De vecinas, de virus y de alas – Cap. 14 – El barrio

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¡Hola, amigos! Hoy nos encontramos con el barrio de estas vecinas. Un barrio en pandemia pierde su color, la gente, guardada, escondida, protegida, deja las calles desnudas y sin vida. Un vecino se asoma y puede ver un desierto. Un perro se enseñorea, pero no tiene de donde obtener comida, porque los bares están cerrados. El virus convierte la vida en germen, y permanece allí, latente, dentro de las casas pensando en cosas que se podrían haber hecho de otra manera.

Imagen de Internet

El desierto es inmenso, inabarcable en su extensión. Da la sensación de que el mundo es llano u ondulado y que el andar siempre será hacia adelante. Uno no espera ver gente en el desierto, y en todo caso, si la viera, sería un viajero en dromedario, perdido en lontananza entre espejismos de agua. Un barrio desierto, por el contrario, dice a las claras que falta algo. La gente, pese a ser molesta en gran afluencia, es el corazón de la vida y cuando no está, se echa en falta, se nota su ausencia. Las construcciones no tienen sentido sin gente. Los cruces de peatones, las largas avenidas, los semáforos y su onda, las barreras, todo habla de que alguien debería estar allí, habitándolo.

Los primeros días de total aislamiento, los valientes, los necesarios, los imprescindibles, salieron a la calle. Pero, como también están los inconscientes, pasados esos primeros recaudos, el barrio vio aparecer a algunos, salpicados por aquí y por allí como el musgo, con actitud de fugitivos de la justicia, pero con la entidad suficiente para que el lugar tuviera el aspecto de domingo de verano por la siesta.

La gente dentro de sus casas inventó cosas para hacer. Los que pudieron se conectaron con su familia por algún medio electrónico. Los que no pudieron, esos, sintieron todo el peso de la soledad sobre sus espaldas. Los más afectados fueron los mayores. Los que apenas tenían un celular viejo de los de tapita y que no sé muy bien lo que es Internet, nenita. Ellos se armaron una rutina muy parecida a la que ya llevaban, porque no nos engañemos, son los que reciben a los hijos y nietos una vez al mes, en cumpleaños y Navidad.

En todos los barrios hay gente sola, y, no necesariamente, en una pensión. Hay gente sola en departamentos, en casas pequeñas, en geriátricos. Hay gente sola aún viviendo en compañía de otros.

Como esa viuda que tenía los hijos en otro país, o aquella divorciada que se había venido a la capital dejando a sus padres en la provincia, o aquel hombre que vino a trabajar de lunes a viernes y volvía solo los fines de semana a su hogar. No solo viejos, también gente de mediana edad, también jóvenes tratando de hacerse una vida estudiando y trabajando. Pero hay solos y solitarios. Porque no es lo mismo la soledad por elección que por no haber otra opción.

Y algunos con más o menos tecnología, al cabo de un rato, se hermanan. Porque ¿cuánto tiempo puede durar un chat? ¿Cuánto tiempo dura una serie de partidas de juegos on line? Y la red, como cualquier red, tiene sus agujeros. Y por ellos pasan minutos densos, horas en los que uno se siente tentado a hablar con las plantas o con la televisión. Que ojalá tuviera un perro y que no sea que me conteste.

Y el barrio da cierta contención. ¿Quién no conoce al kiosquero, al verdulero, al diariero? ¿Quién no cruzó unas palabras con la panadera o con la señora de la tienda de mascotas? ¿Quién no se tomó un cafecito en el bar de la otra cuadra y compartió un pensamiento con el mozo? Los vecinos a veces son un poco reacios a la vida comunitaria, se saludan a la distancia y siguen su camino. Otras veces se detienen a charlar sobre la mala iluminación o el bache que se hizo en la calle. Tanto en casas como en departamentos, la dinámica es similar. Están los que se acercan y los que mantienen distancia.

Pero esta vuelta, la cosa estaba fea. Y a los solos acostumbrados se sumaron los solos obligados, para hermanarse en un afán por mantener la mente ocupada y los miedos encorsetados.

Y lo peor de lo peor eran los solos acompañados. Esos que seguían en matrimonio, pero se sentían hermanos tenían algún motivo para charlar más, pero los que eran como enemigos, gatos pandilleros atrapados adentro de una cesta, esos no lo pasaban bien. Y la televisión y otros medios comenzaron a recordar el número de emergencias para la violencia doméstica. Porque a veces el pandillero es uno solo.

¿Qué hace la gente que está sola con su soledad? Busca en lo profundo de su ser algo con lo que sentirse a gusto. Algunos se dedican a las plantas, otros a su mascota, otros más a armar álbumes de fotos antiguas, a reparar artefactos, fabricar cosas con madera o cualquier otra actividad placentera. Todos tienen en común alguna riqueza interna, alguna bendición de la vida que les alimenta el alma. Son pocos los amargados, que los habrá, pero la soledad termina por convertirse en una especie de compañía de uno mismo. Y será necesario haber cometido un pecado muy grave para no estarse bien consigo mismo.

Pero no nos engañemos. Uno desea que esa soledad se termine en algún momento. Quizás no se quiera reconocer por una cuestión de amor propio o de temor al rechazo, pero, en el fondo, uno desea ser interrumpido, ser visitado o ser invitado. Que me dejen de joder, pero que cuando termine este banquito, que aparezcan los nietos para jugar con él.

La peste no es compañía, es solo preocupación y de las peores. Pero algunos se dedican a ella con tanta fruición que llegan a ponerle un plato a la mesa y a bautizarla con algún nombre. Cuidarse de algo es compartir momentos con ese algo, dedicarle momentos, dedicarle una parte de la vida. Así la mente se ocupa y se tiene la extraña sensación de que se está controlando a ese enemigo. No nos olvidemos del dicho “ten a tus amigos cerca, pero a tus enemigos más cerca”.

Aún así, en las tardes, algunos solitarios miran por la ventana. No recitan poemas a la soledad, no se inspiran en el cielo o en las estrellas. No cantan acompañando a Frank Sinatra en A mi manera. Miran hacia afuera, hacia el afuera que se desea que llegue. Abren la ventana y esperan que el aire fresco les llene los pulmones con esperanzas. Con la esperanza de que falte poco, de que algo pase, de que el bicho malparido se muera de una vez y se pueda volver a abrir la puerta y esta vez, prometo que me voy a hacer más amiga de mis vecinos, voy a empezar a ir al club de jubilados y voy a empezar un curso de tejido para conocer gente nueva, voy a ir al café una vez a la semana para charlar con mis viejos compañeros, voy a levantar el teléfono y llamar a esa persona con la que alguna vez compartí un buen momento y que ya ni me acuerdo por qué nos dejamos de hablar.

(C) Meg

2 comentarios sobre “De vecinas, de virus y de alas – Cap. 14 – El barrio

    Cabrónidas escribió:
    14 agosto, 2022 en 4:23 pm

    La misantropía no es tan mala.

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