De vecinas, de virus y de alas – Cap. 21 – Otra vez la terraza

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¡Hola, amigos! Inmaculada y Eliseo siguen dando vueltas, esta vez la terraza les proporciona un ambiente distendido para conocerse. Mensajes van, mensajes vienen. ¿Qué dicen? ¿Quién es el que escribe? ¿Se pondrá celoso Eliseo? Las fantasías siempre vuelan, como las palomas.

Imagen de Internet

Tras la mejoría de la Narco, aprovechando que el ambiente de la pensión estaba extrañamente calmo, Inmaculada y Eliseo recuperaron la terraza, para seguir escapando del encierro a plena luz y en la misma cara de la cuarentena. El sol los ponía de buen humor. Él volvió a subir con su libro, porque necesitaba algo de apoyo y para poder darle a Inmaculada ratos de silencio, para que ella siguiera garabateando en su cuaderno nuevos mensajes. Él se reconocía un poco torpe con las palabras, por ese motivo había delegado la tarea por completo.

Mientras Inmaculada escribía, hacía gestos, sobre todo, movía la nariz. Desde el otro extremo de la terraza, Eliseo la miraba y sonreía. Ya no le atraía tanto la lectura de circuitos electrónicos. Ahora disfrutaba de ver a su amiga. ¿Podía llamarla así? ¿Podrían ser algo más? No lo sabía. Tal vez, aunque ella era un poco ingenua y a él le gustaban las mujeres más atrevidas. Ella no parecía del tipo que se convierte en loba y le arranca la camisa a un hombre sobre la mesa, aunque tampoco lo hubiera podido asegurar. A veces las mujeres más tranquilas tienen un lado oculto o están esperando una señal para mostrarse tal cual son, el asunto era darse cuenta cuál era esa señal. El hecho es que él no había hecho mucho por saber un poco más de qué era capaz ella. Pero como nunca había tenido una verdadera amiga, disfrutaba de esa novedad hasta que su novia volviera a responderle. En su ambiente, las mujeres o eran pareja o eran la pareja de un amigo o eran simples conocidas, no había grises. La amistad era vista simplemente como un preámbulo para otra cosa. Pero entre ellos parecía estar funcionando sin problemas, aunque a él lo estaba haciendo dudar.

Inmaculada lo espiaba, no estaba tan concentrada, es más, se le complicaba escribir mensajes sabiendo que él la miraba de tanto en tanto. Ella había dejado de pensar en él como la mujer con salchicha. Ahora lo veía como un hombre, pero un hombre que no jugaba con las cartas sobre la mesa y de quien no sabía qué podía esperar. Ella había tenido un amigo en su San Luis natal, pero ese amigo era gay. Este, en cambio, se le antojaba un misterio, porque después de tantos días de compartir esos momentos de exclusividad, no se había decidido a hacer ningún movimiento. Tal vez ella no le gustaba y solo estaba allí por mera curiosidad o tal vez tuviera miedo, pero ¿miedo de qué? Ella ya no se mostraba invasiva, tampoco lo había rechazado de alguna manera. Tal vez fuera timidez. Tal vez fuera falta de interés. Pensaba qué pasaría si ella avanzaba. Le hubiera gustado pasar su dedo por los labios de él en una sugestiva caricia, luego bajar por su pecho, desabotonarle la camisa y sentir su torso desnudo bajo sus manos. Pero algo la detenía, no sabía bien qué. Podía ser que disfrutara tanto de sentirlo su amigo que no quisiera que eso cambiara.

Cuando dos personas están atascadas y ninguna avanza, siempre hace falta un hecho o una tercera persona que los destrabe. Pero como Canela estaba encerrada y solo salía para ir al baño o para cocinarse un omelette, nadie en la pensión podía oficiar de Celestina. Menos que menos Cuídese Mucho, quien seguía caminando por la pensión con la mirada puesta en el suelo, temerosa de que el virus le entrara en los ojos o la boca mientras pedía perdón a los cielos por cualquier cosa que hubiera hecho mal. La Reina Batata no se metía en cosas tan banales y Bety tenía bastante con fabricar barbijos con cuentas de mostacillas.

Era una tarde espléndida de cielo azul bandera, el día anterior había llovido y las palomas tomaban agua de los pequeños charcos que se habían formado entre las baldosas rotas. Era una tarde perfecta: buen tiempo, compañía agradable y la esperanza de que alguien, en algún lugar no muy lejano, estaba recibiendo buenas noticias en medio de la maraña de estadísticas de enfermos, muertos y recuperados.

La ciudad estaba volviendo a tener parte de su movimiento normal, se podía ver desde la terraza. Algunos autos, gente de camino al trabajo, vendedores de churros, diarieros, vendedores de golosinas, gente asomando la nariz solamente para preguntar en los comercios que atendían en la puerta. Se extrañaba la vista y el bullicio de los niños, que estarían encerrados, batallando con sus jueguitos electrónicos, esperando las dos horas permitidas el fin de semana para pisar la calle, y de las maestras, que estarían enloquecidas frente a la computadora dando sus clases virtuales y corrigiendo quién sabe con qué.

Todos los que pudieron se pasaron a la modalidad virtual. El amor no había quedado afuera, ya lo había dicho alguien del gobierno: “practiquen sexo virtual”. En fin, el amor rompe cualquier barrera, sin embargo, la piel era el principal sueño de muchos que ansiaban encontrarse con sus novias, novios, amantes y otras yerbas. Y ellos dos, Inmaculada y Eliseo, teniéndose ahí, tan cerca y tan lejos al mismo tiempo, eran un par de volcanes dormidos con sueños de erupción.

