De vecinas, de virus y de alas – Cap. 1 Vestida para matar

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¡Hola, amigos! Hace unos meses les anticipé algo sobre esta novela corta. Les cuento que la escribí al comenzar la pandemia, con la esperanza de que terminara al cabo de un año. Mis previsiones no se cumplieron, pero… estamos aquí, me contagié recientemente, ya estoy saliendo del mal trance, por suerte no fue grave, y me dije que ahora sí podemos pensar en que hay una salida no tan lejana. Por eso les traigo esta historia en la que, además de virus, hay esperanzas y un poco de locura encarnada en unas vecinas muy particulares. Las entregas serán quincenales mientras evalúo la edición del libro. Espero que les guste. Si quieren dejarme sus impresiones se los voy a agradecer mucho.

Imagen de internet

Hay gente que se siente especial o experimenta un cambio interno cuando se pone algunas ropas. La vestimenta puede transformar a un mendigo en un ejecutivo, a una mujer simple en sofisticada, a un niño en un adolescente, a una mujer en un hombre y viceversa… Quienes saben que el hábito no hace al monje dirán todo lo contrario, las ropas no alcanzan para producir una transformación real. Siempre hay un refrán que acompaña dos puntos de vista opuestos. Así lo descubrí hace tiempo y, así le pareció a Inmaculada Melgarejo , quien luego de confiar en el poder de unas prendas o de un maquillaje, parece que se dedicó más a ser ella misma.

Inmaculada venía del interior, de la provincia de San Luis, cerca de la bella y siempre tibia ciudad de Merlo. Su familia tenía tres caballos y los alquilaba a los visitantes que iban a pasar sus vacaciones soñadas en un clima que se mantenía benigno durante todo el año. Para llegar a su casa había que atravesar un largo camino cuesta arriba, lleno de piedras y perros que salían de la nada. Más de uno se perdió en los meandros de esos caminos, ya que las señales que supieron poner para indicar el lugar de alquiler no eran muy precisas.

Así y todo, el trabajo se les daba bien. Su padre se ocupaba de cobrar y su madre de tener una cajita con primeros auxilios. Su hermano Rubén llevaba a los caballos de la rienda hasta que los turistas se animaban a dominarlos y luego se ocupaba de darles comida y cepillarlos. También oficiaba de guía por los senderos de las sierras, pero eso se daba poco en la última temporada, debido a la aparición de un puesto de cuatriciclos que, al parecer, los neófitos dominan mejor que a los caballos.

Había épocas de escasez de lluvias, cada vez más seguidas, y los arroyos se quedaban más secos que lengua de lagarto. Cuestión que Inmaculada, un poco cansada de limpiar desechos de caballo, decidió probar suerte en Buenos Aires, donde le ofrecieron trabajo con cama adentro. No lo dudó. No tenía a nadie que la esperara. Su novio, Tito, se había vuelto un poco arisco y a ella no le daba la gana aguantarle las rabietas. En el fondo, ella sabía que Tito andaba de calentura por una prima que había venido de visita y por más que la visita fuera a durar poco, eso a Inmaculada no le daba ninguna garantía. Ya se sabía que a veces entre primos segundos se terminaban arreglando.

Con el espíritu de aventura de quien vive en la sierra, Inmaculada preparó el bolsito. Metió unas cuantas cosas, de esas que se usan en todos lados y se despidió de Tito y de su familia. Que para qué te vas a ir, que la ciudad está llena de locos. Que dejala, no ves que acá se aburre. La echarían de menos antes de lo que imaginaron. El hermano no estaba acostumbrado a limpiar. La madre no estaba acostumbrada a llevar peso y el padre no tenía a quién darle tironcitos de pelo cariñosos. Tito se entristeció un poco, pero, en cuanto su prima le sonrió, olvidó todo el asunto.

Cuando llegó a la ciudad, Inmaculada se fue caminando las cincuenta cuadras desde Retiro hasta la casa donde trabajaría. Pero al llegar se encontró con la noticia de que los dueños se habían ido a una fiesta. ¿Quién tiene fiestas al mediodía un día de semana? Esa fue la primera vez que se hizo preguntas que nunca antes se había hecho. Y no sería la última vez, porque los dueños de casa llevaban una vida bastante holgada y liberal e Inmaculada conoció una forma de vivir que solo había conocido de oídas.

