Monstruos americanos – Yacumama

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¡Hola, amigos! Vuelven los monstruos de mi tierra, algunos son realmente terroríficos como este que linda entre el fantasma o el mito y la pura verdad. ¿Qué más puedo decir? Desde los cuentos de Horacio Quiroga se puede sentir o imaginar lo que implica vivir en la selva, en ese lugar que guarda misterios y sorpresas en medio del claroscuro de su follaje. Lo que van a leer está inspirado en esas historias. Espero que les guste.

Imagen de Internet

Hay momentos, en la vida de todos, que nos enfrentan con las consecuencias de nuestras acciones. Algunos dirán que es cosa de todos los días, pero esto que me acaba de ocurrir caló tan profundo en mi espíritu que se convirtió en un momento de antes y después. Debo decir que, a partir de estos sucesos, no volví a ser el mismo, ¿qué digo? No sé si soy, solo sé que fui. Nunca le tuve miedo a nada, muy por el contrario, pero, ahora, comencé a creer en cosas que antes no se cruzaban en mis pensamientos más alocados. Si alguien llegara a escucharme, si alguien pudiera oír mis pensamientos, tal vez pudiera ayudarme y rescatarme. Me encomiendo a algún espíritu, no sé dónde estoy, no sé qué será de mí. No sé nada salvo que la oscuridad más absoluta se apoderó de mí.

Todo empezó cuando Jason, mi hermano y compañero de tareas, y yo, Mark, nos internamos en la selva peruana. Buscábamos monos típicos de la zona. Debo aclarar que hemos sido cazadores de bestias salvajes desde que tengo memoria. Es algo que nos viene de familia, mi padre, mi abuelo, mi bisabuelo y su padre, recorrieron con destreza las sabanas y las selvas del África, reuniendo toda clase de trofeos a pedido de turistas y coleccionistas. Jason y yo seguimos sus pasos. En África conocíamos todos los secretos de la jungla y de los animales salvajes. Y lo más importante, conocíamos la forma de evitar los controles de fauna que nos dificultaban cada vez más realizar nuestro trabajo. Pese a que nunca habíamos cazado en la Amazonia, nos aventuramos en la empresa, en parte por la diversión del reto, en parte, porque un amigo nos encargó un espécimen vivo del curioso mono aullador, y además, porque ese amigo nos aseguró que las selvas de estas latitudes no contaban con la supervisión policial suficiente y nos podrían dar una fuente de ingresos por un largo tiempo.

Los preparativos fueron rápidos. Teníamos todo el equipo y toda la experiencia acumulada en nuestras mochilas. Nos trasladamos en un vehículo hasta el final del camino de grava que conducía a un poblado y luego nos dirigiríamos a pie hasta las casas, para pedir algunas señas que nos faltaban. El resto sería una aventura más.

Nos internamos en la espesura. Las matas de plantas y flores exóticas nos envolvieron rápidamente. La selva susurraba, a veces gritaba con histeria. Los guacamayos nos seguían con la vista afilada y las pequeñas alimañas huían al sentir nuestras pisadas sobre el suelo tupido de la alfombra vegetal.

Los monos locales emitían sonidos característicos. Eran sonidos guturales de timbre brillante. No eran ni gruñidos ni llantitos. Estábamos acostumbrados a reconocer el sonido de los chimpancés y gorilas, pero estos de la Amazonia no se parecían en nada. No era un sonido agudo, era más grave, más cavernoso.

Al llegar al paupérrimo poblado, encontramos gente afanada en tareas cotidianas, salvo algunos que se encontraban mirando cómo los demás molían granos o cocían peces en un fogón. Nos acercamos a ellos y preguntamos la ubicación de los cursos de agua y la distancia a otras villas.

Los nativos fueron bastante amigables. Por unas cuantas monedas se ofrecieron a servirnos de guías. Sin embargo, declinamos la ayuda, no solo porque no entendíamos bien su lengua, sino porque nos sentíamos expertos en selvas y en tareas secretas. El guía que nos propuso acompañarnos se rio cuando le dimos la negativa. Sus ojos guardaban algún pensamiento oscuro. Le pregunté si debíamos tener cuidado con algo en particular y nos dijo que no confiáramos en las aguas. Que no nos acercáramos a las “cochas”, esas partes del río de poca profundidad.

