De vecinas, de virus y de alas – Cap. 15 – Una idea

Posted on Actualizado enn

¡Hola, amigos! Esta novelita continúa y ahora las palomas llenan el aire de buenas ideas. ¿Qué se hace con una paloma mensajera? ¿No es cierto que nos dan ganas de enviar un mensaje? ¿A quién? ¿Qué le diríamos? Inmaculada busca ideas…

Imagen de Internet

Hay ideas que, por ridículas o imposibles, no se someten a juicio de valoración, por lo que se llevan a cabo sin pensarlas. Eso le pasó a Inmaculada cuando tomó un cuaderno y comenzó a escribir mensajes para enviar con su paloma, a la que había bautizado Libertad, como el célebre personaje de la tira Mafalda.

Nadie le había enseñado nunca a manejar a una paloma mensajera. Ni siquiera había escuchado de qué forma se le indica a dónde debe ir. Poco importaba, no le iba a dar una dirección. Lo que necesitaba Inmaculada era sentir que podía llevar un mensaje de esperanza a alguien, sin importar quién fuera. Quería sentir que hacía algo, porque esperaba esa cosa de que lo que das vuelve dos veces, y ella deseaba que en el mundo hubiera alguien que hiciera lo mismo por ella.

Esa misma mañana había comenzado a producir una nueva tanda de berenjenas en escabeche, porque Cuídese Mucho y la Bety la presionaban para seguir haciendo unos pesos. Entre frasco y frasco, entre cebolla y cebolla, se detenía frente al cuaderno y pensaba algo que a ella misma le gustaría que le dijeran. Las primeras frases fueron tan tontas e inútiles que le hicieron sentir vergüenza. Que no había nacido para escribir, que ni siquiera era buena dedicando tarjetas de Navidad, cómo se le había ocurrido hacer eso tan difícil. Pero la fuerza de voluntad se impuso y entre ollas y sartenes siguió pensando, y de tanto en tanto, le sacaba la lengua a esa hoja en blanco que le enrostraba su blancura descarada.

En medio de la faena, Cuídese Mucho entró en la cocina. Que cómo iba la producción, que se sentía rico, desde el patio, que, si no fueran para vender, se las comería ella. Y como quien no quiere la cosa se asomó a leer esa hoja garabateada en la que estaba abierto el cuaderno y se quedó mirando a Inmaculada con un signo de interrogación en sus ojos color café. Entonces reaccionó. Que qué pena cumplir años en esta época en la que nadie se podía juntar a comer una torta y que los pocos que tenían familias grandes eran los únicos que podían hacer alguna clase de festejo y qué lindo que era escribir tarjetas para regalar, que a ella siempre le pedían que escribiera tarjetas en casa de sus padres.

La táctica indirecta funcionó. Inmaculada quiso saber entonces que qué le diría a una persona que está sola, porque a ella se le estaba haciendo difícil encontrar las palabras para alguien que estaba muy solo, sin deprimirlo ni asustarlo. Lucía respondió sin dudar que lo mejor era decirle que la vida se hacía más linda a medida que se superaban los problemas, porque no había mayor satisfacción que ver salir el sol al final de un túnel oscuro.

La idea le gustó tanto que Inmaculada la anotó en su cuaderno. Y como le quedó tan agradecida a Cuídese Mucho, le regaló un frasco de berenjenas para su deleite personal. La mujer se fue de la cocina como perro con dos colas y le fue contando a las otras vecinas cómo lo había obtenido, porque una fuente de placer inesperado no se esconde ni se acapara en épocas de pandemia.

Un rato más tarde apareció Bety. Ella traía un regalo: una pulsera de mostacillas que podría encantarle a la cumpleañera. Se llevó una sorpresa al enterarse de que no era el cumpleaños de Inmaculada. Pero no pudo averiguar de quién era el cumpleaños, solo que la cocinera estaba buscando una frase para darle aliento a esa persona misteriosa. Que era fácil darle aliento a alguien cuando se sabía qué deseaba. Y en esos tiempos, lo que más deseábamos todos era salir a la calle y ver a nuestros seres queridos. Por eso el mensaje que le propuso fue que pronto iba a encontrar el camino despejado que lo conduciría a esa persona que tanto quería. Y era, tal vez, su propio deseo el que habló en ese momento.

Lucía volvió a escribir en su cuaderno y repitió el gesto de agradecimiento. Que qué le iba a hacer regalar otro frasco de berenjenas, si no había mejor regalo que alguien las probara y las disfrutara.

A poco de irse Bety, apareció la Narco. Ella venía del cuarto de desinfección, traía consigo el olor del alcohol alcanforado como si fuera un zorrillo desinfectado. Semejante choque de olores en la cocina fue un poco desagradable, pero Inmaculada tenía un olfato a toda prueba después de esas semanas de confinamiento.

La Narco trajo más ideas. Para ella lo que quería la gente en esos tiempos era tener salud. Que nadie quería estirar la pata, ni siquiera para subirse a una camilla de lujo. Y, si algo le diría a alguien que estaba solo era que la salud empezaba por tener pensamientos alegres, no andar pensando en que las cosas iban a salir mal. Que cuando uno se programaba en positivo, todo salía mejor y que ella lo sabía por experiencia propia, porque muchas veces había tenido que enfrentarse a problemas serios.

Ese día la producción de berenjenas sería la más baja de la historia. Cada una que pasaba por la cocina, avisada por Lucía, entraba con un buen deseo y salía con un frasco aún tibio, pero las frases de aliento se fueron sumando.

La Reina Batata, por más que se hacía la que no quería, que cómo iba a entrar de pedigüeña, que eso no iba con su forma de ser, que no sabía qué decirle, que bueno, ya tenía una idea y se la iba a contar. Su idea fue totalmente novedosa, porque que alguien que estaba solo quería que su soledad valiera la pena y qué mejor que decirle que los que están solos tenían una fortaleza interna que haría que su vida fuera especial, de un momento a otro.

Ya se iban acabando los frascos cuando se acercó la Bruja Canela. Ella no venía por la ración de conserva, venía porque le iba a tirar las cartas a ese ser que anhelaba un saludo memorable. Que tendría una larga vida, que se repondría de cualquier obstáculo, que la felicidad lo perseguiría y que cuando se quisiera acordar, estaría nadando en la abundancia.

Eliseo esperó su turno y cuando Canela salió de la cocina, se asomó a la ventanita y le hizo un guiño a Inmaculada, queriendo decir que la esperaba en la terraza.

Al rato se reunieron arriba y leyeron los mensajes. Eran todos muy bellos, pero en la pulsera de la paloma solo entraban unas poquitas palabras. Debían pensar en un mensaje tipo telegrama, significativo y conciso. Porque, para ese momento, Eliseo ya se había enganchado en el proyecto de Inmaculada y quería pasar tiempo con ella, que ahora le hacía gracia y que cualquiera podía tener alguna rareza.

Lo que no sabían era que las otras vecinas vieron el movimiento y cuchicheaban a sus espaldas, que qué raro estas dos tan amigas, que por qué se estarían escondiendo y por qué no invitaron a nadie, que ¿Elisa sabrá para quién es el mensaje?, que ¿qué habrá pasado para que el mundo se diera vuelta?

Y la Bruja Canela asentía sin hablar. Porque ella había consultado a las cartas y había visto algunas señales de que algo estaba por cambiar.

(C) Meg

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s