De vecinas, de virus y de alas – Cap. 4 – El descubrimiento

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¡Hola! Aún nos queda mucho por andar con estas vecinas. La verdad es que la guerra me tiene medio para atrás, como decimos por estos pagos. Pero bueno, a lo mejor esta historia que les comparto sirve para distraer un poco las mentes y no caer en el pesimismo. Ojalá les guste. No quiero olvidarme de comentarles que las entregas de esta novelita pasarán a ser mensuales. Espero que eso no los desanime. Tengo muchas cosas para subir al blog, por suerte, y quise darles un poco de espacio.

Imagen retocada

La vida en una pensión se anima poco antes de llegar la noche, cuando las vecinas preparan la merienda tardía o anticipan la cena para no tener que limpiar la cocina siendo las últimas. En medio del parloteo de tiempo libre, se escuchan protestas porque alguna dejó leche derramada sobre las hornallas o porque otra se olvidó la luz prendida. Hay una camaradería implícita en compartir zonas de la casa, pero siempre alguien se toma el brazo en lugar de la mano. Por ese motivo, hay cartelitos por todas partes, escritos por la dueña, con su letra de primaria, grande y redonda. Ella fue dejando recordatorios por todos lados para que sus inquilinas no se olviden de las buenas maneras. Que lave los platos y seque la mesada, que tire la bolsa de residuos todos los días, que no salpique los azulejos, que recuerde cerrar la puerta con llave. Y, como siempre hay una despistada o una avivada, las que cumplen con las normas mínimas de convivencia les sacan el cuero a las otras, las “colgadas” que se piensan que tienen sirvienta.

El patio bullía ese verano. Y la aparición de la Bruja Canela, hizo que alguna se retirara pidiendo disculpas infundadas. Sin embargo, la que siempre pide perdón se le acercó despacito para hablarle al oído. Lo que le dijo fue un secreto para las otras, pero no para Inmaculada, a quien llamaron aparte y le dieron un turno en la pieza de adelante para una tirada de cartas.

Dicen que es cuestión de creer o reventar. Inmaculada no creía, por eso iba a reventar un buen día por falta de novio, eso le dijo la Bruja, quien tenía en su haber una larga lista de amantes siempre dispuestos a complacerla. Los sapos no se convierten en hombres al besarlos, eso desde ya debía dejarlo de lado. Y si no asumía un papel un poco más activo en la búsqueda se iba a quedar sola y medio loca como esas viejas que parecían haber echado raíces en la pensión.

El sacudón que sintió Inmaculada fue digno de un terremoto serrano. De pronto vio la película completa de su vida terminando como un mal thriller en el que se sabe quién fue el asesino desde el principio. Como a ella le gustaban mucho las películas, trató de imaginar cuál de las heroínas le calzaba mejor a su forma de ser y decidió que más que por una heroína de una novela romántica, ella se inclinaba por el dibujo de la gata y el zorrillo francés, solo que, en su película privada, la gata perseguiría al zorrillo.

El asunto fue que las cartas no le solucionaron el problema principal. Y ese era quién sería el destinatario de su nueva actitud frente al amor. Poca cosa si se piensa que lo más difícil de una relación es ponerle ganas y empeño. Pero, como con el apoyo se gana confianza, Inmaculada se dijo que pronto aparecería alguien y ella estaría preparada.

Que no, que sí, que sí, que no, Inmaculada recorrió todos los comercios del barrio, pero no halló a quien mereciera la pena. Uno por muy flaco, otro por muy gordo, otro porque tenía la sonrisa torcida o la mano muy velluda. Después de cada recorrida iba derechito a la pieza de la Bruja y le contaba los pormenores de su estudio de mercado. La consultada no entendía cómo podía haber tantos pruritos en una chica tan joven. Sin embargo, cuando Inmaculada le contó cómo era de desapegado y “cocorito” su exnovio, entendió que no solo debía encontrar a un hombre, también necesitaba encontrar al opuesto del que le rompió el corazón, necesitaba a un soñador.

En la pensión, algunas se preguntaban por qué esa chica tan linda andaba siempre sola. Por un tiempo se corrió el rumor de que no le gustaban los hombres, porque, una vez, le dijeron que mirara a un musculoso que pasaba y ella se negó a suspirar por ese saco de esteroides que se contoneaba como un pavo.

