Una sopa y un hueso

Posted on Actualizado enn

¡Hola, amigos! Hoy les comparto un relato que salió en la revista digital http://www.elnarratorio.blogspot.com nro. 60.

Se trata de una historia en la que un hombre y su amigo de cuatro patas nos muestran una realidad que afecta a mucha gente. Sobre todo, en estas épocas de pandemia, en las que las cuestiones económicas han llevado a extremos de pobreza mayores a los habituales.

No quiero anticiparme al relato. Espero que lo lean y que, si pueden, me dejen su opinión.

Pueden hacer click en la imagen y viajar a la revista digital (que está muy buena, les anticipo) o leer la historia aquí mismo, a continuación.

Juan miraba hacia la puerta como si esta tuviera un poder hipnótico que lo atraía. No estaba pensando en irse lejos o en atravesar el umbral a un nuevo mundo o una nueva vida. No. Solo pensaba en una manera de conseguir que esa noche toda su familia tuviera algo para comer; toda la familia, incluido su perro. Y esa premisa era más de lo que podía afrontar con las magras changas que podía hacer durante la cuarentena.

Nunca antes había tenido que pasar hambre. A veces vendía más, a veces menos, pero siempre había tenido comida sobre la mesa. Él era de esos que se las rebuscan en la parada de los colectivos y a la salida de los colegios. Generalmente ofrecía golosinas. Pero, ahora, había menos gente desplazándose hacia el trabajo y los chicos no iban a la escuela. Así que no le quedó otra alternativa más que reemplazar los dulces por barbijos, pero había demasiada competencia.

Juan no cobraba un plan del gobierno. Su esposa trabajaba en una empresa de personal de limpieza. Pero ella había sido despedida dos meses atrás, por falta de trabajo, y aún no le habían pagado la indemnización. El subsidio por desempleo no llegaba. El paliativo del gobierno no alcanzaba. Había que comprar medicamentos, leche, comida y tantas cosas.

Con más o con menos, su compañero de viaje, Chilo, lo seguía a todos lados. La última noche no había tenido más que un hueso de caracú sin carne, para darle. Y la anterior, apenas un pan duro. Por eso, ahora, miraba hacia la puerta pensando si liberar a su perro podría ser la respuesta para sacarse de encima la pena y la culpa por no tener nada con qué alimentarlo.

Pero no se decidía. Le dolía pensar que Chilo, su viejo Chilo, estaría solo, se sentiría abandonado, quizás no supiera escudriñar en la basura o lo apedrearan por molestar a alguien. Por eso respiró hondo y le dijo a su mujer, Carola, que volvía después de las nueve y salió con Chilo tras él.

Caminó treinta cuadras. Ya las conocía de memoria. Era el camino que hacía para ir a la estación, cuando no venía el bondi. A esa hora el colectivo no venía tan seguido, y, aunque hubiera venido, él no tenía carga en la tarjeta Sube y, además, no podía viajar con el perro. La noche estaba fría, les salía humo de la nariz y de la boca. Chilo trotaba y movía la cola, como conjurando el frío. Juan lo veía contento y pensaba que pobre inocente.

Al llegar a la estación, se fueron para la barrera de Boedo. Allí se juntaba gente de distintas organizaciones a dar de comer a personas en situación de calle. Los parroquianos lo miraron de arriba abajo. Lo conocían de pasada, cuando andaba ofreciendo galletitas o alfajores. Alguno preguntó que qué hacía por allí y otro respondió que no tenía necesidad de dar explicaciones, que todos eran bienvenidos. Pero unos y otros se quedaron de una pieza cuando le dio la mitad de su plato de sopa de lentejas a su perro.

Un hombre alto y de barba larga se metió la mano en el bolsillo y sacó un pedazo de papel, Que lo agarrara, que ahí estaba la dirección de un albergue. Que no hacía falta, gracias, que no necesitaba donde pasar la noche. Que no, boludo, que era para el rope, porque no podía traer todas las noches al bicho, cuando los humanos no podían repetir el plato o no alcanzaba para nadie más. Juan miró para abajo, apenado. Que no se preocupara, que no volvería a pasar. Pero el hombre alto le tocó el hombro y lo miró a los ojos con esa luz comprensiva que tienen los que saben de penurias.

Chilo anduvo oliendo todos los zapatos. Después comió lentejas y ni siquiera se quejó por la falta de hueso. Pero Juan sabía que le estaba faltando algo y se despidió del grupo, agradeciendo. Siguió camino hacia una pollería. Allí, en la puerta, Juan tomó una de las bolsas de residuos y la abrió, dispuesto a descubrir si su intuición lo había guiado bien hacia los huesos. Le hizo oler a Chilo y le mandó que buscara en la otra. Una señora que pasaba lo miró con asco. Murmuró algo sobre las buenas maneras de las mascotas y el espacio público.

Juan estaba desesperado. No quería hacer lo que iba a hacer. Pero no tenía salida. O lo dejaba en la calle libre, vagabundo, pero con posibilidad de verlo, o iba hasta ese albergue para perros y lo dejaba en compañía de otros perros abandonados. De cualquiera de las dos maneras, iba a tener que responder ante sus hijos, ante su esposa y ante sí mismo.

Se decidió por lo segundo. Siguió caminando con el can a su lado y recorrieron otras treinta cuadras camino al refugio. Llegaron cuando eran casi las nueve de la noche. Los atendió una mujer que parecía algo perruna por el flequillo larguísimo y a quien no alcanzaba a oír, debido a los ladridos de fondo. Que sí, que no, que no podía, que más adelante. Una especie de interrogatorio que desgarraba y que dolía casi lo hace lagrimear. Que cómo lo iba a dejar, que ya estaba acostumbrado. Que donde comen dos, comen tres. La mujer no cedió. Que no tenía espacio, no le alcanzaban los medios, que no tenía corazón para sacarle comida a unos y dársela a otro. Juan comprendió que no había sido una buena idea ir a ese lugar y marchó con Chilo de nuevo a su casa.

Carola lo esperaba con unos mates calientes. Lo vio entrar pateando su cara y le dio un abrazo. Que dónde estaba Chilo. Que ahí, afuera, no había tenido corazón. Que no se preocupara, que al otro día habría más. Que no sabía, que el invierno se estaba haciendo demasiado largo.

Los chicos jugaban con Chilo y el perro les lamía la cara. No se podía saber si estaba tan contento porque había intuido su salvación. Juan sonrió apenas y se dijo que ya se le ocurriría algo más.

La noche siguiente, Chilo tuvo un lugar a la mesa y comió la comida de Juan y las migas que cayeron al piso. Los chicos preguntaban que dónde estaba el papá y la madre les decía que había tenido que hacer, que volvería pronto. Esa noche y las siguientes, Juan estuvo en la barrera dispuesto a recibir su plato de sopa de lentejas. El hombre alto lo miraba y le daba palmaditas en la espalda. Que ojalá muchos aprendieran a querer a las personas como Juan quería a su perro.

(C) Meg

2 comentarios sobre “Una sopa y un hueso

    Mik Way .T escribió:
    16 mayo, 2021 en 10:58 am

    Hola Mirna, he disfrutado mucho con la lectura del relato, escenificando en mi mente toda la historia, y su contenido; ese tipo de amor, de lealtad, escasea y hacerlo valer con una narrativa tan bella, es de agradecer para cualquier lector. Un gran abrazo¡¡¡

    Me gusta

      mireugen respondido:
      16 mayo, 2021 en 11:05 am

      Hola, Mik. Te agradezco mucho tu valoración. Da gusto que encuentre lectores tan atentos. Un abrazo

      Le gusta a 1 persona

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s