De vecinas, de virus y de alas – Cap. 20 – La visita del virus

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¡Hola, amigos! En esta oportunidad llegan noticias del cielo, ese cielo que se abre a las alas y las esperanzas. ¿El virus? Entró en la pensión. Pero las palomas quizás logren que las vecinas se tomen las cosas con otra filosofía.

Imagen de Internet

Al día siguiente, todas las vecinas esperaban ver la señal del más allá en la terraza. La promotora del hecho, Bety, había pasado puerta por puerta dando golpecitos para que se congregaran. Estaba Cuídese Mucho, Inmaculada, la viejita, la Reina Batata, Elisa y, también, Rosa, quien se había enterado cuando llevaba un caldo para la Narco. La Bruja Canela se unió al final, como correspondía a su autodesignado rango de pitonisa en jefe.

Como en una procesión, con una velita encendida, por esas cosas de la imaginación de algunas y la beatitud de otras, fueron subiendo la escalera con pasitos trémulos. Una intentó cantar “El sermón de la montaña”, pero fue chistada por las demás, conscientes del paganismo de ese ritual.

Al llegar a la terraza, Inmaculada se adelantó a las otras. No era partidaria de hablar en público, pero esta vez, por temor a que asustaran a sus amigas emplumadas, hizo “de tripas, corazón” y les pidió que esperaran, que las palomas eran asustadizas y que, si esperaban un poco, tal vez habría un mensaje.

Canela se dio cuenta en ese momento cuál había sido todo el asunto de la terraza. Estaban enviando mensajes con las palomas y no los querían compartir. Eso le fastidió bastante, pero más porque la realidad no coincidió con sus sospechas que por el secreto en sí. ¿A quién le importaba que mandaran papelitos al aire, si, después de todo, el aire no responde? Tal vez estuvieran un poco locas las dos, tal vez era un simple juego infantil.

Las vecinas se quedaron allí, sentadas, por indicación de Inmaculada. Esperaron un rato y la pitonisa aprovechó ese momento para decir unas palabras. Que las señales no se producían, a veces, que no eran Matemáticas, era pura decisión de los espíritus y bla bla bla. La cuestión es que, mientras la Bruja “abría el paraguas” para lo que pensaba que iba a ser un fracaso de su predicción, Libertad llegó volando y se fue a posar sobre un hombro de Inmaculada.

Las mujeres aclamaron la llegada de la primera paloma, pero más cuando vieron que era seguida por su séquito de plumíferas. Entonces Elisa intervino, fue a revisar a Libertad y a Pigeon y mostró, para sorpresa de las demás, que venían con un mensaje. El de Libertad decía que el milagro era tener amigos, aunque no se conocieran, el de Pigeon, que siempre se puede dar algo bueno, no importaba cuánto mal se hubiera hecho antes.

La pitonisa, entonces, le dijo a su público que habían sido bendecidas por una señal y un milagro, porque la señal era la aparición de las palomas y el milagro los mensajes del más allá. Que, si de esta no creían, no creerían más y que estaba claro que los espíritus las querían unidas y ayudándose, porque así era como vivían ellos, todos en una misma dimensión, sin separaciones ni sectas y así era como se lograba vencer un problema común.

Entonces Cuídese Mucho, casi llorando, elevó su voz finita para gritar al cielo que se arrepentía de no haber hecho más, de haber sido tan débil y de haber dejado pasar la oportunidad de ayudar a alguien más. Y la artesana, a continuación, prometió que no habría más peleas, porque eso solo las debilitaba. Y Rosa les dijo que chicas no se pongan melodramáticas, que solo eran palomas mensajeras, pero Inmaculada la hizo callar con que no eran solo palomas, era un milagro que, a ellas, allí, olvidadas por muchos, lejos de las personas importantes en su vida, les llegara un mensaje así.

Y todas sabían de qué hablaba Inmaculada, más que saberlo lo sentían en sus recuerdos de seres queridos que ya no estaban o a quienes ya no verían por hache o por be, porque nunca hay un solo motivo para estar distanciado de alguien y pocas veces se sabe bien cuál es. Y por eso se desconcentraron como peregrinos agotados por el esfuerzo y fueron bajando al patio y metiéndose en silencio cada cual en su pieza. Rosa, la muy diligente Rosa, atendió la puerta al sonar el timbre. Allí estaba el servicio de entrega del laboratorio, traía los resultados del análisis de la Narco. Rosa entró con el sobre en su mano derecha temblorosa, temiendo lo peor. Se sentó en la primera silla que encontró en el patio y se persignó. Parecía no tener fuerzas. Parecía no tener ganas de abrir el sobre. En realidad, no le correspondía a ella abrirlo, pero la enferma no estaba para tales menesteres.

La dueña respiró hondo, se dijo que “a lo hecho, pecho” y abrió el sobre de un tirón tan fuerte que rompió parte del papel de adentro. El informe decía que el resultado era positivo. Entonces su cerebro empezó a dar esa vuelta que hace para autoengañarse. ¿Qué quería decir que era positivo? ¿Era que el virus estaba allí o que el resultado era positivo porque no estaba?

Elisa la vio transpirar, con una expresión entre confundida y aterrorizada, con la respiración agitada e inmóvil como un poste. Se acercó y tomó el papel de sus manos. Que qué le iban a hacer, Rosa, tenían el virus en casa. Que no se preocupara, la Narco iba a salir del apuro, porque la iban a ayudar entre todas.

Pero el problema de Rosa era otro, era que, si se contagiaba su marido, el viejo se podía ir para el otro mundo, con la cantidad de problemas de salud que tenía, con la montaña de pastillas que tomaba cada mañana, con lo mucho que lo necesitaba para subsistir esos años que le faltaban a ella para el descanso final.

Rosa, con cara de velorio, le dio un par de palmaditas a Elisa. Que gracias, que Dios proveería. Y se fue a su departamento, en la planta alta de la casa chorizo, sin decir nada más.

El patio quedó entonces a merced de la nueva noticia. Si de algo tenía que servir la señal de las palomas, tenía que ser para ser usada en ese momento. Y las vecinas sintieron que algo les estrujaba el alma tan fuerte que hacía presión por salir por los ojos.

Inmaculada se reunió con Cuídese Mucho. Entre las dos iban a asistir a la Narco, porque eran las mejor dispuestas y las que habían hecho todo lo posible para que la enferma se quedara. No importaba cuál fuera el resultado, tal vez alguna se contagiaría, pero a una persona no se la dejaba ahí tirada como si fuera un costal.

No solo les tocaría asistir a la infectada, también tendrían que abrir un consultorio de almas en pena, porque el miedo dejado a sus anchas da más miedo, a menos que alguien lo detenga con firmeza. Y la primera en consultar, curiosamente, fue la Bruja, quien sabía del engaño con la señal de las palomas y se la pasó castañeteando los dientes por varios días.

(C) Meg

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2 comentarios sobre “De vecinas, de virus y de alas – Cap. 20 – La visita del virus

    Doctor Krapp escribió:
    25 septiembre, 2022 en 4:07 pm

    Tu pensión cada vez se parece más a un arca de Noe pintoresco, con palomas incluidas.
    Siempre sugerente.
    Un abrazo

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      mireugen respondido:
      25 septiembre, 2022 en 8:03 pm

      Gracias, Dr. Krapp. Mis vecinas son realmente entrañables. Un abrazo

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