La fórmula del amor

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¡Hola, amigos! A pesar del título, el relato que hoy les traigo no es exactamente un relato romántico. No van a leer los avatares de una pareja enamorada. Van a leer una historia de chismes, quizás de envidia, pero en la que el humor salva a la persona agraviada y veremos qué hace con la chismosa. ¿No es cierto que los chismes son moneda corriente? No nos libramos de ellos ni aún manteniendo el perfil más bajo. Pero sí, al final, se encontrarán con algo sumamente bello y poético que nos regala la ciencia. Porque pensar en ciencia no significa olvidar los sentimientos. Los dejo con la historia, y espero que les cause una sonrisa.

Imagen de Internet

A veces las vecinas aciertan con sus pronósticos. Como Flora, experta en vaticinar el futuro de los niños del barrio. Sin embargo, su bola mágica falló cuando se trató de Virginia, la niña más callada del vecindario.

Y no es que Flora no tuviera buen ojo o no se interesara lo suficiente en la niña. Es que la pequeña era impermeable a los interrogatorios de metereta de la vieja chusma.

La cuestión es que ni el paso de los años pudo darle a Flora toda la información que necesitaba. Porque para peor, Virginia tenía mente científica y no participaba en conversaciones que no tuvieran algún interés académico para ella.

Por eso, cuando Flora intuyó que Virginia se quedaría sola y virgen como indicaba su nombre, no tuvo ninguna duda y echó a andar la bola.

Virginia se enteró del vaticinio por eso de las malas lenguas y pasó meses sin salir de su cuarto y llorando su triste futuro. Hubo que convencerla de que todo era una mentira inventada por una vieja amargada, pero costó tanto que a la joven le crecieron honguitos en la cabeza de tanto encierro provocado por su temor a afrontar el ridículo.

Pero Flora no la sacó barata. Su pronóstico no pasó desapercibido. Y la buena memoria de sus vecinas fue su condena, al mostrarle su error, al pasar los años. Además, había otro motivo para que las vecinas no perdieran el rastro de sus vaticinios: Flora había apostado su loro a que la niña seguiría viviendo siempre con sus padres.

Y los años pasaron, indefectiblemente, y un día Virginia trajo a la casa a su novio, un chico bastante guapo con el que se pensaba mudar. Joaquín era un muchacho de su misma edad que, al parecer, compartía los gustos científicos de la joven Virginia.

Si Flora hubiera tenido un detector de visitas, se hubiera dado cuenta de que su apuesta estaba perdida. Pero no. Se enteró al día siguiente en la panadería. Y la panadera, doña Lola, le recordó que debía honrar la apuesta.

Flora amaba a su loro Felipe. El animal había pasado su vida entera acompañando a la solterona con sus “buenos días”, “buenas noches” y “quiero la papa”. De vez en cuando se le escapaba un “loco mía” que no se sabía a quién iba dirigido ni de dónde lo había aprendido, pero seguramente, había sido de la radio que acompañaba a la mujer con su música ecléctica.

Flora se resistió a entregar a su amada mascota y quiso negociar con la panadera. Pero, para evitar desprenderse del loro, tuvo que acceder a un intercambio: debía emplear sus dotes de sacerdotisa para averiguar cómo se le había declarado el novio a Virginia. Tarea titánica dada la reserva y poca simpatía que tenía la joven por la chusma del barrio.

Pero como las empresas perdidas son aquellas que nunca se inician, Flora hizo uso de su fortaleza y atacó con toda su artillería. Preparó un budín de limón con semillas de sésamo, que era su especialidad, para llevar a la novia que se merecía eso y mucho más. Y para darle más dramatismo a su actuación de buena vecina, llevó a Felipe montado en su hombro y diciendo “perdón”.

La vecina tocó el timbre y esperó, impaciente. Virginia salió a abrir la puerta con toda la lentitud que pudo y se encontró con el par de fisgones inquietos y sudorosos. Imaginen la sorpresa que recibió Flora cuando logró conversar un rato con la joven que antes era tan arisca. Claro que entendió la mitad de las cosas que le dijo, ya que Virginia se expresaba como una verdadera científica y la otra solo entendía el lenguaje de los chismes.

Sin desesperar, Flora escuchó todas las noticias de los últimos descubrimientos que emocionaban a la joven, y una vez que Virginia se detuvo, la pitonisa improvisada aprovechó para preguntarle que ¿cómo estaba su novio? Que muy bien, gracias. Que qué bueno. Que cómo se enteró. Que fue una idea porque una chica tan linda… Que qué amable. Que ¿cómo se te declaró? Y ahí Virginia, quien había sido advertida por la panadera, le dijo que le iba a contar un secreto. Su novio le había dicho lo más romántico del mundo. Y bajando el cuello de su remera, le mostró a la mujer un tatuaje que llevaba grabado sobre su hombro. El tatuaje decía:  (δ + m) ψ = 0

La mujer quedó estupefacta. Que ¿qué quería decir? Que era la fórmula del amor. Que ¿cómo es eso? Que es lo que une a todo el universo. Que yo quisiera entenderla. Que sí, que cualquiera puede, si cree en el amor.

