¿Viejos rencores?

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¡Hola, amigos! Hoy les ofrezco un texto que inicialmente iba a ser un cuento, pero no sé muy bien si se quedó a medio cuento o a media reflexión. En realidad, la historia parte de una noticia reciente, pero la he ficcionado como si le hubiera pasado a un personaje. ¡Bien podría haberle pasado a alguien! La cuestión se relaciona con la pandemia, más precisamente con las vacunas contra el Covid. Que si están aprobadas, que si no lo están. Y las medidas que se toman en función de eso. En fin, en todo caso es un relato que plantea una hipótesis. Ya me dirán qué les parece.

Siempre pensé que el amor era la fuerza más poderosa del mundo. Nadie se atreva a negarlo. No. Sin embargo… Últimamente, hay algunas cuestiones que escapan a mi lógica de enamorada perpetua de la vida. Y esas cuestiones no tienen nada que ver con las relaciones de amistad, de familia o las vicisitudes de un par de díscolos enamorados.

Todo inició con la pandemia o como la bauticé yo: la estupidemia. No crean que minimizo la enfermedad o sus efectos. Muy por el contrario, soy la primera en enarbolar el estandarte de los cuidados y precauciones. Mi apelativo se refiere más bien al origen dudoso del mal y a la administración de esta epidemia de proporciones “pan”. Tuve que recurrir al diccionario para cerciorarme de que no estaba equivocada: pan lejos de invocar al idílico dios de las brisas del atardecer y anochecer, hace referencia a un “todo” o “todos” que, sin embargo, no está siendo tenido tan en cuenta por todos, como debiera.

Sigo explicándome. Hace meses que estoy varada en Argentina. Tuve la suerte y la desgracia de viajar por temas laborales. Tuve la suerte, porque me reencontré con gente maravillosa. Debo aclarar que soy argentina emigrada a España hace varios años y pude visitar a mi familia de origen y a amigos que hacía mucho tiempo no veía. Tuve la desgracia, porque me pescó aquí la pandemia y mi estadía se prolongó más de lo esperado. Mi amor, mi pareja, allá, lejos, en España, me reclamaba cada semana y yo sin poder hacer planes, sujeta a las marchas y contramarchas de quienes administran el desastre con forma de virus.

¿Por qué a mí? Es una pregunta que muchas veces nos hacemos ante lo imprevisible. Pregunta sin respuesta, pregunta ociosa, si se quiere, porque no tiene solución. Pero pregunta ineludible cuando miramos al cielo en busca de una respuesta que apacigüe nuestro ánimo venido a menos.

Soy consciente de que hay quienes tienen una gran diversidad de reclamos. Estoy segura de que algunos son más vitales que los míos. Pero, cada cual se rasca donde le pica y en este caso, espero sean indulgentes con las pulgas que he pescado.

Mi amor allá, lejos, esperando. ¿Esperando? Todas las fantasías que se comienzan a tejer aún en las mentes de los más seguros, de los más confiados, comenzaron a asaltarme en sobresaltos de pulga amaestrada. Y yo aquí, leyendo los diarios internacionales para no perder el hilo de esta telaraña angustiante.

Y llegó la vacuna y con ello la emoción de una vuelta pronta y anhelada. Los latidos del corazón que anticipa el reencuentro se aceleraron y se sintieron más vibrantes, más tangibles. El recuerdo de la piel del ser amado se hizo tan vívido y tan necesario.

El amor pronto triunfaría, el amor que cruza el océano para juntar esas dos piezas que se separaron, como esos dijes en los que un corazón se parte al medio para que cada mitad sepa que está incompleta sin la otra.

Y el amor iba ganando, iba a completar su influencia bienhechora cuando apareció un nuevo inconveniente. Para ingresar al país, debía estar vacunada. No hay problema, me dije. Tengo edad suficiente para inscribirme en el plan de vacunación. Lo hago y me vuelvo. Eso hice. Mi nombre en la lista fue avanzando a medida que las dosis eran administradas. Fui siguiendo el derrotero de la convocatoria como quien espera llegar a la meta de una larga carrera de fondo. Llegó el día, me vacuné. Pasó el tiempo, y llegó la siguiente fecha y tuve la segunda dosis. Todo hacía pensar que el largo penar por la vuelta estaba llegando a su fin. Veía las puertas del aeropuerto abriéndose para acogerme, y como en una comedia romántica yo salía lanzada, a la carrera, hacia los brazos de mi amado.

Tengo que dejar de ver novelas rosas, lo sé. Tengo que aprender a leer mejor la realidad. Tengo que convencerme de que la estupidemia es un monstruo real y palpitante que puede contrarrestar las mejores intenciones, los más puros sentimientos.

No crean que me quejo en balde, que soy una quejosa insoportable. Es que hoy, la mañana es clara y fresca, invita a la fe y la esperanza. Pero hoy, con todo el sol a favor de la vida, abrí la computadora y me encontré con la noticia: ¡los vacunados con Sputnik no pueden ingresar a España!

Y aquí es donde van a entender el porqué de mi queja. ¡Maldita estupidemia que impide el olvido de viejos rencores políticos! Porque ¿qué es esto de que no está la vacuna aprobada aún? ¿Cómo puede ser? Me importa poco si son rusas, chinas o indias, si son públicas o privadas, si vienen de atrás o delante de la cortina de hierro que se supone que se cayó hace rato. ¡Son vacunas! ¡Son necesarias para la vida! ¡No son votos o aplausos para una u otra ideología!