No entendí el porqué de tal cuidado, si, justamente, esos serían los lugares más propicios para encontrar a los simios y los más adecuados para refrescarnos y beber, cosa de crucial necesidad debido a los calores reinantes. Pero el hombre no dominaba el idioma o no quería hacerlo, porque siguió dando su explicación en una lengua inentendible. Solo alcancé a escuchar que le repetía a otro una palabra: “yacumama”.

Por precaución y no voy a negar, por desconfianza, pregunté a otro. Cuando pronuncié la palabra “yacumama” abrió los ojos muy grandes y dijo algo sobre el espíritu de la selva y otras palabras sueltas sin mucho sentido.

Jason me obligó a olvidar el tema. El sol estaba llegando al cenit y el calor se hacía muy agobiante. Emprendimos la marcha y nos fuimos internando en la jungla, rodeados de vegetación exótica, como visitantes de un mundo inexplorado y misterioso que despedía vapores calientes que brotaban del mismo infierno.

Recorrimos un buen trecho por un sendero. El calor nos sofocaba y buscamos un cauce de agua. Al rato estábamos refrescándonos, llenando las cantimploras y admirando las flores que en esa zona parecían tener fragancias mágicas y formas caprichosas. Estaba lleno de orquídeas, las más bellas flores que nunca hubiera visto.

Luego de saciar la sed, comenzamos a escuchar unos bramidos. Eso era lo que buscábamos. Redoblamos nuestros esfuerzos por no hacer ruido. El sonido venía de un gran árbol cercano a la orilla. El tronco era tan ancho que no podía ser abrazado ni por dos hombres tomados de las manos. Las raíces casi expuestas parecían garras aferradas a la tierra. El árbol gigante parecía albergar una familia de primates, quizás la suerte quería que capturásemos más de uno.

Bromeamos sobre la facilidad de la empresa. No había guardabosques, tampoco nativos que velaran por el contenido precioso de esa selva ingenua.

Leves sonidos en la hojarasca nos hicieron avanzar con los oídos en alerta. Un roce, como un animal curioso se escuchaba desde varias direcciones. Llegamos a un claro, a pocos metros del árbol. El sonido de los monos era inconfundible. Estábamos entusiasmados, ya saboreábamos nuestro hallazgo.

Pero ese otro susurro persistía, parecía rodearnos. Ya era mucho más que sospechoso. Los monos no podrían hacer esos ruidos continuos de pastos doblegándose ante el peso de algo. Sin lograr ver nada, nos detuvimos y preparamos las redes. Íbamos a montar unas trampas. Necesitábamos vivos a los animales y no pensamos en acudir a las armas.

El sonido se hacía más claro, más cercano. El crujir de hojas dio paso a un siseo. Mi hermano y yo nos quedamos en medio de ese pequeño espacio, de espaldas, mirando hacia el Este y el Oeste, sin ver nada, solo con la certeza de un presentimiento.

De pronto se produjo el ataque. Fue vertiginoso. Casi un latigazo. Jason quedó petrificado, no atinó a hacer nada. Yo solo pude huir unos pasos. Salté sobre algo que intentaba abrazarme. Dejé a mi hermano di un par de pasos más, y, de inmediato, me di vuelta para ver el horror.

Juro que lo que vi fue real. Lo juro. En lo más profundo de mi mente no habitó nunca una situación semejante, por lo que mi imaginación no pudo ser la responsable de tal imagen.

Una niebla viva con los movimientos de una gigantesca boa, casi un fantasma oscuro y envolvente se disparó sobre el cuerpo de Jason y se apoderó de él. Lo iba absorbiendo en su densa bruma constrictora y él, poco a poco, fue perdiendo fuerza conforme era engullido. Permanecí allí, sin saber qué hacer, temeroso de que la niebla cambiara su dirección y me atacara. De alguna manera me había afectado, mis ojos solo veían la niebla y no distinguía ya el verde del follaje o los sonidos de la selva. Era como si todo se hubiera detenido en el tiempo, como si la vida estuviera en suspenso y cediera ante la negrura de aquella escena funesta.

Juro que quise auxiliar a Jason. Juro que intenté mover mis piernas y acercarme a donde se encontraba mi arma. Pero la mente envía señales confusas cuando los ojos no distinguen lo que tienen delante. ¿Qué podía hacer un disparo frente a la magnitud de esa espesa cosa etérea y oscura?

