La selva perdida

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¡Hola, amigos! Hoy no es un día habitual de publicación, y esto es así porque tenemos en Isla la presencia de un gran pintor. Su nombre es Oscar Núñez, quien además, hoy cumple años y le mando un gran abrazo. Él nos ha prestado las imágenes que acompañan el relato que sigue. Oscar, si bien nació en Argentina, reside en Inglaterra, desde allí despliega su obra y la ofrece a quienes la deseen adquirir. Por eso, más allá del relato, que nació a partir de la contemplación de sus óleos y espero que les guste, los invito a apreciar el trabajo pictórico que es sencillamente soberbio.

Semanas atrás, se había puesto en funcionamiento el satélite D-War. Como su nombre lo indica, su propósito era bélico y llevaba a bordo algunas armas novedosas. Desde hacía tiempo, algunos países habían sentido la necesidad de proteger sus fronteras desde el espacio y las últimas pruebas incluían descargas de radiaciones letales sobre ciertas zonas menos pobladas como las cercanas a desiertos o selvas no habitadas. Los puntos de prueba estaban situados en países tercermundistas, los que por densidad poblacional y por mal criterio de sus autoridades cedieron espacios para recibir desechos radiactivos a cambio de ayudas económicas o, en este caso concreto, disparos de radiaciones a cambio de armamentos.

Pero un desperfecto en el D-War generó un disparo fuera del rango esperado. Los rayos cayeron en una zona no autorizada de Kenia. El resultado había sido el incendio y la destrucción de una parte de la selva, la muerte de animales, la pérdida de áreas de cultivo cercanas y contaminación de aguas.

Las autoridades del país minimizaron el suceso. En definitiva, habían sido unos pocos centenares de metros cuadrados los afectados. Enviaron representantes militares a evaluar la región afectada, pero estos no hicieron mucho más que tomar notas de los niveles radiactivos y reportarlos.

Un grupo de científicos de la Universidad de Nairobi se desplazó inmediatamente a la zona. Tamara, bióloga y veterinaria, llevaba una preocupación adicional, su hermana Ivana se encontraba en la región justo en el momento de la descarga radiactiva. Había ido a pasar el día guiando un safari fotográfico y no se habían recibido noticias de ella o de su grupo.

Hacía varios días que Tamara y su compañero de trabajo, Joel, recorrían lo que había quedado de la selva. Pocos especímenes vegetales habían sobrevivido a la enorme afluencia de radiaciones. Los rayos dejaron la superficie enrojecida, agrietada y con llagas, como la piel de un quemado de gravedad.

Tamara y sus colegas recorrieron el desastre, enfundados en trajes a prueba de radiaciones. Debían hacer un inventario de las pérdidas biológicas, reconocer las especies sobrevivientes y, sobre todo, ayudar a los animales vivos, si es que los había, a migrar hacia sitios no contaminados o al hospital veterinario. Ella y el resto del equipo se habían dividido en parejas para barrer toda la zona. Se comunicaban por radio cada vez que hacían un hallazgo. Así pudieron saber que no había rastros de animales vivos en el “cuadrado del infierno”, como le decían. Ni siquiera había rastros de animales acuáticos, que sucumbieron como si el agua hubiera entrado en ebullición. Las aves que pudieron se fueron, pero algunas no llegaron muy lejos, se encontraban dispersas sobre el suelo como un reguero de plumas blancas.

Esa parte de la selva se había convertido en un sepulcro a cielo abierto. Ni Tarzán hubiera podido luchar contra la invasión radiactiva, ni Jane hubiera podido rescatar ese pedazo de paraíso en la Tierra, esa reserva de vida. Ahora estaba diezmada, ¿qué digo? No quedaba más que una enclenque vegetación chamuscada que amenazaba con caerse como los pelos de una cabeza tras una quimioterapia.

Tamara terminó su recorrido. Envió el inventario a través de su tableta. Se acercó a una piedra y se detuvo a beber agua de su cantimplora. Aprovechó el momento de descanso para preguntar a sus compañeros si habían encontrado rastros de su hermana.

No había novedades hasta el momento y Tamara junto a Joel siguieron recorriendo el lugar. Cuando divisaron una manada de cebras, se acercaron despacio a tomar muestras radiactivas. Las mediciones eran altas. Los animales no se movían, estaban debilitados. Intentaron arriarlos como se hace con el ganado, pero solo consiguieron que cayeran sobre sus patas y les brindaran el brutal espectáculo de la lenta agonía.