Felipe presenciaba la escena, callado. Pero cuando escuchó la palabra amor, la comenzó a repetir.

Dotada para las brujerías, Flora solo atinó a pensar en una fórmula de las que sirven para preparar pociones. Entonces pidió que le explicara qué era cada cosa. Fue allí donde Virginia decidió volver a su habitual mutismo y solo le respondió que era la fórmula más simple del universo y que no necesitaba explicación.

El loro no se callaba. Parecía que su verborragia estaba en consonancia con el subconsciente de Flora, obsesionada, en ese momento, con el amor.

La vecina se despidió, tan frustrada que solo atinó a decir chau. Y volvió a donde la panadera, para explicarle. Le pidió un papelito para tratar de dibujar esos símbolos que apenas podía recordar. Por supuesto que no supo decirle qué significaban y menos que menos qué resultado darían, por lo que la panadera decidió que la prenda no estaba cumplida y la mujer tendría que entregarle su loro.

Flora no tuvo más remedio que admitir que había perdido la apuesta. El hermetismo de la fórmula la había puesto a prueba como nunca antes. No solo perdió el loro. También perdió la credibilidad de los del barrio quienes ya no recurrieron a sus vaticinios de pitonisa frustrada.

Felipe se quedó a vivir con la panadera y aprendió a decir algunas palabras nuevas. La primera que Lola le enseñó fue: “mentira”, mostrándole una foto de Flora, para que la dijera justo cuando la mujer entraba a comprar su pan. Pero no tuvo en cuenta que el loro también aprendía por las suyas. Así que la siguiente vez que Flora entró en el negocio comenzó a gritar: “Flora” y “amor”.

La panadera, conmovida, tuvo que reconocer que el loro sentía un apego innegable con su dueña anterior y le devolvió Felipe a Flora diciéndole que no se creyera que lo hacía de buena, que era solo porque no quería ver sufrir al pobre animalito, pero que se olvidara de seguir pronosticando, porque la gente se enteraba y le hacía mal. Flora que sí, que claro, que le agradecía mucho su humanidad y que le prometía que solo hablaría para decir cosas buenas.

Felipe se fue con Flora muy campante. Pero, a veces, cuando a Flora se le va la boca y comienza a inventar algún chisme negativo, el loro empieza a gritar: “mentira” y Flora cierra la boca sin chistar.

Nota de la escritora: La fórmula mencionada se llama “Ecuación de Dirac”. (∂ + m) ψ = 0 Dicen que es la fórmula más bella de todas, por su elegancia y simplicidad. Se utiliza en teoría cuántica, hace referencia a que, cuando dos partículas se relacionan durante cierto tiempo, se crea una conexión “sutil” y, a pesar de separarse, a pesar de que haya una distancia muy grande entre ellas, lo que afecta a una, afecta a la otra. También la llaman “la ecuación del amor”. ¿No es maravillosa?

(C) Meg

8 comentarios sobre “La fórmula del amor

    Ainhoa Torrens Oses escribió:
    10 julio, 2021 en 5:09 pm

    Precioso relato, felicidades

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      mireugen respondido:
      10 julio, 2021 en 5:48 pm

      Muchas gracias, Ainhoa!!! Feliz de que pases por Isla. Un abrazo

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    Ana Piera escribió:
    10 julio, 2021 en 6:46 pm

    Muy buen relato, con buen ritmo y mensaje. Me encantó lo de la fórmula del amor.

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    Josep Ma Panadés escribió:
    11 julio, 2021 en 7:29 am

    Esas pitonisas del tres al cuarto están mejor calladas, pues solo son capaces de malmeter y crear discordia. Al menos ahora el loro la retiene y le recuerda que todo lo que sale de su boca son mentiras, je,je.
    Un abrazo.
    P.D.- Permíteme una apreciación de concepto. Aunque no existe un acuerdo generalizado, un microrrelato (como tú calificas a este en la introducción) es un relato que no excede las 200-250 palabras y el tuyo supera las 1.000. En todo caso, yo lo calificaría como relato breve. Espero que no te moleste la aclaración.

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      mireugen respondido:
      11 julio, 2021 en 1:29 pm

      ¡Hola, Josep! Gracias por la aclaración. Tienes toda la razón, no se trata de un microrrelato sino de un relato breve. Perdón por la confusión, ya mismo lo cambio. Un abrazo

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    Doctor Krapp escribió:
    15 julio, 2021 en 4:38 pm

    Una hermosa fórmula que nos revela que las matemáticas cuánticas son la más bella poesía del universo. Déjame que me conmueva por Flora hay pensamiento mágico por mucho que le haya hecho algo ruín y miserable.Virginia al menos, tiene el apoyo de su racionalidad satisfecha.
    Un abrazo, Mirna.

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      mireugen respondido:
      16 julio, 2021 en 12:41 am

      Sí, Dr. Krapp, coincido con vos en que son fórmulas poéticas. Y con respecto a Flora, bueno, no sé si disculparla, por mucho pensamiento mágico que tenga, se le fue la mano. Un abrazo!

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