De vecinas, de virus y de alas – Cap. 29 – La verdad

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¡Hola, amigos! Se acerca el final de esta nouvelle que nos acompañó todo el año. Faltan solo cinco capítulos más y llegaremos hasta fin de año. En este caso, hay secretos que pujan por salir. Nunca es tarde para decir la verdad, veremos qué dicen las demás.

En la pensión el ambiente estaba calmo. Ya no se veía a las vecinas rociar las plantas con alcohol. Al contrario, la Narco había sacado una receta de su abuela y estaba usando las reservas de alcohol en la fabricación de un licor para “ahogar las penas”. Eso sí, el olor a alambique hacía que algunas caminaran haciendo eses y otras cantaran sin ningún motivo y con menos razón.

Cuídese Mucho había recuperado su trabajo, aunque el gobierno no había autorizado aún que los trabajadores domésticos volvieran a la actividad. Pero ¿quién piensa en los que están “en negro”? Son un porcentaje en las estadísticas y en los reclamos de los que están en contra de las ayudas económicas. Porque ¿quién se hace cargo de los empleadores que no pagan las cargas sociales ni los aportes? ¿Necesita un empleado?, lo contrata, pero no le da seguridad social. Que los impuestos son los más altos del mundo, que no se puede tener un comercio en este país con tanta coima que hay que pagar, que el Estado es demasiado grande, que, de última, si no lo contrato yo, se muere de hambre. Y el gran bonete nunca aparecía.

Cuídese Mucho se había conseguido un permiso para cuidar a una anciana tía enferma e inventada. Así se movilizaba en los medios de transporte en los que tenía que sacar turno por Internet. Que había soluciones que eran buenas para el que tenía los medios, y que ella no había podido pagar el celular, la cabina telefónica era un gasto que no se podía permitir y terminaba pidiendo un día a cada vecina que le hiciera el favor de sacarle el pasaje del tren. Que, menos mal que en la pensión se ayudaban entre todas y que como a ella no le gustaba deberle nada a nadie, ya le iba a lavar la ropa sucia a cada una, para no quedar en deuda.

La Reina Batata había vuelto a las andadas y paseaba por el patio con su bata de raso y un barbijo con lentejuelas. La viejita del fondo, admirada de sus habilidades, le había pedido que la ayudara a hacer uno para ella con fideítos de sopa, engarzados en hilo sedoso, de bordar, y pintados con el “pintauñas” que usaba la reina, en color rojo pasión con brillitos.

La artesana, luego de la corrida de la dóberman, había conseguido un permiso para poner una manta en la esquina de la peatonal y la avenida. Pero al llegar, se encontró con un tanque de agua gigante que alimentaba dos piletas grandes, como de lavar, en medio de la calle. El intendente pregonaba que había que lavarse las manos muy seguido, pero los más apremiados se habían acercado con un balde de ropa sucia, por esas cosas del jabón gratuito. Que ¡hubiera puesto piletas de baño y no de lavadero! Bety aprovechó las instalaciones para remojar los fideos antes de ensartarlos en el hilo, porque había mejorado la idea de Clarita y se estaba promocionando como vendedora de artículos de primera necesidad y que esos collares también se comían y que el colorante era pura salsa de tomate. Y la gente se reía de la ocurrencia, pero algunos bien que se los llevaban, porque estaban a precio mayorista.

Inmaculada volvía de su trabajo al mediodía y se preparaba un buen plato de fideos. En realidad, eran dos porciones, porque una era para Eliseo. Lo comían en la terraza, a pleno sol y acompañados, porque las palomas habían aprendido a comer al estilo italiano, sorbiendo el tallarín, y ellos apreciaban el aire fresco.

Si bien no había arrumacos, tanta complicidad no pasaba inadvertida, y menos para Canela, quien, cada vez que podía se acercaba con algún pretexto y ese día tenía la idea de hacerles una carta de revolución solar, que no era lo mismo que la carta natal, porque se complementaban y que era mucho mejor si se hacía a la luz del día, por eso se atrevía a interrumpirlos, que tenían que ayudarla, porque no era muy experta en eso y que solo así podía adquirir práctica para su negocio.

Los recientemente amantes secretos se rieron por la ocurrencia y dijeron que sí, que les hiciera la carta. Pasaron un par de horas con ella discutiendo que si la posición de Marte o la de Venus y que qué lástima que estaba Plutón metido en el medio. Pero la carta no mentía y que ellas guardaban un secreto. Y que no, que qué secreto podían tener, si todo el mundo sabía lo que hacían. Pero Canela no se daba por vencida y trató un par de veces que pisaran el palito. Ellos se daban cuenta de lo que la Bruja estaba haciendo, porque no era para nada disimulada. Y que era Mercurio, no era ella.

Al llegar las palomas, tuvieron que terminar. Y cuando Canela se fue para abajo, se quedó un ratito en la escalera. Que menos mal que terminó. Que sí que estaba pesada. Que ella sabía, él estaba seguro. Que sí, pero ¿qué les podía hacer?

Y Canela, por puro vicio y porque las verdades se le escapaban de la boca, aunque no se las preguntaran, se cruzó con la Narco y le contó que sabía algo que iba a revolucionar el conventillo.

La cadena que empezó en la Narco, después de algunos vericuetos, terminó en Rosa. Y cuando llegó a la mandamás, todo el escándalo del virus quedó opacado por su reacción en cadena al estilo de una Bomba H. Si hasta el viejo, que dormía todo el día, se despertó y empezó a gritar que cómo podía ser que hubiera semejante despelote.

Rosa le cambió el pañal, le dio una palmadita y lo puso a dormir de nuevo. Luego se sacó el delantal y lo arrojó sobre la mesada. Y así, con la furia de una locomotora, bajó la escalera y se fue hasta la pieza de Elisa.

Que cómo le había hecho una cosa así, que qué pensaba que era ella, que era una vergüenza y que ¡se había burlado de ella en su propia cara!

Que no, que todo era culpa de la necesidad, que lo de cara de hereje y esas cosas era cierto, Rosa, que no había querido ofenderla, que nadie le daba asilo, que no podía ser él mismo, porque nadie le quería dar trabajo.

Y Rosa casi sufre un desmayo, porque siempre se tomaba las cosas muy a pecho, pero las inquilinas la ayudaron con el preparado de menta y alcanfor, que, si no espantaba el virus, por lo menos podía resucitar a un caballo y a Rosa solo le faltaba relinchar.

Inmaculada no abrió la boca. No se había puesto en entredicho su proceder. Todo se había centrado en el engaño de Eliseo. En eso, Canela había sido indulgente, porque no estaba en contra del amor, sino de los engaños. Y que no se sabía cómo, pero que era mejor una verdad amarga que una mentira que endulzara, aunque en su negocio aplicara otra receta, y que la carta de revolución solar decía que la mentira lo iba a conducir a mal puerto.
(C) Meg

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