─No quiero ver esto ─decía Tamara.

─Hay que seguir buscando. Debe haberse salvado uno, por lo menos, y lo encontraremos ─respondía Joel.

Kilómetros más adelante avistaron unas garzas. Se encontraban a orillas de una laguna, visiblemente deterioradas, las plumas esparcidas por el suelo como migajas de un maná que fue desperdiciado. Siguieron recorriendo la desolación. El cielo volvía a colorearse de sangre y el equipo debía retornar al campamento.

La noticia le llegó a Tamara en medio de cortes e interferencias en la radio. Los cuerpos de su hermana y quienes la acompañaban se encontraban a orillas de uno de los lagos. Al parecer no solo habían recibido el humo del incendio venenoso, también habían bebido agua contaminada y el efecto había sido irreparable e inmediato.

Tamara sufrió un mareo, luego una convulsión que se detuvo al recibir ayuda de Joel. Tuvo que permanecer un rato con la cabeza entre las rodillas, porque le bajó la presión y no podía tenerse en pie.

Tamara no podía pensar. Lloró el llanto de la selva y de la familia. Lloró las lágrimas de la tecnología vuelta en contra de su creador. Pasó un rato así, hasta que, superponiéndose a su llanto escuchó un rugido lejano. Se dio vuelta hacia la fuente de sonido. En esa dirección comenzaba un monte a cuyos pies había algunas cuevas.

Como pudo se repuso y junto a Joel caminó con el arma de dardos tranquilizantes en la mano. Sintieron latir una esperanza. Se acercaron tratando de no hacer ruidos, de no espantar lo que fuera que hubiera allí. Al llegar a la boca de la cueva él encendió la linterna. Ella debía seguir apuntando, por precaución. Un bulto oscuro se fue iluminando de a poco. Ante su sorpresa divisaron un chimpancé hembra que abrazaba a un cachorro de león en actitud defensiva.

Tamara no pudo contener la emoción y corrió a su encuentro. El pequeño león se dejó alcanzar; la chimpancé se apartó.

Tamara seguía llorando con el pequeño entre sus brazos. Así estuvieron un buen rato, hasta que Joel intervino para hacerla ver que ya no quedaba luz y debían volver llevando los animales. Durmieron a ambos y con trabajo los cargaron en el camión. Con la preciosa carga volvieron al lugar de reencuentro, fuera de la zona de exclusión que habían delimitado.

Al llegar al campamento, bajaron los animales. Se tomaron fotos y festejaron el rescate. Les pasaron el medidor de radiaciones y, de milagro, no estaban contaminados. Pero Tamara estaba aturdida, sentía esa dualidad que da la confluencia de la tristeza y la alegría. Deseaba hacer su duelo, pero no podía. Deseaba festejar, pero no podía. Andaba con la cara larga y los ojos húmedos.

La foto en la que aparecía Tamara junto a sus dos cachorros rescatados fue pasando a sus compañeros de trabajo y luego llegó a amigos y muchos más. Esa foto terminó dando la vuelta al mundo de celular en celular y apareció en varios periódicos que se sumaron a los que festejaban.

Al día siguiente volvieron al lugar del hallazgo. Tamara estaba empecinada en encontrar a la familia del cachorro león. Su necesidad rayaba la obsesión. Recorrieron cada palmo de tierra con minuciosidad. Ella estaba segura. Ella lo necesitaba. Pasaron horas antes de decidirse a abandonar la búsqueda, pero al pasar el sol por entre las montañas, notaron nuevas huellas. Se hallaban cerca de la cueva del día anterior. Se apresuraron. Con los rifles de dardos se aprestaron a sorprenderlos. Se oían unos rugidos. No parecían de animales enfermos, eran fuertes y claros. Unos pasos más entre las rocas y allí estaban: una leona y otros dos cachorros. Pero había algo más, un gorila. El primate les había cercado la salida de la cueva. Allí estaban todos, como si se tratase de un rescate entre ellos mismos. El gorila se veía en malas condiciones, los leones no. Tamara y Joel durmieron a los adultos. Pasaron a todos por el medidor de radiación. El gorila estaba muy afectado, pero decidieron llevarlo igual, intentarían salvarlo.