Y yo sigo aquí, varada, como una ballena que encayó en la playa y no tiene hacia donde emitir su eco pidiendo auxilio, porque está fuera de su elemento. No entiendo la política y menos la internacional. Solo sé que no soy un bicho raro, muchos dependemos de las decisiones de estos señores que ponen reglas a su antojo para evitar o demorar las decisiones importantes. Pero sé que quiero volver con mi amor. Y como yo, mucha gente quiere muchas cosas, para empezar, quiere vivir. Yo quiero sentir que estoy donde pude o supe armar un pequeño nido con la esperanza de brindarle a la vida una nueva oportunidad de recrearse y redimirse. Tengo en mi interior la fuerza del amor y la estupidemia me hace sentir que no alcanza eso para mejorar el mundo. ¿O algo de amor a la Humanidad les queda a los que administran todo este desastre?

Todos nos merecemos vivir, estar sanos, amar, morir dignamente, no importa el idioma que hablemos o la parte del planeta que habitemos. Todos. Y no es que no exista la palabra que designa el amor a la Humanidad, todos conocemos la vieja y vapuleada “filantropía”. ¿Será que la olvidamos? ¿Será que falta en algunos diccionarios? ¿O será que necesita ser reemplazada por alguna palabra más moderna que nos aleje del estereotipo de viejos ricos que donan dinero que no necesitan o usan para pagar menos impuestos?

Podríamos probar con alguna palabra que empiece con pan… panamor, pancuidado, pancolaboración… quizás el día que la encuentre se produzca el milagro de que todos comprendan que hay panes buenos y panes malos, pero, en cualquier caso, siempre, pero siempre, nos involucra a todos, sea donde fuere que se haya fabricado la vacuna que nos pusieron.

(C) Meg

7 comentarios sobre “¿Viejos rencores?

    Mik Way .T escribió:
    29 mayo, 2021 en 8:37 am

    Hola Mire, leo, y sea cuento o sea relato, por desgracia los hechos demuestran que no hay otro pan, que el que algunos no valoran y se pone sobre la mesa, y el que antecede a “demia”. La política, no entiende de amor, y los intereses económicos, solo lo conciben si pueden transformarlo en un producto que genere beneficios. Son muchas las voces que claman contra los animales hacinados en granjas, para se explotados industrialmente, maximizar su productividad, y obtener beneficios de ellos; en las listas donde figuran esos tristes animales, hecho a faltar nuestra especie. Somos así, somos eso, así es como nos conciben los poderes políticos y económicos, y lo peor es que además cuentan con la fidelidad y la fe de la mayoría. “El amor debería gobernar el mundo”, dices esto y te toman por un ingenuo; “el amor debería ser la única moneda de curso legal”, dices esto y solo eres un utópico. Bueno es el mundo en el que vivimos, nos gobierna un atajo de idiotas a las órdenes de un selecto grupo de psicópatas, puede que cambie algun día si lo que tu acabas de escribir se convierte en bandera de las mayorías. Espero que soluciones pronto tu situación, y el amor se imponga, y por fin tu periplo llegue a buen puerto. Un gran abrazo, saludos¡¡¡

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      Mirna Gennaro escribió:
      29 mayo, 2021 en 12:35 pm

      Hola Mik. Gracias por dejar tus comentarios. Como dije antes, el relato es una ficción sobre la base de una realidad. Hay problemas para que aprueben las vacunas rusas. No sé si el problema está del lado ruso o del otro. Desconozco esos detalles. Lo que me parece es que hay algo que huele a viejas rencillas y esta impidiendo que la cosa avance.
      Un abrazo

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    JM escribió:
    29 mayo, 2021 en 9:26 am

    Cuidate😚

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    Cabrónidas escribió:
    30 mayo, 2021 en 10:16 am

    Queda una certeza: antes de la pandemia la población mundial ya era gilipollas y lo seguirá siendo después de ella. Hace falta mucho más que un virus para acabar con tanta idiotez y con tanto hijo de puta.

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      mireugen respondido:
      30 mayo, 2021 en 12:23 pm

      Sí, es totalmente cierto lo que dices, Cabrónidas. El virus no nos afecta la mente (creo) o por lo menos no la inteligencia y si lo hace, es para peor, seguro Un abrazo

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    Doctor Krapp escribió:
    4 junio, 2021 en 10:47 am

    Un texto muy lúcido que habla de algo tan cercano que produce inquietud. Aquí los negacionistas llaman a esto plandemia, está usada para defender sus intereses pero es una palabra adecuada para ciertas cosas que están pasando. Recuerda que a veces el pan es sinónimo de pánico.
    Un abrazo

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      mireugen respondido:
      4 junio, 2021 en 11:31 pm

      Gracias, Dr. Krapp! Muy agradecida por tus aportes que son siempre interesantes. Tuve que buscar la etimología de la palabra pánico. Y encontré que deriva del terror que infundió el dios Pan en sus enemigos. Acá no se sabe bien quién es el enemigo. A veces los supuestos amigos hacen cosas que parecen hechas por el enemigo. En fin, paradojas…
      Un abrazo

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