De vecinas, de virus y de alas – Cap. 13 – La terraza

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¡Hola! Aquí vienen nuestras vecinas otra vez. En esta ocasión, la terraza es un lugar ideal para salir del encierro de la pandemia. Y también puede ser un lugar de encuentro, donde gozar de cierta intimidad. Veamos qué se traen ahora.

Imagen de Internet

Pasó una semana en la que las vecinas se convirtieron en vendedoras ambulantes, turnándose para ir a vender las berenjenas en escabeche a la esquina del churrero. El hombre no estuvo de acuerdo en ceder parte de su espacio y protestó con un churro en alto que le chorreó el dulce de leche por el brazo, pero vio la desesperación en los ojos de Lucía y las otras, quienes se habían tomado el trabajo tan a pecho que no dudaron en amenazarlo con el tenedor de plástico con el que iban a ofrecer la degustación del manjar a los pocos transeúntes que pasaban.

Las reservas de conservas fueron bajando y, al mismo tiempo, una luz de esperanza se abrió paso para las que estaban casi desahuciadas económicamente. Lograrían comer por unos días y ya verían cómo se arreglaban para solventar lo del alquiler, que el gobierno les tenía que tender una mano, porque eran trabajadoras y nadie les había regalado nunca nada y por algo estaban ahí, para que se ocuparan de darles la posibilidad de vivir sin mendigar.

Inmaculada ya había vuelto a trabajar. Ahora tenía que ir al palacio de Aguas Argentinas. Los primeros días tuvo algunos problemas, sus uñas excesivamente cuidadas no resistían el viaje ni las tareas. En el trabajo la pescaron dos veces sacando la lima de uñas de su bolsillo y al final la reprendieron fuertemente, tanto que temió que la despidieran. Ese día sufrió un cimbronazo. Escuchó la voz de su madre pidiéndole que se concentrara y diciéndole que cada cosa tenía un lugar y que había que elegir bien las prioridades. Así es que Inmaculada guardó sus deseos de lucir como una estrella para otro momento y comenzó a vestirse con la sencillez que más tarde y sin darse cuenta, la acompañaría el resto de su vida.

Día por medio, sintiéndose al principio una Cenicienta, se encaminaba a su trabajo. De esa forma se turnaba con las otras trabajadoras para no sobrecargar los medios de transporte público. Debido a sus viajes, los días que volvía de la capital se sometía al mismo tratamiento de desinfección que la Narco y terminaba reluciente y oliendo a borracha pobre. Como no se aguantaba tanta asepsia, subía a la terraza para que se volatilizaran los alcoholes antes de embriagarse irremediablemente y hacer un papelón.

La tarde en que Inmaculada subió a la terraza y vio allí a Elisa-Eliseo, sentado con un libro amarillo en sus manos en un rincón del techo, creyó tocar el cielo con las manos. Él leía plácidamente y el sol le hacía justicia, porque permitía entrever la sombra de su barba empezando a notarse sensualmente en sus mejillas y la forma en que estaba sentado, muy varonil. Podría haberse lanzado sobre él, enloquecida, eso deseaba y claro que lo pensó, pero como no quería arruinar esa oportunidad única, decidió quedarse en el otro extremo de la terraza y admirar su perfil de Apolo en carnavales.

Él la notó al instante e inhaló profundo y sin mirarla. Temía que el acto de ver a sus ojos rompiera el encantamiento de ese silencio que lo protegía. Pensó que su único lugar de escape se había contaminado y que cómo haría ahora para tener un lugar propio que le permitiera dar rienda suelta a su afán de libertad. Una terraza, un cielo, un libro de electrónica, todo ello lo embargaba de una sensación inigualable. Pero esa mujer, justo esa mujer, de quien no sabía a qué atenerse, era una amenaza a sus alas de papel.

Con el correr de los minutos, Eliseo comprobó que ella no hablaba ni se acercaba y eso le despertó una extraña sensación parecida a la curiosidad. En realidad, en parte era una especie de incomodidad de hormigas coloradas en la nuca, generada por la mirada de ella hacia otro lado, sabiendo que no lo ignoraba, que solo lo dejaba estar. Yo sé que ella sabe que yo vi que ella me vio, se decía. Y calculaba cuántos minutos pasarían antes de que ella se sintiera ansiosa e hiciera el segundo movimiento.

Tuvo tiempo para mirarla en forma intermitente. No era fea. Solo era molesta, como las migas adentro de una media. Si la hubiera cruzado en la calle, no le habría dedicado más que una mirada al pasar, pero tenía que reconocer que allí, en la cornisa, con el aire ondulándole el cabello, se veía bastante atractiva. Si no fuera una vecina, podría ser candidata a una noche. Eso si no estuviera tan molesto porque su novia lo había dejado y tan temeroso de que esa mujer se volviera loca como en otras ocasiones.