Y emprendieron el regreso hacia la civilización.

Un par de días después, cuando la locura de la búsqueda terminó, Tamara volvió a su casa, en Nairobi. Sus fotos habían dado la vuelta al mundo proporcionándole una fama que no le sabía a triunfo.

Varios reporteros de periódicos se agolpaban en la puerta de su domicilio para obtener una declaración. Querían saber qué se sentía hacer su trabajo, qué se sentía poder recuperar a unos cachorros sobrevivientes, qué se sentía tener esperanzas en recuperar la selva perdida.

Tamara los miró moviendo la cabeza y solo hizo una declaración, les dijo:

─¿La selva perdida? La selva perdida no está aquí ─dijo señalando hacia la jungla─. La selva perdida está aquí ─y se señaló la cabeza─. Los animales saben, mejor que nosotros, conservar la naturaleza. Deberíamos aprender de ellos.

Sus palabras recorrieron los diarios. Mucha gente no entendió lo que ella quiso decir. Otros pensaron que exageraba, si solo se habían perdido unas hectáreas. Otros, que alcanzaba con apoyar movimientos naturalistas. Muy pocos sintieron que debían hacer más fuerza para integrar los cuerpos de legisladores que impidieran el desarrollo de experimentos bélicos.

Al día siguiente, Tamara concurrió al funeral de su hermana y los pasajeros del safari. Sus compañeros estuvieron allí con ella, brindándole apoyo. Un par de autoridades se hicieron presentes, para hacer ver que el gobierno ofrecía sus respetos. Todo se realizó en el más ominoso silencio, quebrado solo por el llanto de algunos. Lloraban por las víctimas, por la selva perdida, y su llanto se escuchaba como rugidos de león en la noche, en medio de la sabana.

(C) Meg

4 comentarios sobre “La selva perdida

    Josep Ma Panadés escribió:
    27 abril, 2021 en 8:32 am

    Un bello relato en defensa de la naturaleza, esa que muchos humanos no respetan y que hipócritamente dicen defender. Todos los daños y agresiones a la naturaleza se minimizan, dando a entender que no tienen un efecto global, cuando no es así. Solo tenemos que recordar el desastre nuclear de Chernobil, tras el que murieron miles de trabajadores y ciudadanos, mientras el gobierno ruso, aun hoy en dia, dice que solo fueron unos cientos.
    Las imágenes de Oscar Núñez son preciosas.
    Un abrazo.

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      mireugen respondido:
      27 abril, 2021 en 11:12 am

      Hola, Josep. Pareciera que la Naturaleza fuera infinita, pero no es así y muchos no se dan cuenta o no quieren darse cuenta de que hay que cambiar hábitos. Una vez leí que nuestra era en la Tierra se va a identificar como la de la basura. Hemos generado tantos desechos que eso es lo principal que identifica nuestra época. Es muy triste.
      Un abrazo

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    davidrubios escribió:
    30 abril, 2021 en 7:54 am

    ¡Hola, Mirna! Estupendo relato en el que me ha gustado especialmente esa respuesta final de Tamara, cuando dice que la selva perdida está en la cabeza. Y es que nuestra civilización, ahora que cuenta con una capacidad destructiva sin parangón en la historia del planeta, debería reflexionar sobre su idea de progreso tecnológico. Un debate más profundo que la mera discusión entre energías fósiles, radioactivas o renovables. Sea cual sea el modelo energético, lo preocupante es que la necesidad de energía aumenta día a día, casi en una progresión geométrica. Parece que nunca tenemos suficiente, que el progreso es la meta necesaria de nuestra civilización y ello hará que el consumo de recursos sea insostenible hasta que nos demos cuenta de que la creación nos ha dado un hogar único, el único en el que podemos vivir, como poco, en una distancia de 4,5 millones de años luz. Un fuerte abrazo!

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      mireugen respondido:
      30 abril, 2021 en 11:37 am

      Hola, David! Es muy cierto lo que dices, parece que siempre hay un motivo para seguir innovando en armamentos. Si no es para defensa entre países será para un posible ataque extraterrestre. Pero siempre hay una excusa para más armas. Es muy triste que tanta tecnología no cambie un poco la mentalidad. Y nuestros chicos crecen con juegos de guerra, como si fuera lo más normal del mundo. ¿Dónde iremos a parar?
      Un abrazo

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