Los comentarios llegaron hasta Elisa, porque, a pesar de ir siempre callada sin meterse con nadie, dijo que el músculo más importante no es el que se ve. Qué quiso decir fue tema de una larga charla entre “la Narco” y “la Reina Batata”, quienes no se ponían de acuerdo sobre qué músculo se trataba la reflexión, si el de arriba o el de abajo. Y pasaron toda la tarde tratando de preparar un rumor para echar a correr a la mañana siguiente que, por supuesto, habrían de esparcir en los dos sentidos, por las dudas y también para movilizar la modorra de ese verano sofocante con alguna controversia.

Por suerte para Inmaculada, el rumor de su supuesta aversión a los hombres duró poco. Cuando las vecinas vieron que se convertía en reina por la noche, luciendo su kimono y maquillándose para la foto, le perdonaron lo del musculoso. En cambio, comenzaron a decir que, en realidad, los hombres le huían a la chica, porque ¿qué hombre se banca a una Mata Hari de campo? Y ¿con esas uñas piensa atrapar a un hombre o a un oso?

Inmaculada y Elisa no se veían muy seguido en el patio. Cuando se cruzaban se saludaban apenas y siempre con un educado buenos días, buenas tardes, buenas noches, porque Inmaculada andaba siempre con Cuídese Mucho, que no toleraba a Elisa desde que le despreció su comida.

Inmaculada no tenía problemas con la recién llegada, sin embargo, le daba pena dejar sola a Cuídese Mucho quien, además, le convidaba de sus guisos aguados. Al principio era un triunfo hablar con ella, la pobre padecía de un serio problema para hablar quizás, de tanto no tener con quién, se había olvidado cómo hacerlo. Pero después de ganar confianza, podía contar detalles de sus viajes en tren y colectivo o de los nuevos sistemas de seguridad de los lugares donde trabajaba. Eso sí, de su vida anterior a la pensión nunca dijo ni mu. Era ella sola contra el mundo. Sin historia, todo presente, toda incógnita, pero por las dudas, ella pedía perdón.

Elisa andaba siempre sola, aunque a veces cruzaba una que otra palabra con Bety. A ella le hizo llegar el cable, colgándola de la instalación de un vecino, porque con su trabajo de artesana en la plaza no le alcanzaba más que para el alquiler. Desde ese momento, Bety fue amiga incondicional de Elisa y cuando hacía sopa paraguaya le convidaba. Al masacote le faltaba sal, queso, huevo y otras yerbas, pero Eliseo la aceptaba con gusto, porque él no sabía cocinar y no era quién para criticar.

Una tarde de chicharras y denso aire cálido, Inmaculada pasó por la pieza de Elisa. Se había acercado a escondidas de Cuídese Mucho, porque le pareció que podía ganar una amiga que tal vez hablara más o le contara otras anécdotas. A pocos metros de la ventana comenzó a escuchar unos gemidos y temió que la mujer estuviera en problemas. Siguió acercándose sin hacer ruido, para no despertar a las vecinas que dormían la siesta y con delicadeza corrió un poco la cortina que tapaba la ventana.

Lo que vio la dejó perpleja, tanto que, se sintió de piedra y con pajaritos apoyados sobre la cabeza. Dos mujeres revolcándose en una cama no era algo para lo que hubiera estado preparada. No, en ese contexto. Cerrando la cortina lo suficiente para seguir espiando sin ser vista, logró divisar algo que la convulsionó aún más, por dentro. No eran dos mujeres, una tenía su salchicha bien puesta y con ella lograba sacar sonidos variopintos de la boca de la otra quien, por más que se esforzara en no hacer mucha bulla, parecía una calandria en época de apareamiento.

El asunto era quién era quién. Allí tuvo que aguzar su vista lo suficiente para acomodarse a la penumbra y diferenciar por los perfiles si el hombre era Elisa o su invitada. Esa tarea le fue facilitada por una sorpresiva interrupción del juego amoroso que aparentemente había llegado a su cenit y la confirmación de que Elisa, o como fuera que se llamara, había girado la cabeza hacia el hilo de luz que entraba por la ventana. Sus miradas se cruzaron por un segundo, lo suficiente para que Inmaculada se persignara compulsivamente y saliera huyendo para su pieza y que Elisa desmontara y se asomara para reconocer a su espía.