Entonces llegaron las palomas. Eliseo pensó que las aves no se atreverían a acercarse con la presencia de la extraña. A él lo toleraban porque se mantenía concentrado en su libro y ya habían probado el maíz que él les dejaba en una tapa de frasco de café. A ella las emplumadas la ignoraron como si se tratase de una estatua y él se rio para sus adentros por la ocurrencia. Seguía mirando por el rabillo del ojo cualquier movimiento de la invasora. Y el siguiente movimiento no se hizo esperar.

Inmaculada bajó las escaleras con pasitos cortos y rápidos y pasaron unos minutos antes de que volviera con la misma celeridad. Volvió con migas de pan adentro de una bolsa. Tomó puñados y los arrojó alrededor de ella y las aves aceptaron el soborno. Seguía sin hablar, solo se quedó ahí, en el centro del círculo formado por las aves. Eliseo no pudo aguantar más la tentación y la miró directamente. Era una estatua, la estatua de una plaza hippie, con pollera larga, franciscanas, barbijo y bandolera. La luz de la tarde le daba un contorno iridiscente y el arrullo permanente de las aves consiguió crear una atmósfera irreal, casi marciana. No quedaba nada de la reina de la nada que daba una vuelta por el patio antes de irse a dormir. En ese momento, él se dio cuenta de que algo cambiaba. A pesar de todo, a pesar de la locura inicial, de los cruces desencontrados, de la sospecha, algo los unía: una tremenda e hilarante ridiculez. Él se sentía ridículo por su situación de vecina camuflada pendiente del largo de su remerón y esa mujer llevaba la ridiculez al extremo de perseguir a un mimo que le escapaba como si ella fuera un virus letal y él tuviera una soga imaginaria para escalar al cielo.

Eliseo no quiso interrumpir ese momento de inesperada intimidad. Se sentía bien, como si fueran camaradas de mucho tiempo. No dijo palabra, solo se limitó a mirarla como se mira un cuadro cubista. Ella lo miraba de tanto en tanto, pero esperaba a que fuera él quien decidiera avanzar, si es que lo hacía. Ya estaba acostumbrada a que él huyera, ni siquiera sabía por qué se había obstinado tanto por él, pero verlo allí y que él no se escapara de nuevo la llenó de regocijo.

Pasados unos minutos, Inmaculada se sentó en la pared baja de la terraza. Una paloma la seguía, pedigüeña, insistiendo en que le arrojaran otra migaja. Ella metió la mano en la bolsa, pero no halló más migas y le hizo un gesto de no hay más a la amiga interesada. La desvergonzada siguió insistiendo e Inmaculada hizo ademán de darle algo. La suerte quiso que, en ese momento, Inmaculada viera una pulsera en la pata de su amiga.

Eliseo miraba y trataba de leer. No perdía movimiento, por lo que la lectura se le tornó lenta e incomprensible como un jeroglífico. Pero no podía perder detalle, lo que estaba ocurriendo lo sorprendió y lo divirtió. En eso Inmaculada sacó un papel y una birome de su bolsillo de canguro, escribió algo, dobló varias veces el pequeño papel y lo insertó en la pulsera de la paloma, la cual al sentir la presencia de su carga, desplegó las alas, aleteó y levantó vuelo.

Eliseo ya no pudo aguantarse. La curiosidad, la intriga y la novedad lo estaban torturando. Se levantó y caminó hasta Inmaculada con aire de domador de palomas, pasando entre ellas como si toda la vida las hubiera criado.

A veces las preguntas sobran, los momentos de silencio son más importantes. A veces una sola pregunta y una sola respuesta alcanzan para resolver mil dudas. Eliseo miró a los ojos de Inmaculada y como si fuera lo más normal del mundo dirigirse a ella, le preguntó:

─¿Para quién era el mensaje?

─No sé. Para quien quiera leerlo.

─¿Se puede saber qué dice?

─Dice: “Hoy es tu día de suerte”.

Eliseo la miró con cara de no entender, pero su expresión era de un dulce desconcierto. Inmaculada se sintió feliz de que los malentendidos hubieran cedido, ojalá para siempre, y como no quería arruinar ese momento de perfecta comunión, se despidió hasta otro día y bajó la escalera como la otrora reina que se arreglaba de noche, con paso seguro y etéreo, con paso de sueño cumplido.

(C) Meg

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