De vecinas, de virus y de alas – Cap. 19 – La charla

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¡Hola, amigos! Un nuevo capítulo de esta novela de pandemia. En medio de las «Sí» y las «No», la terraza y las palomas brindaron un espacio adecuado para la charla. Un poco de cielo abre la mente y despeja las ideas. Veamos si estos personajes se deciden a tener su postergada charla.

Imagen de Internet

Si para algo sirven las brujerías es para traer tranquilidad y paz interior. Por eso Bety se acercó a la pieza de la Bruja Canela y le pidió un favor especial. La artesana estaba en el grupo de las “sí”, por eso y porque no quería pasarse la vida pidiendo perdón, como Lucía, quería hacer algo para que el conflicto entre las vecinas se resolviera. Y que, como pasaba siempre, si el más allá hablaba, creyendo más o creyendo menos, todas escuchaban, porque la mente era como una tela, el agua podía pasar a través de ella, pero algo quedaba al final y que era una buena acción y que no importaba si era verdad, las cartas no podían enojarse, y que Canela tenía el respeto de las otras y si decía que las cartas habían hablado, ninguna lo dudaría y le harían caso.

La Bruja lo pensó un rato largo, tan largo que Bety empezó a balancearse de un lado a otro, por falta de otra cosa qué hacer mientras la pitonisa hacía su introspección. A Canela no le gustaba la idea de mentir por las cartas, temía un castigo del universo, por eso sacó de la galera un método menos comprometedor y menos comprobable que aquellas. Diría que vio una señal, las señales son cuestiones sujetas a una interpretación muy personal, eso haría, y así se lo comunicó a Bety. Que había visto unas palomas en la terraza y había palomas grises y blancas. Que las blancas eran de buena suerte y anunciaban la paz y las grises, en cambio, no tenían un mensaje tan definido, pero como había visto que eran mansas y se acercaban a Inmaculada y a Elisa, ella podía asegurar que la señal era clara, se venían tiempos de paz y de amor. La Bruja no dijo que así mataba dos pájaros de un solo tiro, porque, ahora, con el asunto de la señal, las vecinas seguro irían a comprobar la presencia de las palomas y aguarían cualquier cosa rara que estuviera pasando en esa terraza.

Canela quedó conforme con su aporte y dio por concluida la charla, dio una vuelta sobre sus talones e hizo volar la capa de bruja antiviral que llevaba encima.

Bety quedó contenta, había logrado lo que buscaba y su sentido de la utilidad se vio recompensado. No perdió ni un minuto en disparar el radio pasillo y lo hizo con tal destreza que, para la hora de la siesta, ya todas hablaban de las palomas en su idioma de tapabocas y señas.

Que eran señales del cielo, que las palomas no iban a cualquier lugar, que era cierto, que las cartas no estaban hablando, pero que pensaran un poco, que el cielo estaba de su lado y debían mantenerse unidas y cuidar a cualquiera que se enfermara. Que las palomas eran eso, esperanza y buen presagio y que si aparecía una blanca era porque debía haber paz y si aparecía una negra, agarrate, Catalina.

El mensaje, como cualquier mensaje cobró vida propia, se fue mejorando, sustituyendo y agrandando a medida que pasaba de boca en boca. Tanto que, a la vuelta de su viaje, decía que debían subir a la terraza para adorar a las palomas en una tarde en que la luna saliera temprano. Y ese día era, precisamente, el día siguiente, porque la artesana había consultado el calendario lunar y salía a las cinco de la tarde.

Bety se relajó con el resultado de su gestión, tanto que olvidó su tapabocas de crochet al confiarse y creerse demasiado en las mentiras que ella misma había esparcido. Ahí fue cuando la detuvo Inmaculada y le hizo ver que el futuro era prometedor, pero que, en el presente, el virus malparido andaba por ahí y no podían distraerse.

Inmaculada sabía que sus horas en la terraza estaban contadas. Así se lo comunicó a Elisa, cuando la vio aparecer vestidita de bombero, porque su padre le había enviado con un remise trucho un traje de la época en que trabajaba con la brigada de voluntarios de Lomas.

Y como no pudo ver la expresión de su cara, por las antiparras, imaginó que la otra no le había entendido, entonces se encaminó a la escalera y se dio vuelta un par de veces, haciéndole gestos de mudos para que la siguiera.

Que les habían complicado la vida, ella que tenía tantos mensajes para enviar, que no, que no sabían si le iban a ayudar o a hacer un daño al dueño de ese mensaje, que sí que debía estar esperando una respuesta, que tenían que buscar la forma de saber si estaba solo, que pensaran entonces, pero que ese era el último día que iban a poder hacer lo suyo y que no importaba, que mandaran un mensaje para que la respuesta llegara al día siguiente así cuando estuvieran todas ahí arriba, se llevarían una buena sorpresa y no joderían más con la terraza.

El plan parecía bueno. Se sintieron satisfechos y se quedaron disfrutando del sol de un otoño que no quería convertirse en invierno. Era reconfortante sentir el calorcito en todo el cuerpo y si no hubiera sido por la llegada de Libertad, se habrían quedado dormidos por un rato.

La llegada de la paloma los puso en marcha de nuevo. La bribona esperaba su dosis de migas y caricias. Había traído con ella a otras cinco que se acercaban sin miedo, guiadas por su líder. Así detectaron otra que traía pulsera y se miraron asombrados y complacidos. Ahora podrían enviar dos mensajes. Pero, lo primero era lo primero, y la nueva paloma fue bautizada Pigeon por Eliseo, como el personaje de Pokemon.

Libertad era gris con una mancha marrón en su cabeza y otra blanca en la cola. Pigeon era gris y blanca y tenía el pico rojo. Eran muy fáciles de distinguir. Lo que no iba a ser tan fácil era tener dos conversaciones en paralelo. Pero se avocaron a la tarea de preparar dos mensajes. Por alguna razón pensaron que las dos palomas volarían a lugares distintos. Cosas de la imaginación, porque lo más probable era que pertenecieran a la misma persona. ¿Cuántos colombófilos podía haber por la zona?

Inmaculada escribió el mensaje para Libertad, diciendo que cada día era un milagro. Y Eliseo escribió otro para Pigeon, diciendo que la mayor fortuna era poder dar algo bueno de sí.

Se miraron y rieron, esa complicidad estaba dando frutos impensados. Si bien Inmaculada era amiga de Cuídese Mucho y Elisa, de Bety, nada se comparaba con esta relación disparatada que ponía a prueba los contornos de la realidad.

Pero la charla entre ellos no se producía. Cada vez que se miraban pensaban que se debían palabras. Inmaculada se sentía culpable por esa cosa de la mujer con salchicha, se sentía un poco ridícula y tal vez, fuera de lugar. Eso era algo que nunca podría revelarle, a menos que se hicieran tan amigos que ya no importara. Y para ese entonces, ¿dónde habría quedado el deseo?, porque se le hacía difícil imaginar que la amistad y el deseo pudieran ir de la mano. Él, por su parte, no quería hablar con ella, porque todo lo que tenía para decir eran sus infundados temores iniciales, su idea de que ella era una loca de atar y esas cosas que ofendían a una persona y no se borraban con un chocolate. Pero la situación había cambiado tanto que no quería estropearla.

(C) Meg

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