De vecinas, de virus y de alas – Cap. 9 – Buscavidas

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¡Hola, amigos! Seguimos conociendo a los personajes de este vecindario tan especial. No solo se metió un hombre en una pensión de mujeres, también se vieron afectados por la pandemia. Unas y otro se las ven en figurillas para sobrevivir, tendrán que pensar cómo van a lograr sobrevivir, pero a veces la solidaridad puede más que los virus.

Imagen de Internet

En la terraza solo había palomas. Ninguna de las mujeres se acercaba allí, porque no había barandas, la ropa la colgaban en los tendederos para tener la ropa a la vista y porque, en una pensión siempre hay tiempo para el chisme, pero faltan horas para la contemplación del paisaje. Eliseo tampoco iba a apreciar la vista. Sin embargo, se sentó en una esquina y se quedó mirando hacia el Sur que ofrecía más verdor que las otras direcciones. Y pensó que el verde era un color que llamaba a la vida, y eso le ayudaría, sin dudas.

La mirada lo es todo. Y Eliseo miraba hacia la casa de su novia. Miraba con nostalgia, con frustración, con la bronca de esa situación llovida del cielo con rayos, truenos y piedras. Sin comerla ni beberla se tenía que someter a ese encierro, con esa corte de mujeres enloquecidas, sin poder vivir su, de por sí, media vida que se había inventado para sobrevivir.

Los teléfonos celulares eran un paliativo. Pero a él no le gustaba hablar, y menos mostrarse en vídeo, así que, en realidad, la tecnología se le había vuelto en contra. Su novia se esforzaba en contarle los más mínimos detalles de su propio encierro con largas retahílas animadas por una aplicación novedosa que le ponía estrellitas en todo su cuerpo, a lo que él respondía con un taciturno y misterioso “qué bien” o un esforzado “ah” o un poco interesante “me alegro”. Su relación no duraría demasiado con esos intercambios, y eso le agregaba más ansiedad a la que ya sentía.

Pero su corazón debería aguantar unas semanas de aislamiento y sin chistar, porque el que no aguantaba era su bolsillo. Así que se estrujó la mente para idear una salida. Necesitaba trabajar de lo que fuera. Como allá afuera el aislamiento era total, solo le quedaba ofrecerse a trabajar de la puerta de calle para adentro. Entonces inició un recuento de sus vecinas y las cosas que les podían hacer falta. Ya se sabe que donde hay gente sola se necesita compañía. Y qué mejor si viene con el agregado de un servicio.

Se ofrecería como mandadero para las señoras más viejas que no podían salir. Muchas debían ir a la farmacia o a comprar alimentos. Él no pediría un pago, solo lo que pudieran darle para comer. Si todo andaba bien, vencería la cuarentena de unas semanas y le alcanzaría para pagar el alquiler el próximo fin de mes. Siempre estaba la posibilidad de irse a vivir con sus padres, pero desde que se mudaron, no le había quedado una pieza para él. Tendría que ocupar el comedor y como no tenían sofá, solo le quedaba el piso y unas frazadas. Ese sería el último recurso.

Lo que no previó Eliseo fue que el comercio de favores ya se había iniciado. Inmaculada ayudaba a un par de viejas y Cuídese Mucho también. Inmaculada lo hacía por pura buena voluntad, Cuídese Mucho lo hacía a cambio de ayuda, pero como no se notaba la diferencia, cuando a Inmaculada le daban algo se lo pasaba a su amiga, para que, de esa forma, recibiera un poco más.

Eliseo vio lo que pasaba y habló con Lucía. No le pidió que le dejara parte del negocio, solo le preguntó a quiénes estaba ayudando, para ofrecerle servicios a alguna otra. La respuesta lo dejó temblando, le proponía que hablara con Inmaculada para que le dejara su parte, total a ella no le hacía falta que le pagaran, porque seguía cobrando su sueldo. La idea de entablar una conversación con la loca que lo había perseguido con chocolates le pareció más disparatada que la mujer misma. Si hablaba con ella podría darle motivos para seguir hablando y eso no pasaría de ninguna manera.

Pero Inmaculada se enteró de todas formas, porque Cuídese Mucho, le pidió que la perdonara por haberle ofrecido su trabajo a Elisa. Que, en realidad, no se lo había dado, solo le había mencionado que hablara con ella, pero que Elisa era muy orgullosa y no se atrevería a quitarle la changa y que, tal vez, podían darle lo que ganaba Inmaculada a Elisa sin que ella supiera. Total, podían decirle que ayudara a la Narco, que casi no necesitaba ayuda y como una mano lavaba la otra y las dos lavaban la cara, le darían a Elisa lo que le daba la viejita del fondo a Inmaculada como si se lo diera la Narco y asunto resuelto.

El pase de mano era un poco arriesgado, pero podía funcionar. El asunto era que Elisa no se diera cuenta del juego, porque Inmaculada quedaría al descubierto y ya le había ido bastante mal con su estrategia anterior del gato y el ratón. Cómo hacer para que no se enterara fue asunto de estado mayor esa tarde en que celebraron una reunión secreta y muy seria para elaborar una mentira creíble.

