De vecinas, de virus y de alas – Cap. 8 – La cuarentena

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¡Hola, amigos! El mes de julio viene a todo vecinas. Me voy a tomar un descanso, pero no los voy a dejar sin algo que leer. Por ese motivo, los próximos viernes seguirán apareciendo los capítulos de esta novelita. Llegó la cuarentena a la pensión y veremos cómo las vecinas se las apañan para vivir encerradas. Nada que ustedes no sepan o no hayan vivido, pero quizás con algún toque mágico que espero los haga reír. Penurias compartidas son menos penurias, dicen. Veremos qué pasa.

Imagen de Internet

Las primeras veinticuatro horas de cuarentena fueron una especie de fiesta, pero una fiesta sin sentido como una en que los invitados no saben que los están esperando y la sorpresa los deja atónitos, pensando que no sabían que había que llegar con un presente.

La inconciencia, el desconocimiento, la confusa información, que sí, que no, que no sé, las vacaciones inesperadas, el tiempo libre, todo abonó un jolgorio inaudito que se fue haciendo tibio y lánguido conforme pasaban las horas.

En esos momentos se piensa en un plazo. Se planean cosas. Se razona que, en ese tiempo, habrá que ajustar algunos gastos, pero se cree que, con esfuerzo, se llega. Luego se busca qué hacer con las horas, se comienza por un buen descanso, pero eso se logra y luego viene el y ahora qué más. Se piensa terminar tareas inconclusas, aquellas que uno había postergado para un mañana eterno, limpiezas profundas, como debe ser, la pintura de una puerta o de una reja descascarada, un cambio de lugar de los muebles que le da un toque más moderno o el lavado de las ropas del cambio de estación, para luego guardarla con naftalina.

Pasadas esas primeras horas, esos primeros dos o tres días de actividad furiosa, comienza a crecer el hastío de la falta de ideas o de imaginación. Se mira hacia todos lados, se ve la telaraña colgando de la lámpara más alta, se busca la escoba, se la quita, y se pregunta con los brazos en jarra, ¿qué más se puede hacer, ahora? No se puede salir a comprar nada. No se tienen más reservas de pendientes, las plantas tienen suficiente agua, el piso brilla, se pasa el dedo por los muebles y no hay tierra. La habitación está tan limpia y es tan pequeña que se puede dar la vuelta al propio mundo en un minuto. Ya es una jaula.

Allí comienza el verdadero reto. Esas vacaciones no solicitadas enfrentan a cada cual con su imaginación. Los primeros brotes de ese espíritu innovador se vieron cuando algunas de las vecinas comenzaron a desplegar su arte de costura. Barbijos y guantes de tela de sábana salieron de las manos mágicas y comenzaron a apilarse sobre una silla, puestos a disposición de quien los necesitara. Se hablaba mucho de repartirlos por el barrio, pero ninguna se animaba a salir a ofrecerlos, por temor a una policía sanitaria inexistente. Por fin, Bety se arrimó al kiosco de la vuelta y logró un acuerdo para entregarle esa producción casera, porque los chinos se habían consumido toda la producción internacional.

La mayoría de las vecinas no tuvieron la suerte de pensar en esos menesteres, y se instalaron frente al televisor a escuchar los noticieros. Eso duró un día, dos días, tres días, pero, al final, se vieron los resultados en una incipiente psicosis que les impedía siquiera cruzarse por el patio. Miradas de soslayo, parcos saludos, pasos rápidos y tal vez, alguna maldición dicha en silencio.

No importaba que fueran con tapabocas, las que querían atravesar el patio para llegar a la cocina o el baño se preparaban en la puerta de su pieza y, recién al comprobar que no había nadie, salían como si fueran un ratón a cuerda que marcha derechito y a toda máquina. El portazo era parte del impulso, y se escuchaba el sonido del cerrar de la puerta retumbando en toda la casa.

La dueña ni aparecía. Ya no importaba tanto si quedaba algo sucio en la pileta de la cocina. Y nadie se atrevía a importunarla, porque sabían que en cualquier momento tendrían que ir a pedir que les perdonara el alquiler del mes. Algunas eran jubiladas, otras pensionadas, pero también estaban las que trabajaban en negro y, si no trabajaban, no cobraban.

