De vecinas, de virus y de alas – Cap. 6

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¡Hola, amigos! Hoy vuelven las vecinas a hacer de las suyas. ¿Qué pasa en una pensión? Los microrrobos son la moneda corriente. Nadie se salva y nada se salva, hasta un pequeño trozo de queso… Y las reuniones para arreglar problemas de convivencia, a veces son el momento de que algunas cosas salgan a la luz.

Imagen de Internet

Una mañana de esas en que el calor agobia sin compasión, las vecinas se encontraban reunidas, junto al tendedero que estaba al lado de la pileta de lavar, abanicándose con servilletas y trapos rejilla. Una enorme frazada doble obstruía la pileta y la canilla abierta había dejado que el agua se deslizara como en una catarata, inundando parte del patio. El motivo de la reunión era para establecer quién había hecho tal despropósito y, como una cosa lleva a la otra, salieron a relucir los robos de queso, cebollas y otros comestibles de la heladera común y los descuidos con la limpieza de los baños.

La voz de la Reina Batata se alzó sobre las otras y, como buena reina, hizo notar a todas las consecuencias de no cuidar sus propiedades y las de las demás. Que vivían todas juntas, que si no se cuidaban entre ellas, ¿quién lo haría?, que si pudiera pagar un departamento no estaría allí con esa catanga de cotorras y muchas cosas más.

La Bruja Canela echó varias maldiciones y se dio media vuelta ofendida cuando Cuídese Mucho se empacó en su postura de revisar las piezas para saber a quién le faltaba una frazada y le sobraba un queso. Que tal vez había sido la misma que huyó, dijeron varias y la Bruja, sin decir ni pío, cerró de un portazo y dio vuelta el cartelito de su puerta que decía “ABIERTO” dejándolo en “CERRADO”.

El escándalo fue mayúsculo cuando se presentó la dueña de la pensión, Rosa, quien no solo puso a las cluecas en su lugar, también las hizo limpiar los estragos de la catarata casera. Que no, que yo no lo hice, que sí, que todas deben responder por la limpieza. Y como a mandar nadie le ganaba, aprovechó para mandar a una a limpiar los estantes de la heladera y a otra los vidrios de la ventana de su pieza que daban ganas de llorar por la tierra que tenía acumulada, tanta que se podía dibujar sobre ella.

Inmaculada era nueva en estas situaciones, en su casa peleaban por el dentífrico y por la toalla mojada, pero nunca, nunca, había tenido que vivir en un lugar donde los habitantes no cuidaban el aseo de las partes comunes. Claro, en casa de sus padres era ella la encargada de la limpieza y como alguien fuera descuidado llamaba a su padre quien, de un rebencazo al aire, hacía salir corriendo al extraviado a enmendar su distracción.

Las cosas en el campo eran distintas. La gente era más considerada allá, pensaba Inmaculada. Aquí, con ese griterío se podía notar que algunas tenían pretensiones poco realistas. La Reina Batata era una de ellas. Pensaba que no tenía obligación de limpiar nada y como a su paso quedaba un tendal de hojitas de té como huellas de geisha, su amiga la Narco, andaba con una palita y una escoba tras sus pasos. Le vendría bien pasar un poco de hambre. Se notaba que, a pesar de vivir en la pobreza, las demás le rendían pleitesía y la mantenían en el trono.

Mientras tanto, Elisa escuchaba desde la puerta. Tenía una idea clara de quién había sido la culpable de la catarata doméstica. No podía ser otra que la Narco, por el detalle de las iniciales del geriátrico en el borde de la frazada que nadie pareció notar. Pero como no le interesaba ganarse la simpatía ni la antipatía de nadie, se guardó para sí la información. Lo único que le molestaba de todo eso era que por unos días habría mayor vigilancia en la heladera y ella era una de las ratas nocturnas que andaban a la pesca de queso.

La Narco se acercó a la puerta de su pieza y le preguntó por qué no hablaba. Eliseo no contestó. Le gustaba medir a la gente y esa mujer, con su mote, le parecía digna de ser temida. Nadie le contó muchos detalles del asunto que le dio el apodo, pero estaba seguro de que el carácter de la mujer era suficiente para sostenerlo, así que, después de un minuto de silencio la invitó a su pieza para tomar un té.

No importa qué edad tenga una mujer, cuando hay un asunto del corazón de por medio, la mujer que se siente agraviada sospecha. Sospecha hasta de la sombra que proyecta la supuesta usurpadora sobre el bien amado. Eso le pasó a Inmaculada, quien, al ver entrar a la Narco en el cuarto de Elisa casi sufre un infarto. Se le puso la piel blanca como harina y un temblor la hizo perder el equilibrio. Por suerte la atajó Canela, quien, a esas alturas, había vuelto a asomarse para escuchar si seguían con la idea del registro y le dijo que tenía algo para ella. La agarró de una mano y la invitó a sentarse frente al escritorio. Las cartas no iban a servir esta vez. La notaba algo contrariada. Solo un procedimiento más personal, más íntimo, le podría dar una pista. Fue así como sacó la tetera de acero inoxidable y le preparó una infusión con hojas secas. La borra haría su magia y, de esa manera, Inmaculada contó sin abrir la boca que estaba enamorada de una vecina.

Que no, que cómo iba a ser, que nunca, no alcanzaron para negar el hecho. La cara que puso Inmaculada cuando la Bruja Canela le señaló que su sentimiento estaba entreverado con algo que la gente suele ocultar, fue para alquilar balcones. Si no creía en las cartas, menos creía en la borra. Sin embargo, tenía que reconocer que o bien el té o bien la Bruja tenía poderes que ella no comprendía. Como no podía revelar detalles sobre su objeto amoroso por miedo a que lo echaran de la pensión, se comió las palabras e inmediatamente le agarró un ataque de hipo que le dio la excusa perfecta para irse a su pieza. Que no le debía nada por la consulta, que era solo porque la veía medio deprimida, que tuviera más cuidado porque no iba a ser la única en enterarse de que andaba atrás de la Elisa y esas cosas son peligrosas, porque, aunque una sea de mente abierta, moderna, igual no hay que olvidar que donde se come no se caga.

Inmaculada escuchó las últimas palabras cuando estaba pasando por la puerta abierta de Elisa. Y la escurridiza siempre se las arreglaba para mirar para otro lado. Esta vez no tenía chocolates encima, tampoco tenía ganas de despertar más sospechas. Ahora sabía que cualquier paso en falso pondría a las demás sobre aviso y se armaría la de San Quintín.

Rosa, la dueña, había sido muy clara al respecto. Nada de amoríos adentro de la pensión. Era factible que en su mente de otras épocas no cupiera la idea de un entrevero entre las mismas inquilinas. Se refería al ingreso de hombres, pero de igual manera la advertencia funcionaba en la mente de Inmaculada.

(C) Meg

2 comentarios sobre “De vecinas, de virus y de alas – Cap. 6

    Doctor Krapp escribió:
    9 mayo, 2022 en 10:27 am

    He vivido en pensiones y las mejores eran aquellas en que nadie conocía quien vivía o como se vivía en la habitación de al lado, aunque si facilitan historias de enredo como las tuyas es casi seguro que prefiero verlas en un libro o en un blog.
    Gracias por la escritura.
    Un abrazo

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      mireugen respondido:
      9 mayo, 2022 en 11:25 am

      Hola Dr. Krapp, debe haber de todo. Esta pensión que estoy recreando no es un fiel reflejo, pero se acerca a una que conocí.
      Gracias por dejarnos tu experiencia.
      Un abrazo

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