Pasaron unos minutos de hielo punzante. Mi piel ya no transpiraba el sudor del trópico sino el sudor frío del miedo. No lograba distinguir ni un ápice del cuerpo de Jason, ni siquiera un sonido de su dolor. Necesitaba permanecer allí hasta que se disipara la duda. A veces nos creemos más allá de los peligros, olvidamos que hay cosas que superan nuestro entendimiento.

Porque la niebla me rodeó en un instante y el hielo de mi cuerpo no llegó a derretirse, solo sentí que se quebraba bajo el abrazo de algo que superaba mi capacidad de previsión. Sin embargo, mis oídos seguían atentos a los sonidos. Se escuchaba un crujir de hojas. Se escuchaba un murmullo. Como si hubiera alrededor una multitud de espectadores llegaron a mis oídos los ecos de voces que repetían:

─Yacumama. Yacumama. Yacumama… ─como una larga letanía.

No sé aún qué significa eso. Solo veo oscuridad. Solo siento una pegajosa humedad que me envuelve por completo. Duele cada centímetro de mi cuerpo, me está faltando el aire. Pero mi mente está viva y sigue preguntándose si yacumama existe o está en mi imaginación. Empiezo a creer que es un fantasma, un secreto de esta selva, que se guarda ya que, de ese secreto, depende la fuerza y el poder de su ataque mortal.

(C) Meg

Nota del escritor:

Yacumama es un vocablo quechua y significa “madre del agua”. Cuenta la leyenda que es una mujer rubia de cabello largo y suelto que peina con un espinazo de pescado. En Santiago del Estero (provincia argentina) se cree que es peligroso bañarse en el río donde ella aparece, y que suele atraer a los jóvenes hacia zonas profundas, de donde no vuelven. Pero yacumama también es el nombre que se le da a una serpiente gigantesca en América del Sur, más exactamente en Perú y Ecuador.

7 comentarios sobre “Monstruos americanos – Yacumama

    Doctor Krapp escribió:
    27 mayo, 2022 en 7:48 pm

    Excelente texto. Me gusta como describes las sensaciones de la selva y como afrontas ese peligro desconocido, extraño , mítico e irreal como la propia niebla, que se despliega encarnado en la misma boa.
    Espero que nuestro narrador haya tenido la posibilidad de salvar el pellejo.
    Un abrazo

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      mireugen respondido:
      27 mayo, 2022 en 8:19 pm

      Muchas gracias, Dr. Krapp! Un texto que me encantó escribir. Si te gustan las historias de la selva, Horacio Quiroga las describe con mano maestra.
      Un abrazo

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    Imágenes que escribo escribió:
    28 mayo, 2022 en 7:29 am

    Excelente relato! Me ha mantenido en vilo durante toda la lectura. Perfecta ambientación que nos ga hecho viajar por la selva y ver y oír todos sus sonidos. Me ha gustado mucho! Felicidades!

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      mireugen respondido:
      28 mayo, 2022 en 11:53 am

      Muchas gracias, imágenes!!! Me alegra mucho.
      Un abrazo

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    Josep Ma Panadés escribió:
    31 mayo, 2022 en 6:40 am

    Me ha encantado esta historia, tanto por su contenido y esencia como por la forma de narrarla, que mantiene al lector en constante suspenso. Aun con un final tan dramático, la verdad es que, de ser cierta esta leyenda, ambos protagonistas recibieron su merecido. La Naturaleza, de un modo u otro, protegió a sus habitantes naturales de esos depredadores humanos que cazan animales indefensos por dinero.
    Un abrazo.

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    davidrubios escribió:
    4 junio, 2022 en 6:37 am

    ¡Hola, Mirna! Un estupendo uso de la primera persona en un relato muy al estilo de Poe, con ese inicio en el que el personaje nos introduce y nos da el tono del relato. Desconocía esta figura mitológica que comparte con otras tantas de distintas culturas esa advertencia hacia el ser humano de que existen fronteras que no deben cruzarse, que hay lugares que nos son vetados a riesgo de nuestras propias vidas. Y, desde luego, la selva es uno de ellos, un lugar en el que estamos absolutamente indefensos. Un abrazo!

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      mireugen respondido:
      4 junio, 2022 en 1:31 pm

      Gracias, David! No me había dado cuenta de que el estilo tenía que ver con Poe. Tal vez lo hubiera reservado para el reto de este mes! Veremos si el que tengo preparado, le hace justicia.
      Un abrazo

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