Pero pasadas dos semanas, y con más información, y con más confianza, relajamiento y hastío, las vecinas comenzaron las escaramuzas para cruzar unas palabras en algún rincón. Y como no hay mayor prisión que uno mismo, se las vio abriendo la puerta enrejada y dando rienda suelta a algunas excentricidades.

Inmaculada salía de su pieza para regar las plantas con agua y alcohol. Había escuchado que el virus vive mucho y sobre cualquier superficie y ella no quería privarse de tocar las hojas de los potus, porque eso le daba una sensación de bienestar y contacto con la naturaleza. A los pocos días, los potus se comenzaron a enrular más de la cuenta, la Narco lo notó y le dijo a Inmaculada que las plantas también se emborrachan, que tuviera más cuidado o terminarían todas con síndrome de altamar, vomitando la savia.

Con los días, Inmaculada se unió a Cuídese Mucho, para pedir perdón, esta vez a Dios, por cualquier ofensa que hubieran podido cometer y por la cual estuvieran recibiendo el castigo de esta plaga. Y marchaban en procesión por el patio, incitando a las otras a que las siguieran a metro y medio de distancia y entonando una canción litúrgica bajo el barbijo, que sonaba a canto en una tubería. Pero, así como existió la Inquisición, existe el diablo y cuando mete la cola es para alquilar balcones. Porque que no se podía cantar con los barbijos puestos, que Dios no escucha los cantos solapados, que tampoco es posible cantar sin barbijos, porque el virus tiene alas de murciélago y vuela, que así no tiene sentido seguir, que no.

Pasado el fervor religioso, la Bruja Canela dio la idea de hacer plantines aromáticos. Para ello, alguna de las involucradas debía robar hojas de menta del jardín de un vecino. Arreglado que Bety sería el caco, debido a su paso ágil y su capacidad para mimetizarse con el paisaje, gracias a su jardinero camuflado, la producción en masa de miles de plantines se inició como si de un laboratorio clandestino de “meta” se tratara. Para ello recurrieron a todos los envases de plástico y de lata que tenían y a los que se amontonaban en la vereda de los vecinos, especialmente del kiosco. Las improvisadas macetas fueron a cubrir todo el borde del patio, los descansos de las ventanas, los estantes de la cocina, el botiquín del baño, los peldaños de la escalera, el agujero que había dejado una salida de estufa que ya no estaba y cuanto espacio libre pudiera utilizarse. La cuestión era exorcizar al virus, para que se espante como los pulgones con el aroma de las plantas, que se aturda con el olor, que se desmaye, que se desintegre y que no joda más, que lo parió. Pero el asunto de las plantas aromáticas se terminó en unos pocos días, cuando Rosa perdió la paciencia de jugar a los obstáculos y barrió a todas las que no le dejaban limpiar el piso del patio.

Con espíritu combativo, las vecinas la emprendieron después con la preparación de conservas de menta y alcanfor para airear el lugar común, ya que la menta sola no podía tener tantas propiedades y el alcanfor fue siempre un recurso contra las pestes desde tiempos inmemoriales en que los médicos andaban con pico largo y túnica.

Tras disiparse la nube de aromas que dificultaba la respiración de la asmática Narco, la Reina Batata, sacó de su cajón un par de agujas y algunos restos de lana y se ofreció a dar cursillos de crochet, a las cinco de la tarde, para preparar barbijos. Para ello, dispuso algunas sillas en el patio, a una distancia prudente, una de la otra, por lo que tuvo que improvisar un megáfono con una radiografía vieja, para que sus instrucciones se escucharan hasta la última fila.

Inmaculada, Lucía, Canela y Bety, quien dominaba el arte, pero qué importaba a esas alturas, se apuntaron a las clases, en primera fila, como buenas alumnas, pero como no lograban cerrar lo suficiente el punto vareta para que no pasara el virus malparido, terminaron desistiendo. Además, ya habían recibido un ultimátum de Rosa, quien no podía embocar las piezas del rompecabezas chino debido al estruendo de la voz de la Narco cuando hacía el eco de una vuelta y una lazada porque la voz de la Reina Batata no se alcanzaba a oír, pese al artilugio de sonido.

