De vecinas, de virus y de alas – Cap. 30 – Y entonces…

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¡Hola, amigos! La presión del encierro se hace sentir en el vecindario. El virus pone a prueba la tolerancia, la paciencia y cualquier virtud que normalmente sería solo ser un buen vecino. Y para colmo, están las dos hinchadas, las que Si aceptan al intruso disfrazado y las que No lo aceptan. Veamos qué se traen… y quién define la cuestión.

Y entonces sobrevino la revolución. El vecindario, puertas adentro, parecía una caldera. La presión del encierro había ido en aumento y ya se escuchaba un silbido. Pero no se podía sacar la tapa y el calor seguía haciendo lo suyo, la presión crecía y podía pasar cualquier cosa.

La cuarentena tenía a todos trastornados. La apariencia era de calma chicha. Pero si bien se habían recuperado algunas pocas actividades, no era recomendable poner a prueba la paciencia y la tolerancia de las vecinas. Y lo peor no era que se molestaran unas a otras con sus mañas, sino que no podían airear sus pensamientos, sus ideas, sus vivencias, sus anécdotas… y el aire se enrarecía con la inactividad y la molicie que propiciaba ese no hacer nada.

El contador de muertes por el virus no ayudaba. En la pared de la pensión habían puesto un pizarrón con una estadística de los países más afectados. Como si se tratara de una tabla de posiciones de equipos de fútbol, la hinchada coreaba a los contrarios al virus: a los médicos, las enfermeras, los sistemas inmunes de la gente y la casualidad. Que por suerte en eso no eran los campeones mundiales, que no se sabía cómo iban a terminar, que los del Norte ya estaban en verano y allí, en Argentina, todavía había que pasar el invierno. Y la famosa frase de un lejano Alsogaray se resignificaba para referirse a otra clase de crisis, una más aterradora, si eso era posible.

Por otro lado, a las reiteradas persecuciones del ratón que robaba queso y otros alimentos de la heladera común, se sumaba ahora el conflicto generado por Elisa, que no, que no había que decirle más Elisa, era Eliseo, ¿no veía que tenía pirulín?, que no, que cómo iba a ver, si siempre salía vestido del baño.

Y las vecinas estallaron.

La Narco había recuperado sus fuerzas y ahora encabezaba a las “no”. Cual soldado romano marchaba al frente de sus huestes, un poco diezmadas por la poca población de la pensión. Ella, la Reina Batata y Lucía se oponían férreamente a que un hombre quebrara el clima virginal del lugar. Que no, que cómo, que no veían que el lugar iba a parecer un puterío. Y que no, que no veían que, si dejaban a uno, luego iban a tener que admitir a otros y que ¿quién iba a controlar que no se sobrepasara con alguna? Que allí lo que sobraban eran ganas y que no importaba si era flacucho y feo, alguna le iba a tirar onda.

Por el frente de las “sí”, Inmaculada, Canela y Bety defendían la bondad, buenas maneras y mejores intenciones del susodicho. Que las cartas no mentían y que ella no había dicho que había que echarlo, solo quería que se supiera para que no estuvieran desprevenidas. Que ¿no veían que no mataba una mosca y que ya tenía pareja? ¿O se pensaban que semejante lombriz podía ser un Casanova? A ese no se lo comía nadie, a lo sumo, las palomas.

No habiendo acuerdo, las palabras iban tornándose más y más ofensivas, pero no para con el cuestionado, sino para las hinchadas que lo apoyaban o lo denostaban. Que una era una ilusa. Que la otra era una exagerada. Que no se daba cuenta de que el pobre tipo no tenía a dónde ir. Que no se podía perdonar que les tomara el pelo. Que lo había hecho de puro necesitado. Que, donde había hambre, no había pan duro.

Eliseo las escuchaba y se sentía impulsado a detenerlas. No podía permitir que se pelearan por él. Pero lo que más le preocupaba era qué sería de él, ya que, si lo ponían de patitas en la calle, ya no podría hacerse pasar por Elisa, la electricista, porque de una pensión de hombres no podía salir con esas fachas y de la casa de sus padres, menos que menos.

Pero no hizo falta que se metiera a separarlas. Las “sí” lo llamaron para que compareciera ante un tribunal, en el cual todas eran jueces y no contaba con abogado defensor. Que por qué lo había hecho, que si estaba arrepentido, que si lo volvería a hacer, que si se había burlado de ellas.

Eliseo explicó de mil maneras las circunstancias del engaño, pero cuando llegó al punto en el que confesó la relación que tenía con Inmaculada, las “no” pusieron el grito en el cielo y casi logran que el hojalaterío del techo se viniera abajo por los gritos.

El juicio salió como cualquier juicio en que el reo reconoce la autoría del delito, pero no siente culpa. Las “no” lo querían linchar, porque que eso atentaba contra la moralidad de la pensión, y que se había comportado como el virus, llegando de prepo y sin pedir permiso, y las “sí” se interpusieron formando una barrera para defender al juzgado y también a Inmaculada, quien había sido su cómplice.

Canela estaba un poco arrepentida por haber desatado al demonio de la Inquisición en chancletas. Ella era partidaria del amor libre, pero no podía tolerar no saber o que le mintieran. Si no hubiera sido por eso y porque las cartas le habían revelado un engaño que sería pernicioso para todas, no hubiera delatado al transformista de barrio. Ella tampoco zafó de las críticas, que cómo, si había sido ella la que lo denunció, ahora lo defendía, que qué les pasaba a las cartas que se habían vuelto locas.

En el fondo, tanto las “sí” como las “no” sabían que Eliseo no tenía a donde ir, pero poco importaba eso en el fragor de la contienda. Ahora se trataba de quiénes tenían la razón y quiénes conseguirían lo que querían.

Lo que no pensaron en ese momento fue que la última palabra la tenía Rosa, quien escuchaba pacientemente, parada en la escalera como vigía. Y cuando el griterío se hizo mayúsculo y el vecino de al lado comenzó a tocar su corneta de la cancha para llamar la atención por un posible terremoto, bajó al patio y puso orden, que cómo no mi generala, que ya se estaban poniendo de acuerdo.

Y el veredicto fue que Eliseo debía irse, porque, más allá de las cuestiones humanitarias, que ella era muy humana y más comprensiva, pero que tenía habilitado el boliche como pensión de señoritas y no podía dejar que un machito imberbe le hiciera perder la habilitación municipal.

Y la ley se impuso sobre las opiniones y las intenciones y cada cual para su cuarto. Algunas puertas se cerraron con mayor ruido que otras y Eliseo se quedó allí, en medio del patio, arreglando con Rosa cuándo y cómo se iba a retirar. Que no se preocupara, Rosa, que él no quería que ella tuviera problemas y que disculpara, no quería perjudicar a nadie, pero le iba a tener que dar un par de días para ver si él conseguía algún lugar cerquita para poder seguir trabajando por ahí, porque en el barrio de sus viejos no se trabajaba, que todos sabían arreglarse los aparatos con un alambre y un tenedor.

(C Meg

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