De vecinas, de virus y de alas – Cap. 2 – Arregla tutti

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¡Hola, amigos! Esta novelita sigue su curso y, en esta oportunidad, nos presenta un nuevo personaje. ¿No es cierto que en los pueblos siempre hay un arregla tutti? En este caso, alguien que puede arreglar muchas cosas, pero que quizás no pueda arreglar su vida. No quiero anticiparme… tendrán que leerlo. Si siguen la historia les prometo algunas sorpresas.

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Imagen de Internet

En los barrios de Lomas de Zamora no todas las personas tienen el mismo nivel de vida. Hay un centro de mayor poder adquisitivo y a medida que uno se aleja comienza a cambiar el paisaje. Hay muchos barrios lindos, de casas bajas, arboledas y tranquilidad asegurada. Un poco más allá comienzan las calles de tierra, algún que otro potrero y alguna zanja donde anidan sapos cantores.

Todo crece. Y así, de pronto, alguien que vive en una zona de calles de tierra y techos de chapa se encuentra de improviso con un chalet de dos plantas construido al lado de su casa. Eso le había pasado a Eliseo, quien desde que nació había vivido con sus padres en esa casita, en parte de madera y en parte de material. El baldío de al lado, donde jugaron fulbito él y sus amigos, de pronto amaneció con un cartel de “Se vende” y meses más tarde, aparecieron un arquitecto y varios albañiles para edificar en alto.

Las cuestiones de vista, sombra y otras que tienen que ver con el espacio y el sol no fueron nada frente a la cuestión de la privacidad. Desde el balcón terraza de la parte trasera de la casa de los nuevos vecinos se veía, sin necesidad de usar binoculares, todo lo que acontecía en el patio del fondo de la casa de Eliseo. Ya bastante malo era perder el sol de la mañana, ahora también debía rendirse ante la mirada, no siempre prudente, de los nuevos. Se le terminaron los paseos en calzoncillo para regar las plantas, los gritos pidiendo comida a su madre y los extravagantes torneos de eructos cuando tomaba unas birras con sus amigos.

Pero como las desgracias no vienen solas, poco a poco, la zona se empezó a poblar de casas de alto. Muchos huían del centro de la ciudad y se establecían en terrenos cotizados bajo por la falta de asfalto, pero con buenas perspectivas de formar una nueva comunidad. Son los avances del progreso. Los de menores recursos sucumben ante ofertas tentadoras y emprenden el éxodo hacia los fondos. Es cuestión de empujar y reacomodarse, diría uno.

En un par de años llegaron el asfalto y las cloacas. Los padres de Eliseo no pudieron pagar. La Muni les ofreció cuotas, pero ni siquiera así podían llegar a los pagos. Entonces apareció el vecino y le ofreció comprarle la propiedad. Él se haría una gran cochera y espacio para pileta, los otros se podían acomodar un poco más lejos, total el colectivo llegaba hasta el fondo y no iban a tener problemas.

Eliseo y sus bártulos no cabían en la pequeña casa que sus padres consiguieron cerca del arroyo, por ese motivo optó por irse a vivir a lo de un amigo. Allí iba a tener una piecita para arreglar aparatos eléctricos. Se le daba bien eso de arreglar cosas. Había descubierto su afición después de desarmar varios aparatos de su mamá que luego volvió a armar con nuevas funciones. Así fue como una licuadora se convirtió en picadora y una plancha terminó sirviendo para amasar. Pero nada lo detuvo, fue subiendo la apuesta y ahora era un buen electricista y “arregla tutti”.

Lamentablemente el amor se cruza en momentos inoportunos, ya que su amigo se enamoró y llevó a su novia a vivir con él. Ya no había espacio para Eliseo y sus cables y se tuvo que buscar una pensión cerca de la estación para atender a sus clientes. No le alcanzaba el dinero para alquilar un local y menos en el centro. Y en las zonas alejadas hay muchos que, como él, se dan maña para arreglar cosas usadas.

Así fue a parar a una pensión solo para hombres. Tenía una piecita con una claraboya por donde entraba un hilo de luz y de agua cuando desbordaba el tanque que estaba justo sobre su techo. Se sentía frío y la humedad lo estaba matando, pero aguantó porque peor estaría en el barrio donde se habían mudado sus padres, con amenaza de inundación permanente.

