De vecinas, de virus y de alas – Cap. 18 – Más que una respuesta

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¡Hola, amigos! Hoy nace una brecha entre las vecinas. Sí o no. Dos palabritas y todo el antagonismo en torno a qué hacer con la contagiada. ¿Podrá el sentimiento comunitario subsanar las diferencias? Veamos qué ocurre en este capítulo.

Imagen de internet

Los gritos en el patio hacían pensar en una cancha de fútbol más que en una pensión de mujeres. Había dos bandos: las “sí” y las “no”. Otra vez, el antagonismo había cobrado vida y tanto unas como otras se arrogaban el derecho de decidir sobre la vida de la Narco.

Rosa bajó en el momento en que las “si” arrojaban sobre las “no” semillas de zapallo que alguna había dejado en la cocina, secándose, para uso medicinal. Y las “no” contraatacaban arrojando tapitas de botellas que acumulaban en un bidón de agua, para enviar a la Fundación Garrahan.

La lluvia de semillas no disuadió al grupo de las “no”, porque no había razón o penalidad suficiente para arriesgar la vida. Que la vida de una es lo primero, que la solidaridad está después. Que ya lo dijo un presidente, que se enfermen los que tienen que enfermarse, que los que queden estarán inmunizados. Y, sobre todo, que la distancia social no puede negociarse y que quién va a cuidarlas a ellas si se contagian.

Los argumentos de las “sí” se escucharon fuerte también. Que la vida es sagrada, que Dios nos manda ser piadosos, que si ahora no la cuidaban a la Narco se les iba a dar vuelta la tortilla, porque ese era un precedente y nadie las cuidaría a ellas. Que los presidentes más exitosos con la pandemia son mujeres y las mujeres saben cómo cuidar a los enfermos.

Pero los gritos no cesaban y, si no hubiera sido por la “distancia social” y el miedo, se hubieran agarrado de las mechas, porque con las palabras no llegaban a nada y los argumentos se iban intrincando y ya no se sabía quién apoyaba qué cosa.

Rosa bajó en ese momento, puso los brazos en jarra, como solía hacer cuando iba a llamar la atención de las otras, y con su voz potente de mandamás hizo callar al cluequerío y las mandó a reflexionar en su cuarto. Que cómo no iban a ser solidarias con un caído, que esto era una guerra, que el enemigo era invisible, pero que, por muy pequeño que fuera, era enemigo, al fin, y que les debería dar vergüenza que la Narco estaba ahí, pobre, escuchando cómo querían deshacerse de ella y que ni siquiera sabían si realmente la había atacado el bicho o era un resfrío de esos que se mimetizaban y daban más trabajo que de costumbre. Que ya bastante tenía ella con tenerlas a todas ahí, que agradecieran que no las ponía de patitas en la calle y que ahí no se dijera más nada, he dicho.

Las interpeladas se dieron media vuelta, algunas más ofendidas que otras, pero el resultado de la arenga fue que esa mañana ninguna asomó la nariz de nuevo. Solo se vio pasar a unas que de tanto pelear les había despertado el apetito y se hicieron un café con leche con galletas remojadas.

Por ahí se escuchó a una diciendo que Rosa no las iba a echar, porque era tan tacaña que era capaz de agarrarse el virus con tal de no perder un mes de alquiler. Pero también se escuchó a otra, en voz baja, que le respondía que mejor se callara la boca, y que ese fin de mes se vería de qué estaba hecha la dueña, porque nadie iba a poder pagar.

Inmaculada, en su habitación, repasaba los mensajes en su cuaderno. Ese día no tenía que ir a trabajar y dispondría de toda la tarde para dar rienda suelta a su imaginación. En ese momento se preguntó qué estaría pasando por la cabeza de Eliseo. Nunca habían hablado de lo que había ocurrido, los dos sabían que el otro sabía, sabían que compartían un secreto. Eso le daba poder a ella, lo sabía, pero era un poder que no quería, que, en realidad, la perjudicaba, porque Eliseo se sentía un poco amenazado. Cierto era que, después de compartir esos momentos a solas, cómplices, todo parecía ir bien, pero ella sabía que la última barrera solo caería si hablaban.

