La Pequeña Disparo Certero

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El espectáculo estaba por terminar. Annie Oakley recorrió un buen tramo de la pista en medio de aplausos. Sonreía, Miss-Annie-Oakley-peerless-wing-shotllevaba el sombrero en su mano y lo extendía hacia la gente y hacía reverencias, pero se la veía concentrada, estaba por realizar el truco más esperado.

Llamó a su perro con un silbido agudo. El animal se dirigió hacia ella y moviendo la cola acarició su mano. Annie lo acarició también y le regaló un bocado de carne que llevaba en su bolsillo. George reconoció entonces el momento en que debía ubicarse en su lugar. Corrió a unos metros de distancia y se detuvo, erguido y confiado.

La multitud aclamaba de pie. Ya habían oído de la proeza. Por eso estaban allí, desde hacía horas, soportando el calor y los payasos, las domas y las corridas del circo de Buffalo Bill. El perro, sin moverse un milímetro, esperaría que su ama le apuntara desde unos cuantos pies de distancia y, cuando le hiciera una señal, dispararía sobre la cabeza, sin inmutarse. ¡Cuánta confianza requería ese acto!, teniendo en cuenta que en los animales el instinto de supervivencia superará seguramente los entrenamientos. Leer el resto de esta entrada »

Premio Concurso Fantasías Textuales – El círculo de escritores

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Queridos amigos, quiero compartir con ustedes la alegría de este reconocimiento.

premio fantasías textuales - 10-09-2015

Viaje circular

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Muchos de nosotros pensamos en un viaje al pasado como una suerte de irrupción en una película que se viene viaje circulardesarrollando, a la que arribamos para ser espectadores de nosotros mismos, y actores al mismo tiempo, capaces de interferir o modificar nuestros propios futuros, incluso abortar nuestro propio nacimiento. Pero qué tal si no fuese así.

Esteban Quirós se estaba preparando para ir a la Ópera. Nunca usaba corbata, salvo en contadas ocasiones como esa. Tenía metido en su película personal que ir a la Ópera sin lucir un atuendo distinguido era como comer un helado sin crema. Su madre lo llevaba de chico, la primera ópera que recordaba era Aída, con sus soberbios trajes egipcios, sus tocados y cetros de oro. Leer el resto de esta entrada »

La pluma

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Tomó la pluma, la recorrió lentamente con sus dedos, los miles de filamentos se doblaron en curvada mansedumpluma2bre y se
volvieron a formar. Depositó la pluma en el tintero. Luego me miró a los ojos, una a una fue quitándome las prendas de ese invierno agudo, con manos tibias, remolonas y pacientes…

Pasó un siglo de lanas-pulpejos… poplines-roces… sedas-caricias… lycras-palmas… y… encajes-labios…  que iban quedando a un costado como pétalos que dejan asomar su fruto…

Al terminar, se arqueaba mi voluntad a una experiencia de latidos, madera dispuesta a la tanza y a la flecha. Quise acercarlo, no me dejó. Tomó mis manos y las envolvió en besos para dejarlas en suspenso en ese aire de leño. Volvió donde la pluma. La entintó con su saliva. Se volvió hacia mí y me pidió que me dejara fluir con su tinta. Leer el resto de esta entrada »

Isla de los Vientos – Capítulo XIX

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La isla maldita

Parecía que lo peor ya había pasado, el ajetreo del mar y el viento habían cedido, pero François sabía qué era lo que se avecinaba. Estaban en esa isla maldita y la intención de Villafranca era hacer a pie juntillas lo que le había dicho el curandero, evidentemente. ¡No podía ser que pusiera en peligro a su tripulación! Esta vez sí que se había extralimitado. No lo permitiría. Las imágenes de lo ocurrido volvían a su memoria, tantos hombres que se perdieron luego de aquella incursión. Ni siquiera habían logrado descubrir cuál había sido el motivo para tantas muertes repentinas. Y si no hubiera sido porque llegaron algunos vivos, los hubieran acusado a ellos de perpetrarlas. Al principio se habían hecho a la idea de que había sido alguna especie de peste que se pescaron de algún barco negrero. Pero nadie había sufrido las típicas dolencias de la peste. Finalmente hubo quienes arriesgaron algún tipo de maleficio, sin embargo, el secreto de su estada en la isla había quedado resguardado porque el estado en que se encontraban no les permitía hilvanar ideas para relatar lo acontecido. Leer el resto de esta entrada »

Isla de los Vientos – Capítulo XVIII

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Una nueva despedida

Villafranca ya hacía tiempo que iba y venía por aguas españolas y francesas como si anduviera por su casa y en calzas. Sus negocios habían sido todo lo prósperos que le habían prometido, sin lugar a dudas. Ahora había mejorado su aspecto, a pesar de andar con esa pestilencia típica encima, que lo identificaba de lejos como negrero.

Se veía bien en su exterior. Su interior seguía siendo un nido de ratas. Cruzaba el Atlántico con tal tranquilidad como si fuera el dueño de las aguas. Hablaba con un francés con la misma soltura que con un español y nadie tenía nada que recriminarle. Las cosas entre España y Francia estaban mejorando y él era prueba de ello. Ya había quedado atrás la disputa por los territorios de Santo Domingo, si bien habían perdido casi la mitad de la isla, pese a tener un rey indolente, impúber, con unos validos que daban calambre, las cosas marchaban de alguna manera más pacíficamente. Leer el resto de esta entrada »

Isla de los Vientos – Capítulo XVII

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Vivir sin el amor

Esperanza y Fernando venían de pasar unos meses en España. Allí habían viajado luego de su boda, que había resultado de las más concurridas de Santo Domingo. El cura que los casó, el padre Romualdo, no dejaba de admirar a la novia, tal era la belleza que ofrecía a la vista con su traje celeste cielo bordado con piedras y perlas.

Las semanas habían pasado rápidamente. Recorrieron la costa del Mediterráneo y algunas ciudades en las que tenían familia. Europa era sin dudas otro mundo, coexistían en él la audacia de algunas construcciones con la delicadeza de los paisajes, la intrincada red de calles y la calma de los arroyos, lo estruendoso de las ferias y lo sublime de las montañas. De allí venían con los deseos de que el nuevo mundo se pareciera más al viejo. Leer el resto de esta entrada »