Isla de los Vientos – Capítulo VI

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Perdida en la selva

Los días de Esperanza comenzaron a transcurrir entre las labores de cocina, que su tía alentaba como si fuera a prepararla para abrir una tienda de comida, y paseos a lo largo del río, un río que serpenteaba con destellos dorados. Se decía que el oro era el llanto que los dioses vertían en la montaña y esas gotas llegaban cuesta abajo y eran lo que los españoles llamaban pepitas. Los indios ya habían sacado lo suficiente como para que ellos tuvieran una vida cómoda pese a la sangría que representaba el quinto real, pero ellos habían decidido compartir sus tesoros con los nativos porque decían que se merecían algo más que una simple paga en retribución por su trabajo. Una idea por demás extraña en aquellos momentos ya que, a pesar de que los indios tuvieran su propio dinero, no eran bien mirados cuando se presentaban en los poblados sin su encomendero. Las gentes de los pueblos no estaban acostumbradas a ver indios en las tiendas. Si bien habían sobrevivido muy pocos y no ofrecían riesgos en esos tiempos, había un gran resentimiento contra los originarios, tal vez porque a los españoles les recordaban que toda su prosperidad provenía del hurto de sus riquezas. Mucha gente esgrime defensas de sus propias culpas culpando al otro y reduciéndolo a una condición de inferior para desacreditar lo que pudieran demandar…

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Saludos desde el cohete

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El hombre del cohete saludó a través de la ventanuca de su nave. Miles de personas lo estaban viendo desde sus casas, en televisión, preguntándose para qué otro viaje. Los compañeros astronautas también salían en la cámara, pero no se entusiasmaban con la difusión del despegue, las causas habían resultado desalentadoras.

Habían sido convocados para una misión desagradable. La nave Voyager, de regreso a la Tierra había encallado en un basurero espacial, a poco de la órbita del planeta. Nadie esperaba que la nave estuviera de vuelta en tan corto tiempo. Es más, ni siquiera esperaban que volviera. Su misión era surcar el espacio, transponer los límites y llevar su mensaje de vida a otros mundos posibles.

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Compartiendo algo

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La noche cerrada no dejaba pasar los sonidos. El vecindario estaba muerto, a excepción de un par de traficantes de droga que se encontraban apostados en una esquina, mitad basural, mitad aguantadero.

El hombre venía con pasos pesados, cargando las pisadas de sus botas con el peso de una pierna algo endurecida por un viejo accidente. Las manos en sus bolsillos, el cuello del saco levantado para evitar el viento de otoño.

Allá estaba la casa. Una casa de frente de ladrillos y balcones en las ventanas. Una casa que parecía como cualquier otra de la cuadra y sin embargo, era totalmente distinta. Los últimos días habían sido protagonistas de un menudo deterioro, el que hizo que las plantas se encontraran lánguidas y descoloridas.

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Isla de los vientos – Capítulo V

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La Jagua

Encarnación, la hermana de su esposa, no era de las personas que más le agradaban. Si había algo a lo que podía atribuir la rebeldía de su hija era a ese germen metido en la sangre de la familia de su esposa y bien representado por esa tía que alardeaba de su amistad con los indios. Pero no había otra persona que pudiera darle asilo por un tiempo que consideraba indeterminado y sin oponer algún tipo de resistencia, en eso era confiable, quería mucho a su sobrina. Y su marido, un pequeño explotador de oro que nunca haría fortuna con el trato que le dispensaba a sus subordinados, aceptaría gustoso el dinero que él podría proveerles por tener una huésped en su casa. Esas cosas no se podían entender, ya en pleno siglo XVII, que hubiera quien se considerase a la par de unos energúmenos, como si la historia se hubiera escrito sobre la base de una igualdad indiscriminada. Hay seres que necesitan de la protección de otros más fuertes, que son como niños, no están preparados para enfrentar los desafíos del mundo, solo pueden aceptar órdenes, ser obedientes para obtener el cuidado de quienes en definitiva saben hacia dónde ir y correrán con los riesgos.

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Isla de los vientos – Capítulo IV

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Destino

Don José estaba en su despacho con uno de los clientes habituales de su comercio de herramientas, en el que también se trataban armas (aunque no a la vista). El reciente desembarco de la mercadería que le trajera la Flota lo tenía todavía con los bultos en mitad de la casa de comercio. Estaba buscando un empaque de  mosquetes y arcabuces para proveer a todo aquel que quisiera tomar parte activa en la defensa de la ciudad. Abrió un bulto, solo encontraba vizcaínas y tijeras de hierro labradas en Albacete, las había de uso médico, de uso doméstico, de escritorio, de costura. Se dijo que eso también haría menester llegado el caso y continuó buscando. En esas tareas estaba cuando uno de sus criados se presentó a la carrera y sin aliento.

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Isla de los vientos – Capítulo III

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Planes

Esperanza no estaba en posición de presentar a Alonso a su familia, él era apenas un aprendiz de hombre de mar. Había sido aceptado años atrás en la nave de un rico comerciante de la isla, a pesar de nunca haber navegado, porque le cayó en gracia al capitán que un joven de tan corta edad mostrara un singular conocimiento de la astronomía. Así que lo tomaron como marinero con la promesa de dejarlo aprender a usar las cartas de marear y el compromiso de poner a prueba ese instrumento novedoso, desconocido por la mayoría de los navegantes y que quienes conocían se rehusaban a usar en reemplazo del tradicional astrolabio, el sextante.

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Isla de los vientos – Capítulo II

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Esperanza

De la Croix fue uno de los prisioneros que años atrás huyeron de la justicia española y los avatares de la vida llevaron a la isla. En aquel tiempo lo conocían como Alonso Villafranca. Había terminado en el destierro ya que tuvo el mal tino de batirse a duelo con un soldado del Rey y la mala fortuna de salir airoso de la contienda.

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