Sus días de electricista llegaron a la gloria el día que lo llamaron para hacer una instalación eléctrica en la casa de un concejal. Hizo todo el trabajo, revisó las conexiones, la caja térmica, el disyuntor. Tomó todas las precauciones que correspondían al caso, pero se olvidó de algo: el perro. Es que la caja de luz estaba demasiado cerca de la cucha del perro y Eliseo no se dio cuenta de ponerla a mayor altura. Pasados unos días el can hizo lo suyo y abrió la caja, mordisqueó la instalación y quedó electrocutado. Desde ese momento, lo que iba a ser una carta de recomendación para el electricista, fue un continuo run run diciendo que era un completo inepto.

Pueblo chico, infierno grande, recapacitaría Eliseo, al enterarse en la fiambrería de que su nombre había salido en el diario local. “No se ha visto antes un electricista más descuidado” eran las declaraciones del concejal. Y el periodista cargaba las tintas planteando el supuesto de si hubiera tenido niños en la casa.

No aparecía foto de él en el matutino, pero daba su nombre, una descripción completa de su aspecto y de su ropa y, como Eliseo andaba siempre de campera de jean y unas zapatillas color naranja, no había mucho que agregar.

Otro hombre se hubiera comprado otro par de zapatillas y se hubiera puesto un apodo. Eliseo no. Él sintió que su vida de electricista se había terminado como si de pronto no pudiera aprender de su equivocación o como si su cara hubiera aparecido en un cartel de “Buscado”.

Eliseo comenzó entonces a pensar planes creativos para sobrevivir. Intentó trabajar como pescadero, como pizzero y como remisero. Uno tras otro fue probando trabajos. Pero los pescados le provocaban reacciones alérgicas en la piel que lo hacían parecer sarnoso y terminó renunciando; la harina de las pizzas lo hacía estornudar y se negó a ponerse barbijo para trabajar, por lo que lo echaron; manejar un auto le ponía los pelos de punta y se vio envuelto en un choque por el que le quitaron la licencia; y nada, pero nada, lo reconfortaba tanto como armar con paciencia el interior de un aparato y verlo funcionar, así que sintió que debía irse muy lejos, donde no lo conocieran, para seguir con su vida.

Pero el amor lo sorprendió de nuevo, esta vez fue él quien se enamoró. Se enamoró como un caballo de la chica que atendía la panadería de la esquina de la pensión. Fue un amor repentino y absurdo, como muchas de las cosas que le pasaban a él. Cada vez que él entraba al local, la chica, estrábica de nacimiento, parecía mirarlo, mientras atendía a alguien. Después de varias veces, él reunió coraje y un día la esperó a la salida del trabajo. Que sí, que no, que ella miraba una rosquilla, que no, que lo estaba mirando a él. La cuestión es que ella se detuvo a mirarlo en serio y él sucumbió al poder de sus ojos despistados. La mujer comenzó entonces a envolverlo en caricias y churros rellenos y así, maniatado por el deseo y la glotonería, el don de hada de la mujer y el extraño influjo de su mirada arisca, Eliseo sintió que no podía alejarse y que debía recurrir a su imaginación para salir del paso.

La solución a su problema le llegó un día de carnavales en que ambos decidieron asistir a los festejos, disfrazados. Ella lo vistió de mujer fatal y puso tanto empeño en la tarea que, cuando él se miró al espejo, no se reconoció. Ella iba de buzo, de los que se sumergen, con unas patas de rana color rosa que le habían quedado de su infancia en la “Pelopincho”.

Al principio, Eliseo no pudo soportar la visión de su propia imagen distorsionada, pero cuando escuchó de labios de ella que muchas mujeres fantasean con salir con una mujer, se sintió reconfortado y dispuesto a salir a la calle.

Después de que pasó la última comparsa del Carnaval, los dos se fueron de la mano hasta la panadería. Ella lo hizo pasar a su pieza y tuvieron una noche de sexo inusitado en la que ella lo trató como a una mujer y él se dejó hacer.

Al día siguiente, él tomó una decisión que daría un vuelco a su vida. Adoptaría esa nueva imagen que le había traído un mundo de sorpresas la noche anterior y, de esa forma, eludiría las miradas más imaginarias que reales que le impedían sentirse libre de trabajar en lo que él deseaba. Era bien sabido que las mujeres electricistas no eran muy aceptadas y menos en obras. Pero cualquier cosa era mejor que vagar en trabajos que no le daban ninguna satisfacción. Para eso sus padres le habían pagado el curso de electricidad con tanto esfuerzo.

Como el cambio de “hábito” requería otros cambios, lo primero que hizo fue ir a buscar una pieza a la pensión de señoritas que quedaba a unas cuadras de la suya.

