De vecinas, de virus y de alas – Cap. 27 – La noticia inesperada

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¡Hola, amigos! Después de una pequeña victoria, la vecindad recibe malas noticias. El virus avanza y se lleva a algunos. Todos hemos perdido a alguien. Cómo nos afecta, cómo nos conmueve, eso depende de cada uno, de cada situación, de cada contención. Veamos cómo la están pasando estas vecinas.

Después de los festejos, la gente queda en un estado como de letargo y pereza. Las energías puestas en la celebración dejan el cuerpo agotado, las piernas pesan, la mente se nubla y los ojos se cierran. Nada se quiere hacer, se rememora la diversión con su musiquita lejana y se desea que se prolongue indefinidamente ese sentimiento placentero.

Pero hay noticias que pueden romper cualquier encantamiento. Y la muerte, es la peor.

A la mañana que siguió a la fiesta, cuando aún había gente soñando en vacaciones al aire libre y caminos abriéndose hacia otros caminos, mucho sol, mucho aire, mucha libertad, alguien tocó a la puerta de la pensión: Margarita, la hermana de Rosa, la dueña de una pensión de hombres que estaba a la vuelta de la de su hermana.

Traía la cara desencajada, descompuesta, como anuncio de malas noticias. Cuídese Mucho le abrió la puerta y se asustó, pensó que se sentía mal y de inmediato le ofreció pasar y sentarse en el sillón de la Reina Batata, que coronaba el patio.

Cuídese Mucho le trajo agua, un termómetro y un pañuelo embebido en alcanfor. Tenía miedo de que Margarita fuera víctima del virus. Que hay que tomar precauciones, que no se preocupara que allí todas usaban barbijo y se lavaban las manos con alcohol, que el aire de la pensión estaba bien cuidado y que respirara tranquila, inhalando y exhalando profundamente, para bajar la ansiedad y recuperar las palabras anudadas.

Cuando Rosa llegó, se hizo cargo de continuar con el auxilio. Esta vez le pidió a su hermana que se tranquilizara y que le contara lo que la tenía preocupada. Lucía seguía allí, atenta y vigilante, a la espera de la novedad que inmediatamente comenzaría a divulgar.

Margarita traía muy malas noticias. Uno de los inquilinos, Roque, un hombre de más de sesenta años, había contraído el virus. Como no se hizo atender a tiempo, pensando que era solo un resfriado, las consecuencias del virus habían sido funestas. Esa madrugada había fallecido. Lo encontraron a la mañana, cuando Margarita baldeaba el patio, con la puerta abierta y él caído de la cama, sobre el piso frío.

Pero que cómo no se habían dado cuenta de que estaba enfermo. Que no le había dicho a nadie, siempre salía cuando los demás dormían. Y que alguien tuvo que darse cuenta de que tosía y tenía fiebre. Y que no, que él lo tuvo muy escondido, seguro que tenía miedo de morir solo en un hospital. Y que, ahora, toda la pensión tenía que ponerse en cuarentena. Que sí, que ella había venido a avisarle, para que no fuera para allá, que Margarita estaba segura de no estar contagiada, porque hacía mucho que no lo veía y vivía bañándose en alcohol, pero que igual se iba a quedar en su casa, sin salir.

Rosa, con criterio práctico, le pidió que se volviera a su casa y sin dejar pasar un minuto, le mandó a Lucía que se fuera a bañar con alcohol y que se cambiara la ropa y los zapatos y los remojara en agua con jabón.

Pero, una vez realizadas las medidas preventivas, Lucía comenzó a esparcir la noticia entre las otras, quienes no pudieron dejar de sentir que el piso se abría a sus pies.

El miedo arreció en la pensión. Si bien habían pasado por la experiencia de la Narco, todo había terminado bien en ese caso y, ahora, frente a la irremediable muerte, se les había instalado adentro un temblor que hacía que casi no tuvieran voz para expresar lo que sentían. El miedo paraliza muchas veces. Ellas lo estaban sufriendo en ese momento.

Eliseo veía a sus vecinas cruzando el patio sin dirigirse la palabra. Parecía una casa fantasma y los espíritus demorados eran lo suficientemente atemorizadores como para evitar que nadie hiciera siquiera un chiste.

Rosa puso un cartel en la cocina: lavarse las manos con jabón cada vez que tocan algo en la cocina, en el baño o en el patio. Y debajo del cartel, un frasco de jabón líquido, uno de detergente y otro de alcohol. Tuvo que estar muy asustada, porque también puso a disposición de todas, rollos de papel y bolsas de residuos, para que ninguna tuviera una excusa para no usarlos.

Ninguna medida era suficiente para frenar el miedo. Que si pasa algo a dónde irían a parar. Que hacía mucho que no veían a sus familias. Que no quisieran irse sin saludar a sus hermanos. Que ¿sería doloroso morir del virus? Y que, aunque no doliera, ¿alguien les diría que le importaba?

Elisa quiso tranquilizarlas diciéndoles que no tenían que preocuparse tanto, porque no eran tan viejas y no tenían problemas graves de salud. Pero la imagen de ese hombre que cayó muerto, ahí, solo, en la pieza, las perseguía como un fantasma de soledades presentes, pasadas y futuras. Que nadie merecía morir solo y que prometieran que, si se sentían mal, iban a pedir ayuda.

Inmaculada no escapaba a los sentimientos de soledad y desolación. Su relación con Eliseo se sentía rara. Él estaba, pero no estaba. La acompañaba, pero se notaba que su mente iba en otra dirección. Él le decía que ella le importaba, pero ella sentía que era un cariño más parecido al que se podía sentir por una paloma que por una novia. Después de aquella demostración de celos, su relación se había desinflado como un bollo de pizza que se saca del calor. Y no ayudaba para nada que no habían logrado compartir la intimidad de una noche ardiente, porque ella sentía que no estaba bien hacer las cosas a escondidas de sus vecinas.

Los siguientes días no ayudaron en la comunicación. Se veían poco y de refilón. Se podría decir que solo se veían la aureola fantasmal cuando alguno pasaba al baño o a la cocina. Se saludaban rapidito, como quien está escapando de la lluvia y ella le tiraba un beso volador per él no alcanzaba a atraparlo. Un par de veces coincidieron en la terraza y casi se espantan. Él no tenía buena cara y ella se notaba contrariada. Que menos mal que las palomas no se contagiaban, pero por las dudas, Inmaculada trataba de no tocarlas, porque no fuera que le mandara el virus malparido a Ernesto, y terminara lamentando eso que era lo único grandioso en todo lo que les estaba pasando. Porque a pesar de todo, Ernesto le seguía escribiendo, preocupado por su situación y ella le respondía con la calidez de un abrazo a la distancia, cada vez que Eliseo no metía la nariz.

(C) Meg

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2 comentarios sobre “De vecinas, de virus y de alas – Cap. 27 – La noticia inesperada

    Doctor Krapp escribió:
    15 noviembre, 2022 en 11:26 am

    Y llegó la tragedia tras las celebraciones. Una resaca triste
    Un abrazo

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      mireugen respondido:
      15 noviembre, 2022 en 11:24 pm

      Sí, Dr. Krapp. Una de cal y una de arena.
      Un abrazo

      Me gusta

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