Las alternativas

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¡Hola, amigos! A veces pensamos que no tenemos alternativas o que se limitan a dos opciones o que son demasiadas para elegir una. Elegir y elegir bien son cuestiones que hacen dudar y cada uno habrá experimentado. Por más simples que sean las elecciones llevan implícitas un juicio de valoración, una preferencia. En esta historia pasa algo de eso, veamos cómo se las arregla el protagonista para tomar una decisión.

Cuando me enfrenté a esta decisión, conocía muy bien el dilema del tranvía. Aquél que plantea que tienes la posibilidad de apretar un botón para salvar a 5 personas, decidiendo matar a otra, o no tocar el botón, salvando a esta última en detrimento de las cinco anteriores.

Fue una tarde de abril de un año que no recuerdo, ya que en la memoria solo quedó el problema que me produjo una honda impresión y los demás elementos formales que rodeaban al mismo se perdieron como si hubieran sido tragados por el agujero negro de la indecisión.

Estaba de vacaciones, eso sí lo recuerdo, me sentía relajada, disfrutaba de un bello paisaje y de una agradable compañía provista por gente de distintos puntos del país que se habían reunido gracias al poder de los deseos de conocer lugares maravillosos.

Arribamos a un paraje de la provincia de Jujuy que marcaba el comienzo de una salina, extraño paisaje que hacía pensar en un planeta árido y desprovisto de vida, pero con el singular atractivo de un mar congelado para los ojos malacostumbrados a visiones abigarradas de edificios.

A poco de andar, dos milagros se producirían delante de mí. Primero fue la flor, esa flor que resistía a la sequedad del suelo, mostrando que la vida no tiene qué o quién la detenga. El segundo fue el conejo, un pequeño ser de pelaje blanco, que apenas resaltaba sobre el blanco salitroso del suelo.

Ambos seres eran la refutación innegable de la muerte. Eran la confirmación de poderes ajenos a la comprensión dolorosamente básica de mi mente.

Sin embargo, uno atentaba contra la vida o, por lo menos, la integridad del otro. El dulce conejo, todo suavidad y blancura, iba a comerse los pétalos de la flor, tal vez el tallo íntegro. De esta forma, todo el valor y la fortaleza que hubo de tener la flor para resistir a la intemperie más cruda se vería derrotada por el hambre del conejo.

Miré hacia ambos lados, no encontré ningún lugar donde conseguir comida para el pequeño animal. La flor estaba condenada irremisiblemente.

Quedaba un recurso último, tomar medidas más drásticas contra el peludo amigo. Pero eso significaba adoptar una función que no estaba para nada prevista por la naturaleza. ¿Qué hacía yo en ese lugar? ¿Qué ley de la naturaleza me hacía intervenir en esa situación cuya cotidianeidad no me implicaba?

Me debatí interiormente por unos instantes. Vino a mi memoria el precitado dilema. Cierto era que no tenía que optar por un grupo de cinco y uno solo. Tenía que optar entre una flor y un conejo. Tal vez la flor tuviera en su fortaleza, la capacidad inmanente de regenerarse y volver a brotar de sus restos o, tal vez, el ataque la desgarrara mortalmente desde la raíz. Por otro lado, podría ser que el conejo tuviera en su naturaleza la capacidad oportunista de seguir buscando entre la sequedad del entorno una nueva planta que saciara su apetito.

El problema se arremolinó y se tornó en si yo debía o no estar allí. Tal vez yo estaba allí por algo. No soy amiga del determinismo y no creo en que las cosas pasan por algo. Pero estaba allí y no podía mirar hacia otro lado. Me desgarraba la idea de la muerte de la flor y me preocupaba que el conejo no tuviera comida.

Mientras me debatía, sin embargo, algo a lo que llamamos la vida pasó. Los rayos del sol hicieron que se iluminara un rincón antes tapado por la leve sombra de un arbusto medio seco. Alcancé a ver un letrero que decía: “Criadero de conejos para producción de pieles” y la sola lectura de ese cartel me produjo un cimbronazo en el que no intervino mi pensamiento consciente. Sin dudarlo, tomé al conejo que, blandamente tozudo, se acercaba a la flor. A ella le dije que sería afortunada, por lo menos, por ese día. Y que resistiera porque tal vez ella estaba allí para darle un motivo de fuga a los conejos encarcelados.