Ni bien lo hicieron pasar, él mostró sus buenos modales, copiados de su novia. Ella tenía una forma especial de mover las manos cuando hablaba. Él era bastante torpe intentando remedarla, pero no se acobardó y salió airoso y con la llave de la piecita en su bolsillo.

El día que se tenía que instalar en la pensión, tuvo que pasar primero por una tienda de ofertas para comprar algunas prendas que lo ayudaran en su camuflaje. Su novia le prestó algo, pero los pantalones le quedaban un poco apretados de cadera.

La vida en la piel de una mujer se le hizo un poco tortuosa. Tenía que afeitarse tres veces por día y no podía usar pollera porque no toleró la depilación de sus piernas. Y que menos mal que salió eso de la depilación definitiva porque así podía recuperar la tersura de su piel en la cara y en su pecho que ya estaban quedando en carne viva de tanto tirón.

Pero lo peor de todo fue conseguir su primer cliente. Pasaron dos semanas antes de que sonara el teléfono pidiendo por Elisa, la electricista.

Las viejas fueron su primer y más fiel mercado. Porque con la paciencia con que encontraba las conexiones eléctricas soportó cada una de las historias de vida de sus clientas. Con el amor que sintió por su abuela hizo otro tanto, y así, siendo encantadora se hizo acreedora a unos mates y unos bizcochitos con grasa, cada vez que lo llamaban.

En la pensión se habían sorprendido de tener una mujer electricista. El grupo de vecinas andaba por los cincuenta y pico de años, en promedio y, para ellas, no era habitual que una mujer realizara esas tareas. Pasada la sorpresa, los prejuicios fueron superados por la conveniencia. Comenzaron a encargarle trabajos y pronto Eliseo se vio haciendo favores eléctricos por favores culinarios que lo llevaron a engordar un talle, por lo que se vio obligado a usar calzas negras y remerón largo. Por las lolas no debía preocuparse, el corpiño de su novia, relleno con medias de algodón, le daban una silueta de luchadora que tuvo que justificar diciendo que había practicado pesas.

Su novia estaba encantada con su nueva amiga. Ya no tenía que esconder a Eliseo para que entrara de noche a su casa. Lo presentó a sus padres como Elisa y lo condujo a su cuarto diciendo que practicarían yoga, mientras le susurraba al oído alguna de las posiciones raras que quería practicar sin hacer ruido.

Gracias a Dios ninguna de las vecinas de la pensión era de su tipo. Porque así no hubiera podido sostener por mucho tiempo su disfraz. Las calzas son muy chismosas en asuntos de durezas. Sin embargo, había una mujer que lo miraba con ojos de fisgona y de ella comenzó a cuidarse, por no decir escaparse. Era el tipo de mujer que generaba inhibición en él, se paseaba con una bata gastada de actriz decadente, era un poco atrevida, otro poco insistente y un poco más irritante con sus conversaciones de pueblerina deslumbrada por las luces de la ciudad. Había intentado contarle su vida varias veces y él no había tenido más remedio que escucharla por unos minutos y luego excusarse diciendo que se había olvidado algo enchufado en su pieza. El colmo había sido esa vez que le ofreció chocolate.

Había pocas cosas que a Eliseo le hacían reaccionar peor que el chocolate. Y eso era porque una vez casi se ahoga por una reacción alérgica que le inflamó la garganta y le produjo un susto de espanto. Se salvó porque su madre tenía un medicamento para esos percances guardado en el botiquín del baño. Pero, desde esa vez, en cada oportunidad en que Eliseo pasaba por un kiosco o cerca de una barra de chocolate, le hacía la cruz, en parte en serio, en parte en broma. Y esta vez, cuando Inmaculada apareció blandiendo una barra de chocolate cual varita mágica, él reaccionó como un loco, saltando sobre la Narco y aterrizando sobre un potus. No tuvo tiempo ni ganas de explicarle a la perseguidora el efecto que el chocolate producía en él. Al ponerse en pie, luego de la caída, solo atinó a correr poniendo los dedos índices en cruz, porque así jugaba con su madre a alejar el demonio de las tentaciones. Era solo un juego, pero fue tan sorpresivo y sin venir a cuento que ella dio un bufido de ofendida, dio media vuelta y se marchó. Y que, si se ofendía, mejor para él y peor para ella.

Desde ese día se dedicó a mirar hacia ambos lados de la puerta, antes de salir de su pieza, para esquivar a la loca del chocolate y evitar malos momentos. Sin embargo, cuanto menos la veía, más le contaban las vecinas que ella lo andaba buscando. Le preguntaban por qué le hacía esos desaires si Inmaculada era una buena chica que solo buscaba tener una amiga de su edad.

(C) Meg

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