De allí fue que se le pegó la manía por vestir bien y pintarse. La señora, Doña Stella, era una abogada muy conocida, no solo por ser buena en su profesión, sino por siempre lucir arreglada y a la moda. Y sus uñas… sus uñas eran algo que desafiaba la ley de gravedad y la propensión a rasparse o quebrarse. Inmaculada no podía imaginar con cuánto cuidado debía mover sus manos para no enganchar o rayar esas obras de arte que llevaba sobre los dedos. Doña Stella le decía siempre: “como te ven, te tratan”, la frase preferida de una diva de la televisión, que ella había adoptado como lema propio.

Pero como muchas veces las cosas buenas tienen un “pero”, Inmaculada no se sentía cómoda con la vida social de su patrona. Más de una vez se encontró con un hombre que no era el marido de la abogada, o con alguna mujer en bolas en la cocina. Para peor, varias veces le hicieron insinuaciones para que se uniera a la fiesta, y no supo cómo responder sin ser descortés. Ella, si bien se sabía algo atractiva, no esperaba despertar interés entre los amigos de sus patrones, pero, al comprobar que llamaba la atención de algunos, se sintió incómoda y prefirió buscar nuevos horizontes, menos comprometedores. No es que la asustaran las situaciones que había visto, solo que prefería ser dueña de sus decisiones.

La patrona, Stella, estaba intrigada por la determinación de Inmaculada. Sin embargo, supo leer en su mirada un dejo de cuestión moral que prefirió respetar, aunque no compartir. Por eso, antes de que se fuera, le regaló algunas chucherías y un set de maquillaje para que encarara la vida con defensas y que estuviera preparada para atrapar un buen candidato. Que no se quedara con el primero que le diera bola, que se hiciera valer y recordara siempre que una mujer es atractiva por el envase, pero también por su fortaleza.

La suerte quiso que Inmaculada consiguiera un trabajo en un centro de estética, donde debía mantener el salón limpio y a las clientas atendidas con un cafecito o un tecito, de acuerdo con sus preferencias. Allí, además de aprender a hacer un capuchino, llegaría a dominar el arte del camuflaje con mayor perfección. Y allí fue donde consiguió el kimono que más tarde le daría cierta fama y envidia. En esos días, conoció a Anselmo, el encargado de un edificio cercano que se empeñaba en lavar la vereda todos los días. Y así fue como sintió latir su corazón por segunda vez.

El amor llama siempre a la puerta, pero para que pueda tocar debe estar cerrada, le había dicho su tía Nerea. Son mentiras eso de que hay que dejar la puerta abierta, así se mete cualquiera. Inmaculada sentía adoración por su tía y seguía sus consejos a pie juntillas. Por eso, cuando dejó a Tito, se aseguró de que su puerta se cerrara bien, para evitar a los rufianes. Anselmo parecía tan buena gente que su puerta se abrió de par en par. Sin embargo, al poco tiempo se dio cuenta de que era un mentiroso. Pero no era un mentiroso de los lindos que ella conocía de su pueblo, tampoco era un piropeador, ni siquiera un hombre muy atento, solo era un tiro al aire que no se contentaba con una sola mujer, porque no llegaba a valorarla.

Pero por mucho que maldijera al susodicho, la experiencia le sirvió para comparar. ¿Que no comparan las mujeres? Sí, aquella que diga lo contrario no es sincera consigo misma, las mujeres comparan cómo las hacen sentir, qué parte de su naturaleza abona el contacto con el otro, si sacan lo mejor de ellas mismas o las ponen en el brete de ser unas pesadas irritantes. Y Anselmo había logrado que ella se cuestionara su imaginación y su visión del amor. Su imaginación porque, siendo él tan seductor en apariencia, no lograba hacer que ella volara en la intimidad, no respondía a su ferviente imaginación, ni siquiera se inmutaba con sus locas ideas de juegos y piruetas. Su visión del amor porque, había confundido con amor lo que era solo una atracción, y eso no le había gustado, la había dejado un poco enojada consigo misma, por no darse cuenta, más que por no experimentar. Ahora lo sabía, y se sentía en mejores condiciones para intentar de nuevo.

Por eso y porque los pelos que barría de las clientas le comenzaron a dar alergia, decidió buscar un trabajo que la alejara de ese barrio. Así fue como dio con un aviso en el diario que pedía personal de limpieza para el palacio de Aguas Argentinas. Y allí fue, dispuesta a iniciar su reinado en esa ciudad tan triste las tardes de domingo. Porque la vida que refulgía de lunes a viernes se dirigía hacia otro lado los días feriados.

