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Retratos – La arrimada

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Resultado de imagen para dudaLa Juana había llegado hacía poquito. Venía de otra pensión, de la que la echaron por no pagar el alquiler. Ella no había terminado aún los trámites de la invalidez por una cintura estropeada trabajando. Esperaba el aviso en una carta que parecía haberse perdido en los vericuetos de la burocracia.

Era una mujer muy creyente, según ella misma decía. A veces, contaba, trabajaba en la parroquia para ayudar a los que, aunque no tenían techo, seguían teniendo hambre. Sin embargo, de noche, la Juana no tenía para comer.

Los pesos que había juntado en limosnas se habían ido en pagar un mes de adelanto en la vecindad. Por eso, lo primero que hizo fue arrimarse a una viejita que andaba necesitada de compañía.

Muchas veces le pidió un pan, un poco de leche o un tomate, porque su heladera estaba vacía. Siempre lo pedía a cuenta de esa pensión que tardaba en materializarse. Sin embargo, se la veía dando anticipos de pago en el equivalente de un poco de charla y servicios como cebar mate o preparar algo de comida.

Tres meses fue lo que duró esa pacífica unión entre la Juana y la viejita. Porque un día, el dueño de la pensión le pidió que se fuera, por no pagar el alquiler. Ella, en lugar de amedrentarse, le pidió a un amigo que amenazara al dueño con denunciarlo por no entregar facturas en regla y llevar su negocio “en negro”.

La Juana mostró las uñas. Hoy no se sabe si paga el alquiler o tiene al dueño de la pensión entre la espada y la pared. Las vecinas cuchichean que si está bien, que si está mal lo que hizo. Ahora, empezaron a tenerle miedo. La viejita a la que la Juana acompañaba ya no le puede convidar de su comida y nadie se explica cómo, ahora, la Juana come todos los días en el bar de la esquina.