Cuentos

La neblina

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El pueblo se vaciaba a las dos de la tarde. Quedaba solo en la plaza el perro que era de todos y de nadie. Pero no tardaba en rumbear hacia alguna entrada, sigiloso. Meterse por alguna puerta era una invitación al zapatillazo. Pero héroe de las calles, él lo intentaba todo.

La hora de la siesta era la esperada para la novela. Faltaba el último capítulo. Los protagonistas darían un giro a la historia para que la gente fuera feliz, una vez más.

Había tres canales de aire. En uno se podía ver un programa para amas de casa laboriosas, en otro una recopilación de entrevistas a personajes en su mayoría fallecidos. Y en el tercero “la novela”.

La neblina lo ocultó todo esa tarde. Era una masa densa y fría que se inspiraba y se exhalaba como vapor. La gente se acomodó en las salas de su casa, frente al aparato de televisión, con la impaciencia y la inquietud del último momento, y giró la perilla. Pero nada pasó. Todo eran rayas, en los tres canales.

Estuvieron mirándose entre todos, mirando el aparato sin entender nada, durante un buen rato. En eso estaban cuando el perro de todos y de nadie se levantó de su rincón y pasó delante del televisor ladrándole a las rayas.

La zapatilla voló, se estrelló con su trompa. Y él salió gimiendo su desconcierto hacia la calle nuevamente.

El monstruo

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─¡No quiero ir al baño!

─Pero… nena, no hay nada en el pasillo.

La niña dio un par de pasos avanzando hacia el pasillo oscuro. La negrura era un sitio enorme, sin fin que de a poco abarcaba toda su casa y crecía más y más hasta confundirse con la noche del universo.

Se vio sola en medio del mundo. Perdida. Vulnerable. Débil. A la deriva de un monstruoso final inimaginable que se comería a sus padres, para luego engullirla a ella.

No podía permitir eso.

Y el siguiente paso fue una dolorosa carrera hacia el próximo interruptor de luz.

La mano

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Todo tenía el color mortecino de una luna taponada de nubes. La mano se acercó lentamente, con vida propia hasta la cara de ella. Tenía los dedos manchados de negro, un anillo sucio y ,sin embargo, algo la hacía poco humana. La deformidad, tal vez. Y la cara se estremeció con una ráfaga de viento que movió la cortina y un sonido lejano a explosión de neumático. La inocencia del sueño fue violada por el rápido movimiento con el que la mano del jardinero quitó la cucaracha de su cabeza.

Pero… ¿qué hacía el jardinero a esas horas?

El caballero

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Apoyando la espada sobre la piedra, comenzó a quitarse la armadura. Duro había sido el combate, lleno de emoción, repleto de momentos en los que había sentido que sus fuerzas estaban siendo exigidas al máximo, su inteligencia probada con duros obstáculos.

Pero nada detiene a un caballero cuando está en plena lid. Ni nada distrae al caballo de su momento de gloria. Ambos, caballero y caballo son uno y solo uno. Se entienden, se conocen, se toleran, se acompañan, se cuidan.

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El agradecimiento

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Desde muy chica me iniciaron en las artes de la numerología y la quiromancia. Toda mi familia posee dones que no deben ser revelados en público.

Esto es así porque vivimos en tiempos complicados. Hay mucha gente que nos persigue y trata de convencer al resto de que nosotros somos los culpables de los males de la época.

Hace unos días, un caballero pasó por la puerta de nuestra casa. Traía con él a un niño. Un niño pequeño que tenía la cara brotada de marcas rojas. Nadie se le acercaba. Al ver lo que parecían los primeros síntomas de la lepra, la gente escapaba. Pero el caballero nada temía. Su armadura plateada lo aislaba de los males terrenales… Leer el resto de esta entrada »

Saludos desde el cohete

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El hombre del cohete saludó a través de la ventanuca de su nave. Miles de personas lo estaban viendo desde sus casas, en televisión, preguntándose para qué otro viaje. Los compañeros astronautas también salían en la cámara, pero no se entusiasmaban con la difusión del despegue, las causas habían resultado desalentadoras.

Habían sido convocados para una misión desagradable. La nave Voyager, de regreso a la Tierra había encallado en un basurero espacial, a poco de la órbita del planeta. Nadie esperaba que la nave estuviera de vuelta en tan corto tiempo. Es más, ni siquiera esperaban que volviera. Su misión era surcar el espacio, transponer los límites y llevar su mensaje de vida a otros mundos posibles.

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Compartiendo algo

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La noche cerrada no dejaba pasar los sonidos. El vecindario estaba muerto, a excepción de un par de traficantes de droga que se encontraban apostados en una esquina, mitad basural, mitad aguantadero.

El hombre venía con pasos pesados, cargando las pisadas de sus botas con el peso de una pierna algo endurecida por un viejo accidente. Las manos en sus bolsillos, el cuello del saco levantado para evitar el viento de otoño.

Allá estaba la casa. Una casa de frente de ladrillos y balcones en las ventanas. Una casa que parecía como cualquier otra de la cuadra y sin embargo, era totalmente distinta. Los últimos días habían sido protagonistas de un menudo deterioro, el que hizo que las plantas se encontraran lánguidas y descoloridas.

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