En ese instante, unos golpecitos en su puerta la sacaron de sus divagues. Se levantó de un salto, pensando que era Eliseo quien la llamaba. Pero no, del otro lado de la puerta estaba la Bruja Canela, y traía un plato de comida en su mano.

Como no había nadie más en el patio, hablaron allí paradas, a un metro de distancia y enfundadas ambas en sus trajes de cuarentena que se habían enriquecido con unas antiparras de nadadora y unas botas de lluvia. Que estaba tan preocupada que había hecho una tirada de cartas para cada una de las pensionistas. Que cuando encontró lo que encontró tenía que venir a alertarla, porque las cartas decían que había un peligro acechándola, que no era el virus, que no, era otra cosa, tenía forma de hombre y estaba muy cerca. Que no tenía muchos más datos, pero el olfato no le fallaba, porque cuando las cartas no alcanzaban, ella recurría a lo que escuchaba en los cuchicheos de las demás y, para peor, había visto que ella y Elisa estaban juntas en la terraza, haciendo no se sabía qué cosa con las palomas y que eso no era algo muy usual y que si quería contarle algo podía hacerlo, que ella era muy discreta y la podía aconsejar. Que muchas veces la soledad era mala consejera y que, aunque en esos tiempos se veían parejas muy extrañas, ella pensaba que podía estar a punto de equivocarse, por pura inocencia y por pura falta de guía.

Inmaculada escuchó toda la retahíla con suma cordialidad, pero al llegar a la última parte, en la que Canela mencionaba la terraza, notó el tono de solapada interrogación que había detrás de la afirmación y supo que todo aquello, en el fondo, era un tanteo en la penumbra, por pura curiosidad. Como no estaba dispuesta a exponer ni a dar detalles de algo que consideraba su secreto, trató de calmar la curiosidad de la mujer con un dato, para que no sintiera que se iba con las manos vacías. Y lo único que se le ocurrió fue que no se preocupara, que no había nada raro en la terraza, que Elisa y ella eran amantes de las palomas y eso era todo, que nunca se le ocurriría pensar en otra mujer, que solo subían a verlas volar, porque era una forma de imaginarse que podían salir de ese encierro y que si tenía alguna duda ella sería la primera a quien iría a consultar.

Canela se fue rumiando la decepción del sabor a poco, pero la cosa no quedaría allí nomás, porque ella sabía que algo escondían esas dos, que como que le decían la Bruja que averiguaría con las cartas, con la borra o con un soborno, lo que tramaban las colombófilas.

Un rato después, Inmaculada subía a la terraza. El día estaba espléndido para tomar unas gotas de sol de otoño y se sentó en un rinconcito con los brazos abiertos, sintiéndose muy viva, tanto que ningún chismorreo le iba a malograr el buen humor.

Más tarde llegó Eliseo y se sentó en el extremo opuesto. No se dijeron nada, solo disfrutaron de esa paz interior que da cerrar los ojos, ver y sentir la luz rojiza a través de los párpados cerrados y compartir un momento sin hablar, como viejos camaradas que tienen un pasado en común y, quizás, algún futuro.

(C) Meg

2 comentarios sobre “De vecinas, de virus y de alas – Cap. 18 – Más que una respuesta

    Buho evanescente escribió:
    9 septiembre, 2022 en 7:36 pm

    Me encanta la historia y los nombres con que los has bautizado.
    Canela se lleva los logros😊👏👏👏💓

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      mireugen respondido:
      9 septiembre, 2022 en 7:45 pm

      jajaja me alegra muchísimo. Fue muy divertido escribir esta historia, poder poner al bicho malparido en su lugar y jugar con estas vecinas que son entrañables para mí. Muchas gracias, Búho! Un cariño

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