le traería más sufrimientos a ella y él no deseaba eso. Ni siquiera fue el verla con alguien a quien él estimaba, no era tan altruista en realidad, solo que ella parecía estar conforme y evaluó que sus posibilidades eran demasiado pocas… Fue su pesimismo lo que lo detuvo, un convencimiento a priori de que llevaba las de perder. Leer el resto de esta entrada »

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Isla de los Vientos – Capítulo XIV

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Palabras pendientes

La tarde venía cayendo sobre las caobas acaloradas, sus pequeñas flores traslúcidas tomaban los rayos del sol y los convertían en estrellas. Villafranca se dirigía hacia La Jagua, el lugar donde le habían indicado que encontraría a Esperanza. Había tenido que sobornar a un criado de Don José para que le revelara su paradero, pero no le importaba el dinero que le había costado; esos seis escudos, que representaban la paga del criado durante dos años, bien lo valían. Su pecho alborotado no toleraba ya más la lentitud del camino que, pese a no oponer demasiadas resistencias se mostraba ensortijado por momentos. Su caballo había protestado por la marcha incesante y había tenido que detenerse junto a los manglares del río para darle un respiro. Ella estaría en su casa, con los preparativos para la boda, ¿qué haría que no lo echara? Tal vez la nota que le enviara no le hubiera llegado o su respuesta se hubiera perdido. Él había emprendido la marcha con la certeza de que la falta de respuesta no era un no. Ahora se decía que eso era más que un no, era un no me interesa, un ya no pienso en tu existencia. Habían pasado meses desde la vez en que se distanciaran. ¿Cómo no podía ver lo que estaba haciendo su padre? ¿Qué pensamiento obstinado le hacía preferir la mentira a la verdad? Su actitud seguía demostrando que ella no confiaba plenamente en él, que no estaba dispuesta a enfrentar a sus padres ni siquiera por él. Leer el resto de esta entrada »

Isla de los Vientos – Capítulo XIII

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El nuevo camino

 

Villafranca comenzó a llevar la vida que Don José tenía prevista para él. Lejos de Esperanza nuevamente, ahora por obra y gracia de su astucia, se había convertido en el ejecutor perfecto para sus planes. No se arriesgaría aún a volver con los desertores del mar, todavía guardaría esperanzas de volver con su hija. Y conforme pasara el tiempo los piratas ya no lo mirarían con confianza, estaba a su merced. Sobre Villafranca recayó la delicada tarea de tratar con los contrabandistas que lo surtían de todo aquello que la Corona les negaba en territorio español, si algo se llegaba a saber en la colonia, Don José podría decir que Villafranca obraba a sus espaldas y sacaba provecho de su buena voluntad, ya que los contactos se hacían durante las travesías de la nave, en altamar, y Don José en ningún momento era quien daba las instrucciones, todo se manejaba a través de su capitán. Por otro lado, una vez llegado al puerto, nadie sabía cuál era el destino de los carros que llevaban la mercancía y que partían antes de que Don José se presentara a recibir la nao. No tenía necesidad de controlar los envíos, Villafranca le sería leal por el solo hecho de seguir cautivo de su hija. Leer el resto de esta entrada »

Isla de los Vientos – Capítulo XII

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El reencuentro

Y allí estaba yo, apoyada sobre un pilote del muelle desvencijado. Uno de mis chapines comenzó a palpar un clavo que asomaba de la madera oscura y húmeda. Jugueteé unos instantes con el pequeño obstáculo que se me ofrecía y luego decidí que no podía dedicar esos instantes de singular riqueza a tales vulgaridades. ¡Cuánta riqueza hay en una espera! pensé, justamente porque los últimos minutos son los de mayor variedad de emociones.

El sufrimiento por una larga separación unido a la esperanza empecinada, la emoción adueñándose de mis ojos y mi pecho. Comencé a hacer un recuento de los meses transcurridos sin noticias, hasta que llegaron lejanos rumores… luego mi padre y entonces, ese mensaje… llegado por intermedio de Dante Mondejar y mi corazón se apuraba en carreras contra los minutos que faltaban.

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Isla de los vientos – Capítulo XI

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La vida continúa

La Jagua era una fiesta en esa época del año. Nacían potrillos de pie listos para correr, nacían cerdos macizos y rollizos, el maíz se elevaba por encima de los ojos con su sonrisa de mil y un dientes y todos se conmovían mirando esas flores, pequeñas y delicadas mariposas, que presagiaban la primera cosecha de cacao.

En la casa, canastos de jaguas eran amontonados poco a poco para las laboriosas mujeres que prontamente se dedicarían a hacer dulces, salsas y licores.

Alfonso prosperaba con los nuevos cultivos y andaba como enloquecido enseñando a sus nuevos trabajadores la forma en que debían atenderlos, regarlos, quitarles las alimañas y las plagas.

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La neblina

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El pueblo se vaciaba a las dos de la tarde. Quedaba solo en la plaza el perro que era de todos y de nadie. Pero no tardaba en rumbear hacia alguna entrada, sigiloso. Meterse por alguna puerta era una invitación al zapatillazo. Pero héroe de las calles, él lo intentaba todo.

La hora de la siesta era la esperada para la novela. Faltaba el último capítulo. Los protagonistas darían un giro a la historia para que la gente fuera feliz, una vez más.

Había tres canales de aire. En uno se podía ver un programa para amas de casa laboriosas, en otro una recopilación de entrevistas a personajes en su mayoría fallecidos. Y en el tercero “la novela”.

La neblina lo ocultó todo esa tarde. Era una masa densa y fría que se inspiraba y se exhalaba como vapor. La gente se acomodó en las salas de su casa, frente al aparato de televisión, con la impaciencia y la inquietud del último momento, y giró la perilla. Pero nada pasó. Todo eran rayas, en los tres canales.

Estuvieron mirándose entre todos, mirando el aparato sin entender nada, durante un buen rato. En eso estaban cuando el perro de todos y de nadie se levantó de su rincón y pasó delante del televisor ladrándole a las rayas.

La zapatilla voló, se estrelló con su trompa. Y él salió gimiendo su desconcierto hacia la calle nuevamente.

El monstruo

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─¡No quiero ir al baño!

─Pero… nena, no hay nada en el pasillo.

La niña dio un par de pasos avanzando hacia el pasillo oscuro. La negrura era un sitio enorme, sin fin que de a poco abarcaba toda su casa y crecía más y más hasta confundirse con la noche del universo.

Se vio sola en medio del mundo. Perdida. Vulnerable. Débil. A la deriva de un monstruoso final inimaginable que se comería a sus padres, para luego engullirla a ella.

No podía permitir eso.

Y el siguiente paso fue una dolorosa carrera hacia el próximo interruptor de luz.