Agotada momentáneamente la provisión de actividades, las vecinas se llamaron a cuarteles de invierno y dieron rienda suelta a las siestas y las telenovelas turcas en las que abundaban las niñas perdidas y las madres desencontradas. Pero que nunca se vio que en un harén las odaliscas se pescaran algún virus con esos tules transparentes con que se cubrían las caras.

Los noticieros seguían dándole a la matraca de las muertes. Más de un canal llevaba un contador de muertos que se actualizaba en línea y se podía ver en colores irónicamente vivos los estragos del mal llamado bicho, por los amigos. Si parecía un hormiguero por la cantidad de puntitos repartidos en la Argentina. Como siempre, la capital y sus alrededores se llevaban las palmas. Casi una película de marabunta a disposición de niños y ancianos, para su tranquilidad y beneplácito. Que por más que pongan un cartel diciendo que no es información apta para niños y mayores, ¿para qué la pasan en horario de protección al menor?

La Narco había sido enfermera. Ella se suponía que estaba curtida en esos menesteres de los contagios, pero también era la que sufría de un asma persistente que la hacía toser como perro. Ella miraba el canal del tiempo, trataba de no pensar en las muertes ni en la tasa de contagios. Sabía que en algún momento le llegaría su hora. Era una candidata ideal para el asesino invisible, pero no le iba a dar el gusto de angustiarse más de la cuenta y como desafiándolo, se prendía un pucho antes de irse a dormir.

Eliseo optó por alejarse de la locura del patio. Esas mujeres con su cotorreo lo ponían frenético. Si hasta ese momento se le había hecho duro soportar el vecindario, ahora, con los ánimos exaltados de todas, se le estaba haciendo una tortura. Si hasta había tenido que trabajar gratis, para solucionar problemas eléctricos, tratando de que cada una tuviera a su disposición el televisor, así no andaban deambulando, buscando consuelo. Eliseo también se sentía solo, pero en los hombres, la soledad parece sobrellevarse mejor, es como si fuera un símbolo de carácter, algunos se lo toman como una demostración de fortaleza. Eliseo no llegaba a tanto, le estaba haciendo mella el aislamiento. Pero lo que más le preocupaba era no tener la fuerza de espíritu para enfrentarse a los ojos lacrimosos de sus vecinas. El miedo, aunque no se exprese, se nota en los ojos. Y Bety, debido a la ayuda que había recibido de él, lo seguía como perrito faldero, con ojos acuosos de noche de narices frías. Si hasta podía imaginar la forma de su boca, tras el barbijo, una mueca de súplica porque alguien se dignara a darle un poco de atención.

Eliseo quiso huir de todo eso y enfiló hacia la terraza. Camino a la escalera, se cruzó con Inmaculada y siguió en puntas de pie, para no ser detectado. La perseguidora no se dio cuenta de que iban tras sus pasos y tampoco fue consciente cuando dijo en voz baja, pero audible, que tenía mucho miedo y que ojalá todo terminara pronto porque la gente que estaba pagando el pato no se lo merecía e iban a terminar volviéndose locos si sobrevivían al hambre.

2 comentarios sobre “De vecinas, de virus y de alas – Cap. 8 – La cuarentena

    Doctor Krapp escribió:
    4 julio, 2022 en 3:28 pm

    Algo que todos hemos vivido y que visto desde la distancia a dos años y pico vista casi parece irreal, casi mágico por decir algo. Y sobre todo esa sensación unos meses más tarde cuando todos salimos de nuestros habitáculos hambrientos del mundo exterior. Lo has descrito muy bien.
    Un abrazo y feliz descanso.

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      mireugen respondido:
      4 julio, 2022 en 9:22 pm

      Gracias, Dr Krapp. La verdad es que lo escribí en el mismo momento en que lo estábamos viviendo, cuando la sensación de encierro era mayor.
      Un abrazo y felices vacaciones!

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