Isla de los Vientos – Capítulo X

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Conquistado nuevamente

Fueron muchos los días de travesías y luchas a mar abierto que le tocaron en suerte. Las mañanas llegaban, una tras otra, con el olor irreductible de la pólvora y las mechas quemadas. Su carácter antes afable y dispuesto a las bromas se fue haciendo distante, reconcentrado, como el de alguien que hace algo a su pesar. En el fondo había varias cuestiones que no le agradaban, como el trato a los pasajeros de los barcos que atracaban. Sus compañeros no le temían pero cuando él hablaba siempre lo tomaban en serio. Era moderado en sus pensamientos, demasiado prudente según algunos. El capitán recurría a él ante algunas situaciones.

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Isla de los Vientos – Capítulo IX

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El pirata

—Cuán delgada es la línea que nos separa entre reinos. Hora francés, otrora español, sabe Dios qué, luego. Como si lo único que hicieran las fronteras fuera delimitar los intereses y riquezas de algunos mientras que los que estamos afanados y diligentes en llevar una vida honorable quedamos a su merced y nos limitamos a aceptar sus condiciones y cláusulas, a no estorbar con tal de tener un pequeño espacio donde levantar un techo y respirar… Qué cárcel tan disimulada es nuestra vida, impalpables grillos las leyes, invisibles hilos los gobiernos, ya no somos el devenir de las familias que se entroncaban en un mismo árbol. Somos un enjambre de fulanos y menganos sin otro lazo y guía que la voluntad y deseo de hacer un frente común a las contrariedades. Si hubiera sido indio o negro, ahora sería un esclavo buscando la libertad, la vida me ha hecho convicto de un crimen que no he propiciado ni merecido. Bendita la mar océana que nos unió para ser una nación sin fronteras, sin otro propósito que el ser libres, señores de las olas y el viento, hermanos que prosperan contra las tempestades, bribones que aprovechan el desenfreno por las riquezas de aquellos que hacen las leyes para su propio provecho. Qué importa de qué color sea mi bandera si puedo sentir que es mi bandera.

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Isla de los Vientos – Capítulo VIII

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Encadenada

Encadenada era una miserable sucesión de casuchas rodeadas por una empalizada a modo de fortificación, la costa al frente, piedra y vegetación por detrás. Su aspecto era tan endeble que ni siquiera los cañones que estaban dispuestos y mal disimulados en algunas zonas de rocas altas le otorgaban algo de dignidad al conjunto. Se encontraba en una isla algo alejada de las grandes Antillas por lo que desde cualquier punto se veía el extenso mar. Había sido improvisada como cárcel a pedido del gobernador, ante la insuficiencia de los calabozos del presidio de la ciudad, siempre escasos debido al constante crecimiento de la población díscola y fullera, y a las innumerables escaramuzas entre españoles y franceses que hacían necesario más espacio.

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Isla de los Vientos – Capítulo VII

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Pacto oscuro

Don José Durán se encontraba sentado frente a su escritorio de madera taraceada, de espaldas a la puerta de su gabinete. Gesticulaba mientras revisaba nerviosamente unos papeles sacados de uno de los tantos cajones. Sus negocios estaban sufriendo los avatares que aquejaban a la mayoría de los comerciantes del Nuevo Mundo. Los cada vez menos frecuentes viajes de La Flota hacían que hubiera faltantes de mercaderías y ya no podía lucrar con los precios exorbitantes, debido a que sus reservas se estaban agotando y el dinero de los compradores era cada vez más escaso. Sus cuentas personales no se equivocaban, las había revisado una y otra vez, debía obtener rápidamente una nueva fuente de ingresos.

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Isla de los Vientos – Capítulo VI

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Perdida en la selva

Los días de Esperanza comenzaron a transcurrir entre las labores de cocina, que su tía alentaba como si fuera a prepararla para abrir una tienda de comida, y paseos a lo largo del río, un río que serpenteaba con destellos dorados. Se decía que el oro era el llanto que los dioses vertían en la montaña y esas gotas llegaban cuesta abajo y eran lo que los españoles llamaban pepitas. Los indios ya habían sacado lo suficiente como para que ellos tuvieran una vida cómoda pese a la sangría que representaba el quinto real, pero ellos habían decidido compartir sus tesoros con los nativos porque decían que se merecían algo más que una simple paga en retribución por su trabajo. Una idea por demás extraña en aquellos momentos ya que, a pesar de que los indios tuvieran su propio dinero, no eran bien mirados cuando se presentaban en los poblados sin su encomendero. Las gentes de los pueblos no estaban acostumbradas a ver indios en las tiendas. Si bien habían sobrevivido muy pocos y no ofrecían riesgos en esos tiempos, había un gran resentimiento contra los originarios, tal vez porque a los españoles les recordaban que toda su prosperidad provenía del hurto de sus riquezas. Mucha gente esgrime defensas de sus propias culpas culpando al otro y reduciéndolo a una condición de inferior para desacreditar lo que pudieran demandar…

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Saludos desde el cohete

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El hombre del cohete saludó a través de la ventanuca de su nave. Miles de personas lo estaban viendo desde sus casas, en televisión, preguntándose para qué otro viaje. Los compañeros astronautas también salían en la cámara, pero no se entusiasmaban con la difusión del despegue, las causas habían resultado desalentadoras.

Habían sido convocados para una misión desagradable. La nave Voyager, de regreso a la Tierra había encallado en un basurero espacial, a poco de la órbita del planeta. Nadie esperaba que la nave estuviera de vuelta en tan corto tiempo. Es más, ni siquiera esperaban que volviera. Su misión era surcar el espacio, transponer los límites y llevar su mensaje de vida a otros mundos posibles.

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Compartiendo algo

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La noche cerrada no dejaba pasar los sonidos. El vecindario estaba muerto, a excepción de un par de traficantes de droga que se encontraban apostados en una esquina, mitad basural, mitad aguantadero.

El hombre venía con pasos pesados, cargando las pisadas de sus botas con el peso de una pierna algo endurecida por un viejo accidente. Las manos en sus bolsillos, el cuello del saco levantado para evitar el viento de otoño.

Allá estaba la casa. Una casa de frente de ladrillos y balcones en las ventanas. Una casa que parecía como cualquier otra de la cuadra y sin embargo, era totalmente distinta. Los últimos días habían sido protagonistas de un menudo deterioro, el que hizo que las plantas se encontraran lánguidas y descoloridas.

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