Al peludo amigo lo calmé y luego lo metí en mi mochila. Sé que estuvo molesto e inquieto. Lo tuve allí por todo el tiempo que duró la excursión. Le brindé una parte de mi almuerzo, pero no le alcanzó, lo supe al ver los agujeros de la prenda de abrigo que llevaba en la mochila. Nunca ayudamos a otro sin pasar por alguna contrariedad propia, es parte inseparable de la tarea.

Al llegar a la ciudad, busqué una tienda de mascotas y decidí que ese sería un buen lugar para que el conejo esperara un dueño más amable.

Al alejarme de allí, me di cuenta de que no había optado por ninguna de las dos alternativas que me planteé al principio. En el futuro me seguiría pasando.

(Meg)

9 comentarios sobre “Las alternativas

    elcieloyelinfierno escribió:
    22 octubre, 2021 en 9:21 pm

    Muy buena entrada!! Adorable en cuanto a tu decisión -a pesar de que no crees en la causa-efecto-; fue la causalidad; que te hizo estar el el momento y lugar indicados, para que tu conciencia quedara en paz contigo y te brindaras a tu deseo intrínseco de que los dos seres, sobrevivieran en tan árido paraje como son las salinas. Un cálido saludo.

    Le gusta a 1 persona

      mireugen respondido:
      22 octubre, 2021 en 9:51 pm

      Hola, elcieloyelinfierno. Gracias por pasar por aquí y comentar! No sé si creer en el determinismo, a veces creo, a veces no. Es muy interesante ese debate. El universo se mueve según ciertas leyes pero a veces no. Un abrazo

      Le gusta a 2 personas

        elcieloyelinfierno escribió:
        23 octubre, 2021 en 12:10 am

        No hay porqué. Otro abrazo de vuelta!

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    Ana Piera escribió:
    23 octubre, 2021 en 12:01 pm

    Muy buen relato, para reflexionar sobre las opciones que a veces tenemos. En lo personal, creo que se tomó la decisión correcta. Quizás siempre hay una tercera opción. Saludos.

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      mireugen respondido:
      23 octubre, 2021 en 12:39 pm

      Hola, Ana. Muchas gracias por pasar y comentar. Un saludo

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    Josep Ma Panadés escribió:
    24 octubre, 2021 en 8:35 am

    Un relato muy ejemplarizante. Ojalá todos halláramos una salida honrosa cuando nos enfrentamos a una dificil disyuntiva y nos vemos obligados a elegir entre A ó B. La elección de tu portagonista me atrevería a decir que fue Salomónica, je,je.
    Un abrazo.

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      mireugen respondido:
      24 octubre, 2021 en 1:18 pm

      Hola, Josep. No sé si es una decisión salomónica jajaja A veces pasa que vemos dos opciones pero en realidad hay más. Cuesta verlas, nuestra mente a veces se atasca. Se presentan cada tanto en forma de casualidades o cuando interviene un factor externo que no controlamos.
      Un abrazo

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    Doctor Krapp escribió:
    28 octubre, 2021 en 3:56 pm

    Sugerente, como la propia idea de que a veces la realidad se nos muestra en una simpleza aparente que una observación atenta nos demuestra irreal. Por desgracia, un conejo nunca se ve satisfecho comiendo una sola flor y las flores desafían con su persistencia cualquier afán por eliminarlas ya que donde hay una siempre hay posibilidad de otras.

    Un abrazo

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      mireugen respondido:
      28 octubre, 2021 en 9:39 pm

      Hola, Dr. Krapp. Un conejo, una flor, una metáfora. No es el conejo en sí, ni la flor en sí, es lo conejo, lo flor, ¿verdad? Siempre se puede pensar en el molde y el contenido. Pero no es solo eso, es también el escenario, el contexto del conejo y la flor. Un abrazo

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