De vecinas, de virus y de alas – Cap. 10 – Cuarentena del corazón

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¡Hola, amigos! Llegamos a este capítulo 10 y, si vienen acompañando la historia, habrán visto que lo que le pasa a estas vecinas, le pasa o le ha pasado a mucha gente. En épocas extraordinarias hay que recurrir a soluciones extraordinarias y no vale el pensar solo en uno mismo, porque todos están inmersos en los mismos problemas. Los dejo aquí con las vecinas que parece que no se deciden si sí o si no ser solidarias…

Imagen de Internet

La mañana se abrió paso entre las rendijas del techo corredizo y una luz amarilla y oblicua dotó de vida a las plantas del patio de la pensión. No solo los potus despertaron, la madrugadora Lucía, Cuídese Mucho, no podía estarse en cama más de las seis, como era su costumbre para ir a trabajar. Que hacer “fiaca”, como dicen por acá, no está bien, que le daría mucha pena desperdiciar la luz del día y que el día se hizo para trabajar.

Al atravesar el patio de baldosas, Cuídese Mucho notó que la puerta de la habitación de la Narco, de costumbre entornada, estaba cerrada con llave. Una alarma se encendió en la mente de Lucía. ¿A dónde habría ido? ¿Se habría enfermado? ¿Cómo no escuchó nada? Si hubiera entrado algún servicio médico, tendría que haber pasado junto a su puerta. ¿Tan pesado había sido su sueño?

A medida que avanzó la mañana, fue interrogando a las otras y esparciendo el virus de la curiosidad y el temor. Pero esa no sería la noticia del día, un día aletargado e interminable como los últimos de cuarentena. Tendría que esperar a mediodía para enterarse de la noticia que sacudiría los mismos cimientos de la pensión. A la una y veinte del mediodía, Chela, la Narco, atravesó la puerta de entrada de la casa luciendo su delantal de asistente geriátrica.

Las que la vieron entrar enseguida se acercaron a ella incumpliendo el metro de distancia de rigor. Cual enjambre desquiciado, comenzó el interrogatorio. Que de dónde venía y por qué traía esa vestimenta, que no se daba cuenta del susto que las había hecho pasar, que no estaba cumpliendo con la distancia social, que era una desconsiderada, que podía traer el virus en un botón del delantal. La interpelada dio sus explicaciones, no sin recordarles que ella era libre como el viento y hacía lo que se le daba la gana. Pero que como, al fin y al cabo, eran casi amigas les iba a contar. Que, como estaban las cosas en este mundo vuelto loco, tenía la necesidad de hacer algo, no solo ver lo que pasaba por televisión, y que en el geriátrico necesitaban ayuda y ella podía dársela, que para eso había estudiado y que no se quedaría de brazos cruzados esperando que la sorprendiera el “bicho”. Los viejos internados en el geriátrico estaban muy alterados, sobre todo porque durante la cuarentena no podían recibir la visita de su familia, por precaución, y a la falta de mimos en persona, se agregaba la falta de atención médica, ya que la asistencia a domicilio demoraba más de la cuenta, porque le daban prioridad a los que presentaban síntomas parecidos al virus volador.

La explicación dejó conformes a las vecinas, en principio. Quedó conforme su necesidad de saber, su curiosidad. Pero luego se formaron dos grupos antagónicos: las “no” y las “sí”. En ambos se discutía el sacrificio de la Narco, su dedicación, su altruismo y también su imprudencia. Se estaba arriesgando demasiado, decían algunas. Se estaba metiendo en la boca del lobo. ¿No había escuchado en los noticieros que varios geriátricos habían tenido muchos contagios y los habían tenido que cerrar? ¿Y no estaba arriesgándolas también a ellas? Cualquier día podía venir con el virus de la mano y dejarlo vagar en el patio, contagiándolas a todas. ¿Qué sería de ellas si se contagiaban? ¿Alguien las cuidaría? ¿Alguien se arriesgaría por ellas? ¿Quién en el mundo se acordaría de esas mujeres que no tienen a nadie en la faz de la Tierra? ¿Quién las mimaría? ¿Quién las confortaría en su desesperación?

Las “no” y las “sí” se siguieron reuniendo durante la tarde de ese día y los siguientes. Mientras tanto, la Narco se hacía la desentendida y caminaba rapidito con la cabeza en alto. No iba a dejar que manejaran su vida y menos por un miedo que ella misma conocía de frente y dominaba, porque nadie mejor que ella sabía de su asma y de sus pulmones de tísica. Y si se tenía que morir, mejor que fuera por buen motivo. Total, ya no tenía familia y mejor estirar la pata de una vez que tener la muerte lenta de una planta.

Pero al tercer día, los dos grupos se pusieron de acuerdo. Habían logrado negociar y el producto de esa negociación había sido un protocolo para la pensión. En este mundo lleno de reglas, las pensionistas no serían la excepción.

La Narco debía someterse a esas nuevas normas, caso contrario, no podría seguir con su actividad o debería dejar la pensión. La dueña, Rosa, también estaba de acuerdo. Ella más que nadie tenía miedo, porque también pensaba que sus inquilinas eran un riesgo para ella y su marido cachuzo, que estaban jubilados y contaban con un seguro de salud muy precario, por no hacer gasto.

