De vecinas, de virus y de alas – Cap. 17 – La respuesta

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¡Hola, amigos! En medio de los temores e indecisiones que provocó la llegada del virus a la pensión, Inmaculada y Eliseo reciben una respuesta a su mensaje alado. ¿Qué respondió esa persona del otro lado? Aquí los dejo con el relato.

Imagen de Internet

La mañana siguiente a la todavía incierta entrada del virus, la primera en aparecer en el patio fue Lucía, Cuídese Mucho. Ella no podía dejar de levantarse a las seis de la mañana y como sabía que nadie la vería se arriesgó a ir a la cocina a preparar un mate cocido. No tomó los recaudos del caso, no salió con tapabocas ni con guantes, ni siquiera se puso un pilotín para evitar que su ropa se contaminara. Salió como siempre, segura de que el virus no se levantaba temprano y que, en realidad, no sabían si había sido él o un primo inofensivo mutado el que había traspasado la puerta.

Cuídese Mucho hizo lo que tenía que hacer y se volvió corriendo, como si la velocidad fuera un antídoto contra cualquier mal. Sus pasos de ratón aturdido resonaron en el patio desierto y ahí fue cuando Bety se despertó. Abrió la puerta despacito y miró hacia ambos lados. Nadie. Volvió a cerrar la puerta. Se sentó en la cama y pensó qué iba a hacer. Si hubiera sido alguien más valiente, seguro que se ofrecía a ayudar a la Narco, pero se reconocía tan cobarde como cualquiera, que por su edad no sabía qué pasaría si se contagiaba, que, con el tema del cigarrillo, sus pulmones quizás no resistirían, que debería dejar de fumar definitivamente, que, si de esta no aprendía, no aprendía más. Por eso y porque tenía hambre y necesitaba salir, decidió hacerse un traje especial para la ocasión. Rebuscó en sus bolsas de retazos y encontró que había tela de avión, con ella se puso a coser una capa a prueba de virus, en una especie de patchwork impermeable de Supergirl decadente.

Mientras la máquina de coser de Bety sacaba chispas, la Reina Batata despertaba con la sensación de que el mundo se caía abajo. Su cama repetía el temblor de la máquina, porque la separaba solo una pared fina de la artesana. Con toda la bronca que da despertarse con sobresalto, golpeó la pared con un escobillón, para que su vecina se calmara. Pero del otro lado, la furia de la desesperación era más fuerte que cualquier reclamo y la máquina redobló su andar.

La Reina Batata, exasperada, se calzó las pantuflas de peluche rosa con moñito y se puso la bata de plush. Con el impulso de su mal genio abrió la puerta, pero al momento de sacar un pie de su habitación se quedó congelada. Que qué estaba haciendo, que cómo se le ocurría salir así, que ya se había olvidado de que el virus andaba suelto, libre como el viento, esperando donde poner sus garras para contagiar a alguien más. Entonces, el grito. A viva voz le reclamó a su vecina que se dejara de joder tan temprano, que algunos dormían y que no eran horas de armar tal batifondo.

El grito fue tan efectivo como un despertador. Todas las inquilinas despertaron y se encontraron frente a la puerta, sin saber qué hacer, como si un láser invisible atravesara sus umbrales y un paso de más las pudiera fulminar como moscas.

Era muy aterradora la idea de dar el primer paso. Inmaculada comenzó a revolver en su ropero, buscando algo que la protegiera. Por fin dio con un piloto de inspector Gadget que había preparado para la feria americana, porque las solapas habían quedado fuera de moda. Se lo había regalado su tía Nerea quien lo había comprado en un viaje, y, según ella, era de muy buena calidad. Ahora la calidad no era lo importante, lo crucial era que esa prenda la podía preservar. Aprobado el atuendo, revisó las reservas de alcohol. Habían mermado porque en un arranque de entusiasmo, había preparado licor de mandarina, mientras cocía las berenjenas. El licor se estaba estacionando todavía, pero la necesidad de alcohol se hacía imperiosa en ese momento. Inmaculada se preguntó entonces si podría repeler el virus con olor a mandarina. Y como no obtuvo respuesta, tomó la botella y se pasó un poco del licor por las manos. Como había previsto, sintió el pegoteo y se tuvo que pasar alcohol puro para deshacerse de él.

En la pieza de la Bruja Canela, las cartas no daban pie con bola. Unas le decían que saliera, otras que se quedara allí. Todas decían la verdad, solo que era una verdad hecha a medida de los arranques de valor y miedo que sufría la pitonisa, alternativamente. Un as de espadas le dio la estocada final. Debía enfrentar al virus, darle batalla, y para eso necesitaba un escudo y una espada. Armada con una tapa de olla y un cucharón, Canela salió de la pieza cual Quijote, solo le faltaba la escoba. A sus pasos retumbando en el patio se sumaron los chirridos de varias puertas que se abrían para permitir el espionaje vecinal.

Cuando las otras vieron que la Bruja rompía la barrera del miedo, comenzaron a aparecer una a una en el patio. Tímidamente, desde el umbral de la puerta, se dieron los buenos días. Que cómo iban a hacer ahora, que tenían que poner nuevas reglas para usar la cocina y esas cosas.

Eliseo fue el último en aparecer. A él no le habían llegado los gritos ni el sonido de la máquina. Dio un vistazo. Sus vecinas hablaban sin orden ni concierto. Miró al cielo que se insinuaba entre las chapas de la cortina metálica y pensó en las palomas. Sin que se dieran cuenta, atravesó el patio y subió por la escalera, no sin lanzarle una mirada insinuante a Inmaculada, para que lo siguiera.

Dando pequeños saltitos, Inmaculada subió tras Elisa. Las otras seguían con su cotorreo y les costaba mucho entenderse. Pasarían un buen rato discutiendo con sus tapabocas actuando como silenciadores.

En la terraza, el sol brillaba sin enterarse de los problemas que aquejaban puertas adentro. La vida, al sol, es más feliz, más plena, más segura. Inmaculada vio llegar a Libertad. La reconocía porque no era completamente gris, tenía una mancha marrón en la cabeza y otra blanca en la cola.

La paloma llegó hasta ella y se dedicó a picotear sus pantuflas a lunares. En su pata izquierda se veía asomar un papelito blanco. Eliseo lo detectó en el momento y le dijo a Inmaculada que tomara el papel, que se veía que el mensaje no había llegado a destino y había vuelto al remitente, que era una pena, un mensaje tan bonito, pero no había que desesperar.

Pero Inmaculada no pensó en nada. Tomó el papel y lo abrió, dispuesta a ser sorprendida. En el papel había algo que ella esperaba con todas sus fuerzas, era una respuesta, una respuesta para ella, sí para ella, era personal, directo y efectivo.

“A vos también”, decía el papel. Y esa era la respuesta de alguien que había compartido ese deseo inmensamente pequeño e inmensamente grande de llevar felicidad sin importar a quién.

Eliseo se sorprendió a tal punto que estuvo a un palmo de abrazar a Inmaculada. Ella lo notó y se produjo un momento intenso de incomodidad y desconcierto. Vencida la sorpresa, los dos se prometieron seguir adelante con los mensajes, pero eso sería más tarde, porque se escuchaba un clamor creciente viniendo del patio y porque Libertad, esa paloma que había caído del cielo, había traído volando un mensaje de amor que iba más allá del papel.

(C) Meg

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