Cuentos cortos y relatos

Paraguas abandonados

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Para Ova

Caía la lluvia de abril sobre la ciudad. Él miraba por la ventana. Esperaba. Estaba atento a las ráfagas y la intensidad de las lluvias. Su perro, Neptuno, amigo de aventuras, reposaba sobre una frazada abrigadita, mirándolo de reojo. Sabía que de un momento a otro sería “su momento”.

Un rato después, aplacó la lluvia su fuerza. Tan solo persistía un goteo lacrimoso de cuerito flojo.

Los dos salieron a la calle para llevar a cabo su cometido. Encontrar paraguas rotos y abandonados no era difícil después de un aguacero de fin del mundo. Ese día encontraron uno naranjado con flores blancas, con las varillas vencidas por el viento, de alguna mujer que claudicó en su lucha contra la intemperie. Leer el resto de esta entrada »

A la vuelta de la esquina

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Estaba en casa necesitando un amor cuando recordé que: “el amor está a la vuelta de la esquina”.

Sentí unas ganas locas de salir a buscarlo. Corrí a mi habitación, busqué un vestido floreado, como primavera del amor, zapatos de apasionada, cartera donde cabe mucho cariño y un collar y aros de corazón.

Ya estaba urdido mi plan: tocaría todos los timbres y correría. Leer el resto de esta entrada »

Detrás del horizonte

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arbol maravillosoDetrás del horizonte estaba el secreto.

La nave atravesaba la espuma como daga afilada. Los tripulantes entonaban viejas canciones marinas. El viento silbaba entre las velas y un viejo cuervo, acompañante de aventuras, sobrevolaba la proa.

Nadie sabía a ciencia cierta cuánto faltaba para llegar a la isla. El mapa era menos preciso que un dibujo en la arena. Sin embargo, algo los impulsaba a continuar. Era la promesa del mayor tesoro de todo el universo… Lo único que deseaban en la vida.

Cansados por la travesía por ese océano vasto y desolado, inventaban nuevos juegos para paliar el aburrimiento. Los naipes estaban a la orden del día. Unos dados asomaron de un bolsillo y se arrojaron sobre ellos. La tarde caía sobre islas desiertas y sedientas y los hombres, embriagados a más no poder se esforzaban por no perder la ruta. Leer el resto de esta entrada »

El planeta Marte

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Miró el reloj en su muñeca. No era la hora que se suponía. Luego miró el GPS. Marcaba un lugar que no era el que debía ser.

Sacudió la cabeza y se refregó los ojos. Sería que estaba soñando… Lo último que recordaba era que había llegado a su casa, en la Avenida San Juan, y después de un largo rodeo por la manifestación en contra de los parquímetros, había llegado a la puerta del edificio, subido las escaleras, porque el ascensor estaba trabado en algún piso y entrado a su departamento. Leer el resto de esta entrada »

El reflejo

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Abriste la ventana. La claridad de un reflejo se introdujo en la alcoba. Se escuchaban sonidos lejanos. Un rumor de campo bajo una enorme luna. Y el fresco que se hizo calofrío, dejando que la piel se estremeciera con premonición de verano.

Pequeñas luces titilando en el pasto, espejo de un cielo de laguna y grillos. Tus brazos me rodearon, tu aura de sueños me envolvió hasta sentir perfumados los ojos y las manos.

Nos amamos lentamente. Nos brindamos en una marea de gustos y sentidos. Y allá afuera, ese reflejo que se colaba fue dibujando contornos imposibles.

Los grillos durmieron tarde esa noche. La laguna exhalaba en burbujas su respiración entrecortada.

Y con la modorra del cielo, la viajera nocturna se fue acurrucando en el horizonte, para descansar sus ojos de miel y sus pies de azúcar.

Meg

18-03-16

De causas sin sentido

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gladiadoresSe presentó en la arena, miles de miradas sobre su espalda. La tarde era de esas que invitan a la batalla. El cielo ampliamente azul, un sol dorado y difuso y la armadura del gladiador refulgiendo, haciendo achicar los miles de ojos. Leer el resto de esta entrada »

La Pequeña Disparo Certero

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El espectáculo estaba por terminar. Annie Oakley recorrió un buen tramo de la pista en medio de aplausos. Sonreía, Miss-Annie-Oakley-peerless-wing-shotllevaba el sombrero en su mano y lo extendía hacia la gente y hacía reverencias, pero se la veía concentrada, estaba por realizar el truco más esperado.

