De vecinas, de virus y de alas – Cap.11 – Retirada

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Las vecinas y la cuarentena. ¿Cuántas cosas cambiaron? La vida se tiene que adaptar para seguir y ellas no fueron la excepción. Pero, a veces, cuando no se logra, algunas cosas se terminan. Los invito a conocerlas un poco más y a disfrutar de los enredos que ellas generan.

Imagen de Internet

Inmaculada y Elisa, las últimas hijas adoptivas de ese grupo de locura improvisada, seguían sin acercarse, como si obrara un repelente. Más ahora que Elisa se había acercado tanto a la Narco. A Inmaculada eso le daba un poco de miedo, abonado, además, por las recomendaciones de su familia que, en San Luis, acumulaba temores por la situación de su hija en la zona roja. Que por qué no te volvés. Que mamá no te das cuenta de que no hay viajes de larga distancia. Que sería posible que te pagues un taxi y te vengas como hizo la hija de Doña Victoria. Los miedos se contagian más que los virus. Se contagian y crecen, sobre todo, con la falta de información. Por eso los noticieros daban tantos datos, para que la gente sintiera que controlaba lo que estaba pasando. Pero, a veces, el efecto era el opuesto, y la familia de Inmaculada, viviendo en una zona prácticamente no contaminada, veían a Buenos Aires con la misma sospecha que si estuvieran en la época de la peste negra. Que no te preocupes, mamá, esto agarra a los más viejos y enfermos. Que no importa, nena, nosotros queremos tenerte acá para cuidarte.

Elisa tenía una fe imposible en la ciencia, estaba segura de que en menos de seis meses se encontraría una vacuna. Eso le valió el mote de “la soñadora”, porque las demás pensaban que las cosas eran más lentas en el mundo real. Tan lentas como la salida de la cuarentena, que ahora se había extendido por tres semanas más. Todas las medidas del gobierno como en cuentagotas, para que la gente tenga algo que esperar. Si hubieran dicho “cuarentena ilimitada” más de uno se hubiera muerto de un bobazo.

Los comerciantes de la zona ya estaban empezando a moverse. Algunos habían levantado sus cortinas para vender al paso, sin entrar al local. Otros, iban cambiando poco a poco de rubro, porque se habían dado cuenta de que nadie compraría una guitarra o un piano, pero todos necesitaban comprar leche, queso y huevos. Era trágico ver en la misma vidriera un piano eléctrico junto a un pack de leches en envase larga vida. Era la muerte de muchos sueños, el triunfo de la necesidad por encima de las ilusiones. Faltarían algunos meses para que entre los sobrevivientes se pusieran a darle respiración artificial a esa economía en terapia intensiva.

Los más privilegiados mantenían su trabajo a distancia, no sin sentir que debían esforzarse el doble para sostener con sacrificio, entre niños, perros, gatos y sartenes, tareas a través de la red que, antes, hacían en la comodidad de la oficina. Pero ningún esfuerzo era peor que no tener trabajo y nada de eso tenía sentido en la pensión, donde la rueda de la vida giraba sin conexión a Internet.

Y como no se podía pagar la conexión, el amor sufrió los efectos de la incomunicación. Por eso, la relación entre Eliseo y su novia se fue apagando como un fueguito cubierto por arena. Ella se lo notificó con un método infalible: lo llamó a la pensión una mañana de mayo y le dijo que la cosa no iba más, que después de la pandemia, otra sería la cosa, pero que, ahora, no daba, que ella se sentía muy sola y él no la llamaba, que era más lo que sufría esperando un whatsapp que si supiera que no la iba a llamar y que debían cortar por lo sano y evitarse tanto sufrimiento. De nada sirvió que él le prometiera que buscaría la forma de pagar la cuenta de su celular. Que ahora estaba usando el teléfono de la pensión, pero que pronto, todo pasaría y volverían a la normalidad. Pero que no, que hay gente que es práctica, él debería saberlo, y las cosas que se prolongaban con excusas y promesas infundadas no sobrevivían y arruinaban lo bueno, que por eso debían cortar, que mejor verse como si fuera la primera vez, más adelante, y así se evitaban reproches y culpas.

La relación no era ni tan fuerte ni tan sólida como para exigir eso de las buenas y las malas, sin embargo, a veces nos aferramos a alguien para sobrellevar una situación. Por eso el cimbronazo fue muy fuerte para Eliseo, tanto que Elisa fue a buscar ayuda con la Bruja Canela. La mujer lo tenía bajo sospecha, le había observado algunos detalles que le llamaban la atención, como el tono de voz de cantante de spirituals y las manos y pies muy grandes. A la vez que le tiraba las cartas para Elisa, las tiraba para ella misma, ya que quería averiguar más de esa rara pieza del rompecabezas de la pensión. Ya lo había hecho con otras, de algunas sabía más que ellas mismas, porque quien tiene información, tiene un tesoro y nunca se sabía cuándo sería útil. No es que fuera a chantajearlas por nada, solo que, una intervención oportuna, con tacto, siempre abría puertas y ella necesitaba muchas puertas abiertas para sus predicciones de morondanga.

