De vecinas, de virus y de alas – Cap. 7 – El sueño

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¡Hola, amigos! Otra entrega de esta novela de a ratos costumbrista, de a ratos mágica. Las vecinas no paran de hacer de las suyas y la protagonista no escapa a ello. Y como soñar es vivir también, ella vive un sueño que la deja con más interrogantes que respuestas.

Imagen de Internet

Inmaculada se metió en su pieza con tal descalabro de ideas que ni se acordó de que tenía hambre. No había desayunado por el despiplume de la frazada, y con la sesión de borra del té había pasado más de una hora recibiendo alimento espiritual. Ahora estaba desconcertada y con ruidos cavernosos en su estómago, pero no podía pensar en preparar un desayuno, porque su mente estaba confusa, al punto de no poder pensar. Miró a su mesa de noche y encontró un paquete de galletitas. Eran tres. Las comió con actitud de termita y tras la decepción de la escasez se acurrucó abrazando la almohada que olía a su desodorante.

Se quedó dormida producto del agotamiento psíquico. Y a los pocos minutos de atravesar la barrera alfa, un sueño tumultuoso se abrió camino en su cabeza. Hay gente que sueña, pero no recuerda nada al despertar. Ella era de esas personas. Sin embargo, este fue un sueño tan vívido que casi la hace ponerse en acción como si fuera sonámbula.

Inmaculada vio una pieza en el fondo de la pensión con la puerta abierta y la luz encendida. Unas cortinas de tiras de tela de colores hacían que la luz que salía se tiñera, dándole al lugar un clima cálido y atrayente. Del interior salía una música tranquila, sugestiva, que acariciaba los sentidos. Dio unos pasos y, antes de traspasar el umbral, Elisa se asomó a la puerta sacando la cabeza por entre medio de las cortinas. Traía una bata de toalla de color rojo y llevaba una peluca de cabello largo y negro. Traía los labios pintados, pero tenía bigote y barba. De pronto, Inmaculada sintió que se movía el suelo que pisaba, temblaba como si alguien lo estuviera levantando con ella encima. Y como si no existiera la gravedad, todo se daba vuelta, quedando con los pies hacia arriba como astronauta. Seguía pegada al piso, pero el piso estaba arriba y ella veía a Elisa en el mismo lugar, sonriendo, solo que en las antípodas. De inmediato trataba de salir hacia el frente de la pensión, buscaba una escalera que le permitiera volver a tener los pies abajo y la cabeza arriba, como Elisa, pero no la encontraba y seguía caminando hasta la puerta de la pensión. Al llegar a la entrada daba un paso hacia la vereda, pero todo seguía al revés. Los árboles, las plantas, un perro que pasaba rascando su lomo, el negocio de la esquina con sus mesas en la puerta. Todo. En ese momento, pensó que no podía ser que todo se hubiera dado vuelta como una media. Y razonó que, tal vez, no era ella sino Elisa la que iba en contra de las leyes usuales de la naturaleza. Eso la inquietó. ¿Quería decir que Elisa y ella no estaban en el mundo con los pies en la tierra? ¿O que nunca se encontrarían en el mismo mundo, bajo las mismas reglas? Ese sentimiento le revolucionó el pecho y quiso salir de ese mundo, quiso escapar, como si hubiera alguna puerta que se abría a otra dimensión donde no existía el arriba y el abajo, el derecho y el revés. Estaba enojada, una bola en medio del pecho le estaba por estallar, quería gritar, quería romper esa barrera espacial, quería cambiar las leyes del Universo. Quería, sobre todo, llegar a esa mujer con salchicha y gozar de las sutilezas femeninas en un cuerpo masculino. Quería, porque así imaginaba que sería, que la comprendiera, que le anticipara los deseos, que la dominara. No quería ser una sumisa, solo veía en esa combinación una suerte de ser omnisapiente que le daría el máximo placer en todo sentido. Pero si no podía tenerla, nada tenía valor. Y hubiera preferido desaparecer del mundo, desvanecerse, no dejar ni siquiera una huella sobre el piso, ni siquiera un residuo de su andar, no quería nada. Y esa nada la hizo salir del trance y despertar con un grito mudo que, por su misma mudez, le produjo ahogo y sofocamiento.

