De vecinas, de virus y de alas – Cap. 22 – Más mensajes

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¡Hola, amigos! Aquí llegan las vecinas, mensaje va, mensaje viene… A veces por más que haya mensajes las intenciones se malinterpretan o no quedan claras las intenciones. Veamos qué pasa con Inmaculada y Eliseo, que no terminan de aclarar sus silencios.

La discusión del día anterior había dado por resultado que Eliseo se retirara como un perro apaleado por un gato. Estaba visto que esa mujer estaba más loca que una cabra, de pronto lo perseguía y cuando él le demostraba que le importaba, le salía con eso del hermano y que el otro era un pobrecito. Punto final. Si de todas formas a él lo estaría esperando su novia que era sexy e inteligente y esta mujer medio loca que se arreglaba de noche para no ir a ningún lado y vivía con la lima de uñas en el bolsillo era una chiquilina y, encima, había perdido la terraza, porque, ahora ¿para qué iba a volver, a encontrarse con ella?

Al final, sus temores iniciales se habían convertido en realidad y Eliseo sufrió una especie de regurgitar de aquellos sentimientos que lo habían espantado al principio. Pero no dejaba de rumiar su mala suerte y a cualquier pregunta que le hicieran respondía que le dolía la cabeza y seguía en su mundo de rechazo y disgusto.

Por suerte, su trabajo había resucitado. Lo llamaron de una casa para solucionar un problema con la llave térmica y de otra para arreglar una plancha en corto. Su ausencia se notó en la vecindad, porque Clarita empezó a preguntar por la chica que cambiaba las lamparitas y al llamar a la puerta de Elisa, nadie contestó.

Inmaculada se preocupó, pensó que algo malo le había pasado, fue hasta su ventana y se asomó. El recuerdo de la indiscreción de la otra vez se le vino encima como un fantasma hilarante y tuvo miedo de correr la cortina, pero la viejita le insistía que se fijara, porque la necesitaba ahora, que tenía que buscar dónde había caído la pastilla de la presión y que nadie más podía encontrarla.

En la habitación no había nadie y eso le produjo un alivio inmenso a Inmaculada, quien por nada le hubiera perdonado a su amigo de plumas que estuviera con otra mujer. Más tranquila, le ofreció a Clarita realizar la búsqueda, pese a que la mujer seguía consternada, porque a dónde habría ido en momentos en que nadie podía salir y con una convaleciente en la casa y que estas chicas de hoy eran tan imprudentes, las mujeres de antes eran más respetuosas de las normas, a dónde iban a ir a parar.

A mediodía apareció Elisa, para tranquilidad de Inmaculada y de las otras que se preguntaban a dónde habría ido. Que me volvieron a llamar para un trabajo y que no podía decir que no y que ella ya no estaba en cuarentena, que tenía mucho cuidado y que dejaran de comportarse como hermanas mayores, mandonas y castradoras.

Así que así de tremenda había sido la cosa, se dijo Inmaculada y salió derechito para su cuarto riéndose bajito, porque una revolución de emociones se apoderó de su cara y le estaba por salir a borbotones por la boca. Y cuando estuvo sola en su pieza se dio cuenta de que necesitaba algo que la ayudara a romper la barrera de las palabras no dichas. Porque él no decía que estaba celoso, él no decía que ella le importaba, él no decía que la quería. Y que ella ya estaba cansada de tener que interpretar gestos de mimo atormentado y quería escuchar en palabras lo que a las mujeres les gustaba que les dijeran y que les repitieran tantas veces como fueran necesarias para terminar creyéndolo.

Iba a recurrir a las cartas de Canela, pero ya había comprobado que la Bruja era muy poco confiable en eso de ocultar secretos. Por algo había mandado a toda la tropa a invadir la terraza, por algo habían tenido que inventar lo del mensaje para que las vecinas dieran por terminada la exploración de su espacio.

Un batifondo se escuchó entonces en el patio y las vecinas acuarteladas se fueron asomando como búhos diurnos. Tanto fue el escándalo que la Narco también se asomó, para sorpresa y desconcierto de las demás.

Ante la mirada de la platea inesperada, Bety corría detrás de la paloma que se había metido sin permiso para hacer un vuelo furtivo por el interior de la casa. Que quién le había dado permiso, que no sabía cómo la asustaba, que no podía andar por ahí como Pancho por su casa, que le iba a dar algo.

Inmaculada comenzó a gritar. Que no la asustara, ¡que no le iba a pegar con ese palo!, que dejara que ella la agarraba, que a ella la conocía. Los gritos surtieron el efecto deseado y Bety se hizo a un costado, que menos mal que había en la pensión una domadora de palomas, que a ella le daba mucha impresión. Y la paloma, estresada por la persecución, logró encontrar el espacio seguro para volver al hueco de la escalera y, allí, viendo el cielo abierto, se echó a volar lo más lejos posible de esas cotorras enloquecidas.

Inmaculada se fue tras la paloma, mientras las otras bufaban porque qué tanto escándalo por un bicho tan inofensivo. Y Eliseo también subió la escalera, que de tanto despelote había que ver que la paloma no hubiera resultado herida, o tal vez la habían vuelto loca y la pobre, de tan aturdida, se comenzaba a chocar con las nubes.

La Bruja Canela los miró y movió la cabeza como diciendo que no y después que sí, que ahí había gato encerrado. Y se metió a su cuarto para consultar a las cartas, a ver si ese día se dignaban decirle lo que necesitaba.

A la Narco le agarró un ataque de risa y se volvió a su cama agarrándose la barriga, porque de tanto reír le dolía el pecho y aún no le habían dado el alta definitiva.

Bety se fue lo más rápido que pudo, porque no soportaba que le dijeran que era una exagerada. Y Cuídese Mucho y Clarita la seguían criticando, porque pobre animal y Bety, con el aturdimiento, no sabía a quién se referían.

En la terraza, Inmaculada había logrado que Libertad se tranquilizara y comiera granos de maíz de su mano. Y Eliseo las miraba a las dos y preguntaba si estaría bien, como si Inmaculada pudiera saberlo. Que no era veterinaria, pero después de ese susto, se iba a quedar a acompañarla, hasta que se animara sola a volar más lejos. Que ¿le había visto si traía algún mensaje? Que sí, que traía algo, vamos a ver.

Y el mensaje era para Inmaculada, pero fue un golpe duro para Eliseo, porque el mensaje decía que la quería conocer.

Y otra vez Eliseo no dijo nada e Inmaculada se quedó callada. Y se miraron como se miran los cachorros desamparados, con los ojos húmedos y con la pregunta muda de quién se haría cargo de ellos. Pero esta vez Libertad salió volando sin darle tiempo a Inmaculada a que pusiera una respuesta en su pulsera y Eliseo pensó que menos mal, que no era algo para responder sin pensarlo bien.

El timbre de la puerta los desconcertó. Que quién sería y que, mejor, vamos a ver. Ese día iba a terminar con los ánimos sosegados, porque el hijo de la Narco había venido a ver a su madre y todas se conmovieron con la escena del reencuentro y el perdón. La nuera se quedó en la puerta, como correspondía a un indeseable, pero eso no impidió que madre e hijo olvidaran el punto de conflicto y se abrazaran como osos deportados.

(C) Meg

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