La tirada de cartas le abrió los ojos a Elisa a lo que la Bruja llamó “una apertura del mundo astral a nuevos horizontes”. Como ocurre con los mensajes polisémicos, él pensó en varias cosas que se podían aplicar al caso: su vida amorosa, su trabajo, sus ilusiones, cosas que aún no había pensado. Elegir un solo destino para esa “apertura astral” no le era posible, si las cartas no podían diferenciar, él tampoco lo haría. Pero ahí adentro, en el pecho, un puño de angustia lo oprimía cada vez más y ya no aguantó y se vertió en lágrimas, las primeras desde que se cayó de la bicicleta, a los 8 años.

En ese trance lo encontró la Narco. Ella no leía la borra ni las cartas, pero sabía leer los ojos y diferenciar una conjuntivitis de un lagrimeo lastimero. Por eso lo invitó a su pieza y le preparó un té con unos yuyos especiales para reconfortar el cuerpo y suspirar las penas.

Una catarata de sollozos se abrió paso en ese momento. El ataque de hipo de Elisa no tenía parangón con ese torrentoso convulsionar de sapo atragantado. La enfermera le dio unas palmadas y le arrojó una flecha, que los problemas del corazón se curan con el tiempo y a veces mejor perderlos que encontrarlos, que en épocas de pandemia florecen virus en lugar de flores y una sarta de pavadas más que se le fueron ocurriendo a medida que la catarata aflojaba los mocos.

Elisa salió de la pieza con la panza calentita por el té, pero la garganta atorada por lo que no podía contar y no tuvo mejor idea que ir a su pieza a servirse un trago de ron, lo único que tenía a mano para destapar. Si no hubiera sido que lo venció el sueño, esa vez hubiera desembuchado todo lo que ocultaba. Pero eso no ocurrió, porque ya eran las nueve de la noche y el alcohol lo agarró con el estómago vacío.

Inmaculada vio a Eliseo salir de la pieza de la Narco y de inmediato se acercó a hablar con ella. Con varios rodeos mal disimulados, logró sacarle que Elisa estaba pasando un mal momento. El motivo no lo sabía, eso sí, esa chica era muy discreta, porque era capaz de convertirse en sapo antes que abrir la boca. Y si ella quería hacerle un favor, debía dejarla tranquila, que no entendía por qué tanta persecución, si la otra no quería ser su amiga, que no lo fueran, que si no le faltaban amigas a ella, que si hubiera sido un hombre ya la habría mandado al carajo, ¿dónde se ha visto que la amistad nazca de un chocolate? ¿dónde se ha visto que una mujer persiga a otra? Que, si ese era el caso, ella no tenía problema, porque en la sanidad se ven muchas cosas: homo, trans y travestis y nada resulta raro, pero que no fuera tan obvia, porque las otras mujeres le iban a tomar ojeriza, porque el amor entre mujeres, en una pensión de mujeres, es algo que a Rosa le iba a dar un ataque, seguro.

Inmaculada salió con la cola entre las patas. Tenía un candado en su boca y se había tragado la llave. ¿Cómo podía ser que la confundieran de esa forma? Tendría que ser más cuidadosa, más disimulada. Por el momento, iba a detenerse. No quería que la señalaran ni que cuchichearan. Y sabía que la Narco era bastante boca floja. Pero se ve que la apreciaba, porque dijo que no contaría nada, y es que ¡no sabía nada! Pero igual, se detendría y haría de cuentas de que Elisa no existía. Ya encontraría algo para entretener su mente en los momentos en que su imaginación reclamaba atención. Tampoco era una desesperada, ¿o sí? Que no, que solo era una fantasía que la estaba llevando de las narices y que las fantasías se disipan con la realidad. Y su realidad era que Eliseo-Elisa no estaba interesada en ella y ella no era quién para imponer su voluntad.

(C) Meg

2 comentarios sobre “De vecinas, de virus y de alas – Cap.11 – Retirada

    Doctor Krapp escribió:
    24 julio, 2022 en 7:53 pm

    Buena descripción de aquellos momentos de incertidumbre con tus alocadas vecinas. En mi caso tengo la certidumbre de que llevo varios días con el dichoso virus encima y que solo me queda esperar como ellas. Ahora ya mejor.

    Un abrazo

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      mireugen respondido:
      24 julio, 2022 en 8:09 pm

      Hola, Dr. Krapp. Espero que te mejores muy pronto. Un abrazo

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