El despertar con tan mala sensación le dejó un dolor de cabeza que le duró todo el día. El malhumor se le instaló con la fuerza de un toro embistiendo y se dedicó a buscar un destinatario para su enojo. Los pulgones que atacaban el limonero en maceta del patio tuvieron que soportar la embestida. Al cabo de tres horas, el árbol quedó limpio y brillante de tanto jabón, hoja por hoja había sido sometido al tratamiento. El líquido del balde yéndose por el inodoro se llevó la plaga, el dolor de cabeza y el recuerdo de la angustia de ese sueño.

Esa noche se unió a las vecinas, quienes habían prendido un televisor y lo habían colocado asomando de una pieza. El cotorreo de los comentarios casi no dejaba entender lo que decía el presentador del noticiero. Pero un cartel luminoso anunciaba que una pandemia se había apoderado del mundo y muchos tenían los días contados. Ser viejo o tener un problema respiratorio o cardíaco se habían convertido en una suerte de pasaporte para un avión que podía despegar en cualquier momento y todos debían llamarse a cuarteles de invierno, para no darle el gusto al microorganismo de comprar el boleto.

Inmaculada escuchó el anuncio, un poco incrédula. Cuesta creer en algo que uno no puede ver. Sobre todo, cuesta creer en algo que te cuentan y que nadie ha notado en los alrededores cercanos. Noticias del otro lado del mundo parecen tan improbables como recorrer la distancia hasta allí a nado. ¿Cómo iba a llegar el virus hasta la Argentina? ¿Se trasladaría en barco o en avión? Pues sí. Justamente se trataba de eso. El presentador seguía agregando información. Se habían comenzado a notar casos entre los viajeros que volvían de vacaciones o de negocios y habían sido puestos en cuarentena porque los síntomas tardaban unos días en manifestarse.

Así y todo, el mundo cotidiano no parecía que tuviera que verse afectado por algo que atacaba a gente que ella no conocía. Cuentos, pensó Inmaculada. Pero ¿cómo puede ser que por unos pocos casos decidan cerrar el país y dejar a toda la gente adentro de sus casas? ¿Cómo iba ella a quedarse allí, sin hacer nada, sin trabajar? ¿Le iban a pagar el sueldo por no hacer nada?

Ese día había tenido franco, al otro día se presentaría en el edificio de Aguas Argentinas y vería qué pasaba en la realidad de las cosas tangibles. Pero no iba a tener necesidad de salir de la pensión, porque el teléfono sonó y una voz algo metálica le anunció que no debía presentarse. Los contratos seguían vigentes, pero, de momento, nadie asistiría al lugar de trabajo a menos que su tarea fuera declarada esencial. Y, de momento, ellos no eran requeridos.

Inmaculada respiró hondo. La llamada la había tranquilizado.

Las vecinas seguían comentando. Algunas entraron en pánico porque trabajaban en negro y era seguro que, si no iban a su trabajo, no recibirían un peso, ni para comer. Inmaculada sintió un vértigo. Se hallaba lejos de su pueblo, de su familia, de sus amigos. Rodeada de mujeres que necesitaban sentirse protegidas tanto como ella. ¿Quién se haría cargo de su situación?

Inmaculada vio a Eliseo acercándose al grupo. Hablaba con la Narco. Le decía al oído que la cosa se iba a poner muy fea y tendrían que pensar en algo, porque el alquiler no se paga solo y la comida no brota de una fuente. La otra asentía con su cabeza y no perdía palabra de lo que decían las demás. Pero en un momento le dijo a Elisa que no se preocupara, porque en épocas de malas, los vicios son los que sostienen el mundo. Esa declaración disparó la imaginación de Inmaculada, quien no pudo evitar pensar que Elisa seguramente podría buscarle la vuelta a algún vicio para sacarle provecho.

Inmaculada terminó la noche pensando que, tal vez, su sueño fuera premonitorio y que la imagen de Elisa, en aquél, solo había sido una máscara de algo malo que iba a ocurrir. Su mente no estaba enloqueciendo ni nada que se le pareciera. Había algo, una intuición, en el fondo. Y ahí estaba su verdadera cara: un virus tan pequeño como pequeña se sentía ella en el mundo.

(C) Meg

2 comentarios sobre “De vecinas, de virus y de alas – Cap. 7 – El sueño

    Doctor Krapp escribió:
    6 junio, 2022 en 4:18 pm

    Bella descripción de un sueño que con modificaciones hemos vivido todos en estos últimos años tan difíciles.
    Un abrazo

    Me gusta

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