Isla de los vientos – Capítulo IV

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Destino

Don José estaba en su despacho con uno de los clientes habituales de su comercio de herramientas, en el que también se trataban armas (aunque no a la vista). El reciente desembarco de la mercadería que le trajera la Flota lo tenía todavía con los bultos en mitad de la casa de comercio. Estaba buscando un empaque de  mosquetes y arcabuces para proveer a todo aquel que quisiera tomar parte activa en la defensa de la ciudad. Abrió un bulto, solo encontraba vizcaínas y tijeras de hierro labradas en Albacete, las había de uso médico, de uso doméstico, de escritorio, de costura. Se dijo que eso también haría menester llegado el caso y continuó buscando. En esas tareas estaba cuando uno de sus criados se presentó a la carrera y sin aliento.

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Isla de los vientos – Capítulo III

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Planes

Esperanza no estaba en posición de presentar a Alonso a su familia, él era apenas un aprendiz de hombre de mar. Había sido aceptado años atrás en la nave de un rico comerciante de la isla, a pesar de nunca haber navegado, porque le cayó en gracia al capitán que un joven de tan corta edad mostrara un singular conocimiento de la astronomía. Así que lo tomaron como marinero con la promesa de dejarlo aprender a usar las cartas de marear y el compromiso de poner a prueba ese instrumento novedoso, desconocido por la mayoría de los navegantes y que quienes conocían se rehusaban a usar en reemplazo del tradicional astrolabio, el sextante.

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Isla de los vientos – Capítulo II

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Esperanza

De la Croix fue uno de los prisioneros que años atrás huyeron de la justicia española y los avatares de la vida llevaron a la isla. En aquel tiempo lo conocían como Alonso Villafranca. Había terminado en el destierro ya que tuvo el mal tino de batirse a duelo con un soldado del Rey y la mala fortuna de salir airoso de la contienda.

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Isla de los vientos – Capítulo I

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La Isla de los Vientos

De la Croix gritaba enfurecido:

—¡Quiero mi ron! ¡Quiero mi ron!

La tripulación no osaba preguntarle por qué se encontraba tan exaltado y evitaba acercarse mucho a él, pues temía ser el blanco de su furia. Daba miedo verlo así, y no era que anduviera con la ropa sucia, maloliente, los cabellos grises excesivamente largos y revueltos por el viento de alta mar, la barba desprolija, las botas descosidas y un sombrero negro desteñido por el sol y la sal. Era la manera como se paseaba por la cubierta, dando airados pasos, moviéndose de la proa a la popa como un animal salvaje en cautiverio, con los ojos inyectados de sangre y la mirada extraviada en una maraña de pensamientos, golpeando un viejo látigo furiosamente contra su mano sin demostrar dolor alguno…

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