Por eso, cuando llegó la paloma a la ventana de Inmaculada, trayendo un mensaje insólito, ella se puso su mejor bata y salió a mitad del patio a grito pelado. Que los habían invitado a una fiesta, que pronto se reunirían con gente, que qué lindo, que cómo podía ser que, en medio de la pandemia, se pudiera hacer algo así. Las vecinas salieron de sus cuartos y se armó un alboroto que espantó a la paloma. No sabían de qué fiesta se trataba ni de quién la organizaba. Alguna opinó que era una mentira. Otra dijo que había escuchado en la radio que había gente que estaba festejando que había salido bien del trance. Otra dijo que era una locura, que cómo se iban a reunir si el bicho andaba suelto por ahí, todavía. Que no, que si te curaste no pasa nada. Que sí, que ¿no había escuchado que había gente que se volvía a infectar?

Como solía pasar en la vecindad, tuvo que aparecer Rosa para poner un poco de orden y para hacer volver a todas a la realidad. Que no se podía hacer fiestas, que no sabían con quién se iban a encontrar. Que ¿no les alcanzaba con tener una infectada? Que ni siquiera sabían si no se habían contagiado ya. Y que se fueran a sus habitaciones, a seguir cuidándose, porque ella no era un pulpo y con una enferma le había bastado y sobrado.

Inmaculada volvió a su pieza con un poco de tristeza. Todos saben cuánta alegría provoca la idea de una fiesta y cuánta frustración causa que se suspenda. Pero era cierto que no era ni el momento ni la forma y por más que todas estuvieran con atraso de festejos, eso era una idea muy loca en ese momento.

Luego de la desconcentración, Eliseo se quedó pensando en qué otras cosas se estaban jugando en el correo aéreo. Empezó a sentir desconfianza porque, al parecer, la persona que mandaba los mensajes tenía ideas muy cuestionables. Por eso, cuando nadie veía, se acercó a la pieza de Inmaculada y le pidió el cuaderno que usaba ella, para leer lo último que había escrito. Pero no leyó desde el final, arrancó desde el principio, repasando las ocurrencias de colegiala y las respuestas que ella también anotaba. A poco de leer, se dio cuenta de que Inmaculada y ese alguien, del otro lado, habían entablado una perfecta conversación. Y no le gustó nada lo que leyó, porque la charla se estaba poniendo cada vez más intensa. Los buenos deseos habían dado paso a mensajes más específicos, datos sobre sus personas, estado civil, casi un chat colombófilo.

En ese momento, Eliseo no pudo evitar sentir que el contenido de los mensajes se estaba sobrepasando, que cómo le iba a preguntar si vivía solo, que por qué le preguntaba si tenía novio, que para qué le decía que tenía veinticinco años, que eso se estaba desmadrando y ¿adónde iban a ir a parar? Que cómo todo eso había pasado delante de sus narices y él no se había dado cuenta.

Al devolverle el cuaderno a Inmaculada, Eliseo la reprendió con severidad. Que cómo, que por qué, que no veía, que ¡no pensaba!  Ella no tenía que ser un genio para darse cuenta de que esa reacción era producida por celos. Y como quien no quiere la cosa deslizó un que no le veía nada de malo, si para eso habían iniciado los mensajes, para darle compañía y esperanza a alguien.

Pero que una cosa era esperanza y otra era coqueteo, que eso se parecía a un chat virtual y podía tener un problema porque ese hombre se estaba ilusionando y quizás hasta quisiera conocerla. Que no sabía quién era en realidad y que podía ser un loco que solo quería aprovecharse de una chica en medio de la inseguridad de la pandemia.

Y en esos momentos en que salta la chispa que puede encender el fuego, un mal juicio puede hacer que todo quede en la nada, como decirle que dejara de comportarse como el hermano mayor “cuida” y la dejara hacer, que con eso no le hacía daño a nadie y menos a él.

La palabra hermano es una palabra hermosa. Pero dicha en un contexto en el que oficia de calmante o somnífero, pierde su grandeza y se convierte en un balde de arena que apaga toda posibilidad de combustión.

Inmaculada supo que había metido la pata, lo vio reflejado en los ojos desconcertados de Eliseo. Por eso le dijo que quizás se había extralimitado y que, por otro lado, era muy probable que el mensaje de la fiesta no hubiera sido de Ernesto. Que así se llamaba, que por qué le iba a decir de otra manera. Que demasiada confianza. Que era un alma solitaria, no se merecía que lo tratara mal. Que buenas noches. Que, mejor, durmiera bien.

(C) Meg

2 comentarios sobre “De vecinas, de virus y de alas – Cap. 21 – Otra vez la terraza

    Doctor Krapp escribió:
    4 octubre, 2022 en 9:24 am

    El amor virtual es un falso remedo del real, aunque permite avances que no permite el contacto personal. Lo malo es que ahora se ha convertido en un negocio para algunos.
    Gran verdad en esta frase: «Cuando dos personas están atascadas y ninguna avanza, siempre hace falta un hecho o una tercera persona que los destrabe»

    Un abrazo, Mirna

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      mireugen respondido:
      4 octubre, 2022 en 11:00 pm

      El amor virtual puede dar lugar a otro tipo de acercamiento, a no perder contacto con la distancia, pero sin dudas, no reemplaza al real. Gracias por leer! Un abrazo, Doc.

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