Llegaron a la conclusión de que lo mejor sería no involucrar a la Narco. Que todo lo que ella tenía de inteligente, lo tenía de boca floja y Elisa terminaría enterándose de la treta y se ofendería peor. Debían hacer otra cosa. Inmaculada tendría que buscar una excusa para dejar de ayudar a la viejita y así, le dejaría el camino libre a Elisa, sin culpas, sin mentiras.

Cuando Cuídese Mucho le informó a Elisa que Inmaculada se descomponía en la pieza tan pequeña de la viejita, que le faltaba el aire, que se sofocaba y que parecía que solo se olía a remedio, y que, por ese motivo, no podía seguir haciéndole compañía, Eliseo sintió un alivio. No tendría que hablar con ella, tampoco tendría que ir al refugio de gente sin techo a pedir comida. La idea de sumarse a los “sin techo” se la había dado la Bruja Canela cuando Elisa le pidió que le predijera su futuro porque no podía más de la incertidumbre. A cambio del arreglo de un enchufe de tres patas, había conseguido un consejo que no por despreciar, sino por amor propio, no quería utilizar. Él era un hombre con un oficio, había estudiado, era bueno en lo suyo, lo suficiente como para que lo recomendaran, solo había sufrido un traspié con la persona equivocada y, ahora, estaba pagando un precio demasiado alto. Pero ir a un refugio significaba que no era capaz de sostenerse a sí mismo, que todo lo que había hecho no servía de nada, que era un pobre infeliz que debía mendigar un mendrugo. Antes de llegar a eso, prefería ir a dormir en el piso de la casa de sus padres.

Por eso, cuando empezó a desempeñarse como ayudante de la viejita, sintió una inyección de alegría que se tradujo en que su cuerpo, siempre eléctrico, comenzó a echar chispas a cada paso. Y como la mujer lo mandó a buscar comida, remedios y productos de limpieza, él atravesó el patio como Flash, dejando una estela de fuego en el piso. La viejita se sorprendía de lo rápido que hacía los mandados. Por eso miró varias veces las cosas que le traía. No fuera que en el apuro le metieran gato por liebre y terminara comiendo porotos en lugar de lentejas.

La noticia de que Elisa era un balazo para las compras se corrió como reguero de pólvora. Tanto fue así que Cuídese Mucho estuvo a punto de perder su trabajo precario. Solo lo conservó porque ella era muy buena reconfortando a la gente, con su carácter de miel y su acento de marea suave. Cuídese mucho, le decía a todo el mundo. Y a pesar de que era reiterativa, su voz transmitía confianza y sinceridad.

En las tardes, luego de compartir el mate cocido con Clarita, Eliseo se escapaba a la terraza. Las palomas ya se habían acostumbrado a su presencia y reclamaban migas con gran descaro. Él las alimentaba y se sentaba a mirar hacia el Sur, escuchando de fondo las protestas de Rosa. Que no dejaran las luces prendidas, que ¿quién las iba a pagar este mes? Que no dejaran la heladera abierta, que los bichos se metían por cualquier lado.

Inmaculada tenía cita con un programa parecido al de Utilísima todas las tardes, y por eso no se daba cuenta de que tenía la oportunidad de encontrar a Elisa en el techo. Le interesaban las manualidades, aunque, últimamente, todo era hacer barbijos y preparar alcohol en gel. No se preguntaba cuánto duraría la cuarentena, porque sabía que, si el virus era como la gripe, seguiría por allí por largo tiempo y no se lo podría echar ni con escobazos. Solo le preocupaba no poder ir en las vacaciones a su San Luis natal para ver a su familia.

Mientras los noticieros seguían contando muertos, la Narco había tomado el teléfono para llamar a su antiguo trabajo. Ella había sido asistente en un geriátrico y sabía que se necesitarían más manos. Pese a su mote infundado, ella era una persona de corazón muy grande y sentía que debía hacer algo, aunque en ello le fuera la vida. La sorpresa fue que le dijeron que empezara al día siguiente y que le pidieron que llevara todas las gasas, algodones y toallas que pudiera encontrar a su paso.

Como si fuera un soldado partiendo para la guerra, la Narco salió a la mañana con su delantal de asistente en la cartera. La Bruja Canela la vio alejarse y como no sabía qué pasaba ni podía dejar de saberlo, les preguntó a las cartas y obtuvo la respuesta. Pero, así como supo que su vecina era una luchadora, vio también que se avecinaba una tormenta en el cielo de la pensión.

(C) Meg

2 comentarios sobre “De vecinas, de virus y de alas – Cap. 9 – Buscavidas

    Doctor Krapp escribió:
    11 julio, 2022 en 3:06 pm

    Dedicarse a la logística en tiempos de pandemia fue un asunto muy delicado y no suficientemente valorado. No sé si tú Eliseo tendrá mejor suerte.
    Un abrazo

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      mireugen respondido:
      11 julio, 2022 en 10:55 pm

      Sí, ha sido complicado y no todos tuvieron la miisma suerte. Un abrazo

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