Llamó a su perro con un silbido agudo. El animal se dirigió hacia ella y moviendo la cola acarició su mano. Annie lo acarició también y le regaló un bocado de carne que llevaba en su bolsillo. George reconoció entonces el momento en que debía ubicarse en su lugar. Corrió a unos metros de distancia y se detuvo, erguido y confiado.

La multitud aclamaba de pie. Ya habían oído de la proeza. Por eso estaban allí, desde hacía horas, soportando el calor y los payasos, las domas y las corridas del circo de Buffalo Bill. El perro, sin moverse un milímetro, esperaría que su ama le apuntara desde unos cuantos pies de distancia y, cuando le hiciera una señal, dispararía sobre la cabeza, sin inmutarse. ¡Cuánta confianza requería ese acto!, teniendo en cuenta que en los animales el instinto de supervivencia superará seguramente los entrenamientos. Leer el resto de esta entrada »

La pluma

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Tomó la pluma, la recorrió lentamente con sus dedos, los miles de filamentos se doblaron en curvada mansedumpluma2bre y se
volvieron a formar. Depositó la pluma en el tintero. Luego me miró a los ojos, una a una fue quitándome las prendas de ese invierno agudo, con manos tibias, remolonas y pacientes…

Pasó un siglo de lanas-pulpejos… poplines-roces… sedas-caricias… lycras-palmas… y… encajes-labios…  que iban quedando a un costado como pétalos que dejan asomar su fruto…

Al terminar, se arqueaba mi voluntad a una experiencia de latidos, madera dispuesta a la tanza y a la flecha. Quise acercarlo, no me dejó. Tomó mis manos y las envolvió en besos para dejarlas en suspenso en ese aire de leño. Volvió donde la pluma. La entintó con su saliva. Se volvió hacia mí y me pidió que me dejara fluir con su tinta. Leer el resto de esta entrada »

La neblina

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El pueblo se vaciaba a las dos de la tarde. Quedaba solo en la plaza el perro que era de todos y de nadie. Pero no tardaba en rumbear hacia alguna entrada, sigiloso. Meterse por alguna puerta era una invitación al zapatillazo. Pero héroe de las calles, él lo intentaba todo.

La hora de la siesta era la esperada para la novela. Faltaba el último capítulo. Los protagonistas darían un giro a la historia para que la gente fuera feliz, una vez más.

Había tres canales de aire. En uno se podía ver un programa para amas de casa laboriosas, en otro una recopilación de entrevistas a personajes en su mayoría fallecidos. Y en el tercero “la novela”.

La neblina lo ocultó todo esa tarde. Era una masa densa y fría que se inspiraba y se exhalaba como vapor. La gente se acomodó en las salas de su casa, frente al aparato de televisión, con la impaciencia y la inquietud del último momento, y giró la perilla. Pero nada pasó. Todo eran rayas, en los tres canales.

Estuvieron mirándose entre todos, mirando el aparato sin entender nada, durante un buen rato. En eso estaban cuando el perro de todos y de nadie se levantó de su rincón y pasó delante del televisor ladrándole a las rayas.

La zapatilla voló, se estrelló con su trompa. Y él salió gimiendo su desconcierto hacia la calle nuevamente.

El monstruo

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─¡No quiero ir al baño!

─Pero… nena, no hay nada en el pasillo.

La niña dio un par de pasos avanzando hacia el pasillo oscuro. La negrura era un sitio enorme, sin fin que de a poco abarcaba toda su casa y crecía más y más hasta confundirse con la noche del universo.

Se vio sola en medio del mundo. Perdida. Vulnerable. Débil. A la deriva de un monstruoso final inimaginable que se comería a sus padres, para luego engullirla a ella.

No podía permitir eso.

Y el siguiente paso fue una dolorosa carrera hacia el próximo interruptor de luz.