Las reglas eran claras. La Narco, cada vez que volviera de su trabajo, debería tocar tres timbres para anunciar su llegada. Eso le daría tiempo a las demás para meterse en sus cuevas por un rato. Luego, la rebelde debería pasar por una sala de desinfección. Para ello quedaría habilitado uno de los baños, allí debía quitarse toda la ropa y los zapatos y otros elementos y lavar todo concienzudamente, como para una cirugía. Luego debía esparcir un desinfectante en aerosol por todos los lugares por donde había pasado al ingresar y, finalmente, debía cambiarse el barbijo y no salir de su cuarto para nada, pero para nada de nada. Las vecinas acompañarían las medidas sanitarias no saliendo al patio hasta que fuera dado el aviso. Por eso, habría una vigía que, cumplidas las tareas preventivas, avisaría a las demás que se levantaba el toque de queda.

La respuesta de la Narco fue contundente. Todas esas medidas ya las estaba tomando y que no se preocuparan, que ella era enfermera y sabía de sanidad mucho más que ellas. Eso sí, el sonido del búho para avisar que había terminado le parecía un poco desubicado, pero era gracioso y también lo aceptaba.

No obstante el acuerdo, la Bety extremó los recaudos comprándose un casco que parecía de astronauta. La Reina Batata se fabricó un velo de odalisca hecho con plástico con pelotitas con cámara de aire, de esas que tientan tanto a apretarlas. La Bruja Canela preguntó a las cartas cada vez que iba a salir al patio. Cuídese Mucho pedía perdón al cielo antes de animarse a salir de su pieza. Inmaculada tomó sus prevenciones, se compró un mameluco de plástico y transitaba por la pensión como si fuera a bajar al fondo del océano. La ayudaba tener unas sandalias de doble plataforma, con las que su atuendo se adaptaba perfectamente a Veinte mil leguas de viaje submarino. Eliseo observaba todos los movimientos, pero no se decidía. Podía salir huyendo, sin embargo, su sentido de la independencia lo tenía atado a esa libertad condicional. No se unió al “si” ni al “no”, todas eran buenas razones, y como muchos indecisos en una votación, no podía expedirse sin sentir que la otra opción también era valedera.

El ambiente estaba tenso. Todas se sentían en peligro y no ayudaba el hecho de que los síntomas del “bicho” malparido se tomaran una semana en aparecer, los muy ladinos. Hubo momentos en que ganó la hipocondría y se vio al servicio de emergencias aparecer varias veces en la vecindad, para retirarse diciendo que no hicieran llamadas innecesarias, porque la historia de Pedro y el lobo era cierta y les pasaría a ellas, de tanto insistir. Pero los médicos estaban acostumbrados a esas demostraciones de pánico, raro sería que no las hubiera, y trataban a las mujeres con la consideración que el miedo se merece.

Fue muy triste ver a la Narco deambulando solitaria por la pensión toda la semana siguiente. Se había convertido en un fantasma, porque tanto las “si” como las “no” la esquivaban y la saludaban cordialmente, pero de muy lejos, como si fuera radioactiva. Ahí fue cuando Eliseo decidió hacer la diferencia y se acercó a la “apestada” para brindarle un poco de consuelo.

No faltaron críticas, ni alabanzas. Como todo. Las “si” y las “no” volvieron a reunirse y algunas cambiaron de bando, para un lado y para el otro. De a poco, se iba derritiendo el frío de las ideas “muy pensadas” y la tensión aflojó un poco. Ahora saludaban de más cerca y hasta le sonreían a la Narco y alguna se animó a compartir el espacio de la cocina, mientras la otra se preparaba una sopa con guantes desinfectados con el alcohol diluido en forma casera.

No hay corazón que resista tanto frío. Sobre todo, el frío que se instala adentro cuando falta el otro que acompaña y completa el sentido. No es cuestión de inconciencia, es cuestión de humanidad. No somos nada sin los demás, eso lo sabían bien ellas, quienes tanta soledad habían pasado en sus vidas. Además, todas sabían que en algún momento el virus llegaría y no tocaría a la puerta para entrar.

La amistad es algo que nace con alguna complicidad. En este caso, Elisa y la Narco tuvieron ese sentimiento y la primera no dejaba de pasar por la pieza de la segunda para preguntarle si necesitaba algo y la segunda se acordaba siempre de traerle un alcohol en gel y una medialuna de goma para pasar la tarde.

(C) Meg

2 comentarios sobre “De vecinas, de virus y de alas – Cap. 10 – Cuarentena del corazón

    Doctor Krapp escribió:
    19 julio, 2022 en 9:45 am

    Suerte para las chicas y en especial para ese Narco expuesta a todas las miradas y a todas las desdichas.

    Un abrazo

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      mireugen respondido:
      19 julio, 2022 en 11:29 pm

      Muchas gracias, Dr. Krapp!!! Me alegra que te guste! Un abrazo

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