Y así, siguiendo los pasos de la vida, Inmaculada se tomó un tren hacia el Sur. A media hora de la Capital descendió en la estación de una ciudad más pequeña que llamó su atención porque tenía las paredes pintadas con imágenes de Sandro. Al parecer, él había vivido por esa zona. Y ella se dijo que, si el ídolo de su tía había vivido allí, tan mal lugar para vivir no sería.

Caminó por sus calles. Recorrió barrios preciosos, arbolados, con casas de gran belleza. Luego anduvo por el centro y sus locales comerciales. Finalmente preguntó dónde había vivido Sandro y siguió caminando, para encontrar una casa que era como una fortaleza, porque su frente era un alto paredón que no permitía miradas curiosas.

Pero siguió andando y cuando se cansó de ajustarse las zapatillas, levantó la mirada y vio un cartel que decía: “Se alquilan piezas. Pensión de señoritas” y decidió preguntar.

El interior de la pensión le pareció un paraíso. Tenía un patio largo, con baldosas color café y una fila de puertas y ventanas que acompañaban sus pasos, al tiempo que, sobre la pared de enfrente, un potus extendía sus tentáculos de animal selvático. No se parecía en nada a la triste pensión de la Capital donde se encontraba en esos días, toda gris y sin luz. Allí, la luz entraba por todas partes, con un techo de metal que se abría para dejarle paso. Y al final la cocina, los baños y una escalera que la condujo a la visión de esa ciudad que, por baja, no perdía su encanto, ya que se pintaba de verde mirara hacia donde mirara.

No era la visión de sus sierras. No iba a encontrar un río o un arroyo. Pero a veces, los ríos internos de la imaginación nos permiten hallar ciertas similitudes y adoptar lugares que, por algún detalle, nos traen a la mente la paz y el sosiego que recordamos de otro lugar. Como esas puertas altas con vidrios, ese verdor y ese sonido de chicharras que días después le darían el toque final para decidirse a cambiar de vivienda.

Y allí apareció, el sábado siguiente, con su bolsito y una mochila que iban ganando en peso, porque a los regalos de su primera patrona se le sumaron algunos recuerdos del salón de belleza. Del último trajo su kimono y unos productos para mejorar el aspecto de su pelo. Y de allí también trajo la maña de limarse las uñas a cualquier hora.

En la pensión aprendería que, por más que se esforzara, no podía mirar para otro lado cuando alguien necesitaba ayuda. Así fue desde el primer día que pisó el lugar, cuando Clarita, con sus ochenta y pico de años, le preguntó si ella podría ayudarla a cortarse las uñas. Y desde ese día, Inmaculada fue la cosmetóloga de referencia para todas las pensionadas.

La costumbre de arreglarse por las noches le vino después. Cuando se dio cuenta de que los días pasaban sin que pasara nada. Y por nada ella entendía que no aparecía el amor. Pero como a decir de su tía, “el amor no se busca, se encuentra”, Inmaculada pensó que no podía estar desprevenida y se vestía para la ocasión, para no espantarlo.

(C) Todos los derechos reservados

7 comentarios sobre “De vecinas, de virus y de alas – Cap. 1 Vestida para matar

    Josep Ma Panadés escribió:
    26 enero, 2022 en 8:13 am

    Me parece una historia que puede dar para mucho y que, con este estilo narrartivo tan elocuente, nos irá atrapando a medida que vaya pasando el tiempo e Inmaculada nos vaya desvelando sus aventuras y desventuras. Un texto muy bien escrito y que promete convertirse en una novela muy interesante.
    Un saludo.

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      mireugen respondido:
      26 enero, 2022 en 11:34 am

      Muchas gracias, Josep. Espero que siga siendo una historia interesante. Un abrazo

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    Buho Evanescente escribió:
    26 enero, 2022 en 5:00 pm

    Fantástico! Me encanta el ambiente y el personaje 😊👏👏👏
    Quedó precioso!

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      mireugen respondido:
      26 enero, 2022 en 11:28 pm

      Muchas gracias, Buho!!! Me alegra mucho que te guste! Un abrazo

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    Doctor Krapp escribió:
    28 enero, 2022 en 11:27 am

    Admiro tu talento descriptivo y tú capacidad para abrirte paso a la interioridad de tus personajes. Mucha suerte con tu proyecto narrativo.
    Un abrazo

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      mireugen respondido:
      28 enero, 2022 en 11:44 am

      Muchas gracias, Dr. Krapp! Me alegra que te guste esto que escribí. Un abrazo

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