Inmaculada llegó a su pieza y se tiró sobre la cama como si ésta pudiera engullirla. Repasó la escena por un momento. Luego pensó qué iba a hacer. No sabía si debía hacer algo o si debía actuar como si nada hubiera pasado. Por un lado, se sentía engañada, como si sus sentidos no hubieran cumplido un compromiso tácito con la verdad. Además, ese hombre podría ser un peligro. Que ¿quién sabía si en algún momento podía intentar algo con alguna de las vecinas? Por otro lado, se sentía excitada, porque la escena había sido de lo más incandescente. Nada que ver con los videítos que se había filmado con su novio. Se parecía más a una película porno.

Eliseo pensó con rapidez. No entró en pánico. Solo que en un minuto despachó a su novia quien, tras una breve explicación de motivos, partió con los restos del amor aún en su ropa íntima y los ojos más despistados que nunca. Elisa la acompañó hasta la puerta y luego se quedó en el patio fumando un cigarrillo. Si aparecía la fisgona vería qué hacía. No era cuestión de que su camuflaje fuera puesto al descubierto. De ello dependía su vida, su trabajo, sus planes, toda su vida.

Ninguno de los dos imaginó lo que iba a pasar a partir de ese momento.

Ese día no se volvieron a ver. Al día siguiente, la cosa cambió de rumbo. Inmaculada le pidió a Cuídese Mucho que le hablara a la Bruja Canela para que le tirara las cartas. Que no creía mucho, pero que en algo la tranquilizaban. Y ese mismo día se enfrentó a un ejército de corazones que le dijeron que su amor estaba muy cerca, pero, también, le salieron unas espadas como símbolo de que debía luchar por el amor. Las últimas palabras de la pitonisa fueron un poco ambiguas: “a veces el amor se disfraza”. Esas palabras resonaron en la cabeza de Inmaculada toda la noche y no pudo pegar un ojo ni soñar con sus sierras.

Los siguientes dos días, Inmaculada se vistió con sus mejores ropas para llamar la atención de Elisa. Se contoneó por el patio con sus zapatos de taco aguja y, si no hubiera sido por la baldosa floja y los porotos que se le cayeron a la Reina Batata, todas hubieran visto a una modelo profesional, distante y enigmática flotando sobre sus cabezas.

No habiendo tenido suerte con esa estrategia, urdió otra: iría a la lucha directa y su arma sería un maquillaje a prueba de revoques y una barra de chocolate. Lo esperó dos horas en la cocina, a la hora en que él se preparaba el mate cocido, pero no le alcanzó la paciencia ni la firmeza del delineador de ojos y, además, el lugar se empezó a llenar de pensionistas. Luego se sentó en el sillón que estaba a la puerta de su pieza, pero en el sillón de enfrente se instaló Cuídese Mucho y le relató su último viaje en el tren Roca. La mujer insistía en preguntar por qué Inmaculada no había abierto el paquete de chocolate. Que en un rato lo comería, que era temprano, que estaba tratando de controlar la ansiedad.  Y cuando Elisa abrió la puerta, Inmaculada saltó como un resorte y al mismo tiempo abrió el paquete para sacar una barra de exquisito chocolate amargo.

No es fácil hacer una maniobra como la que hizo Inmaculada. En un momento se cruzó en el camino de Elisa hacia la cocina, simuló chocarla y acto seguido pidió disculpas. ¿Qué mejor ocasión que esa para congraciarse con un convite de chocolate?

El juego del gato y el ratón es muy divertido cuando ambos están en plan juego. Pero si el que juega es solo uno, el otro se fastidia y sale a buscar al perro. Así salió disparado Eliseo cuando vio la barra de chocolate. Inmaculada no podía creer que la tratara como a un vampiro, haciéndole la cruz con los dedos índice y se marchó ofendida.

(C) Meg

2 comentarios sobre “De vecinas, de virus y de alas – Cap. 4 – El descubrimiento

    Doctor Krapp escribió:
    10 marzo, 2022 en 6:22 pm

    Una pensión es un microcosmos cuando hay cercanía sobre todo con gente joven buscando su sitio. Me gusta mucho los apodos y los roces entre huéspedes de tu historia.
    Un abrazo

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      mireugen respondido:
      10 marzo, 2022 en 9:51 pm

      Sí, Dr. Krapp, es un microcosmos! En este caso algo exagerado pero basado en algo real. Muchas gracias por pasarte. Un abrazo

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