Cumplir una prenda – relato

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¡Hola, amigos! Hoy vamos a internarnos en una historia que tiene algo de terror o de horror. Muchos temerán a los personajes acuáticos que aparecerán en estas páginas. Sin embargo, hay algo peor que los peligros externos. Hay un mundo inexplicable, inmenso y misterioso que se esconde en el interior humano. A veces aflora de maneras que nunca hubiéramos imaginado.

Los dejo con el relato.

La luz se cortó a la medianoche. Juan, Ignacio y Pablo se encontraban en medio de una partida de póker. Habían estado apostando sus medallas de natación. Los tres eran nadadores expertos. Sin embargo, esa velada, se darían cuenta de que ningún galardón los protegía de los instintos dormidos que afloran cuando menos se lo espera.

Ignacio iba ganando. Había acumulado tres medallas: dos de Pablo y una de Juan, además de las tres propias que mantenía. Las había de distintos valores: la dorada valía dos plateadas, y estas últimas, dos de bronce. Pero el propósito del juego no era obtener más valores, sino probar si los perdedores tenían el valor de hacer algo que desafiaba sus capacidades.

El ganador podía elegir la prenda que deberían cumplir los otros dos. Y esa noche, sentado a la mesa del comedor de su casa, Ignacio comenzó a disfrutar anticipadamente el resultado que lo favorecía.

El comedor donde se encontraban era un lugar agradable. La mesa de vidrio se encontraba en el centro. Cerca de la ventana había un par de cómodos sillones de cuero y una mesa ratona con una lámpara de cristal. Pero lo más llamativo del lugar era la gran pecera en la que Ignacio mantenía unas pirañas. Las había traído de su último viaje al Amazonas y sentía una gran atracción por ver cómo las pequeñas dientudas devoraban la carne de pescado, de vaca o de pollo que él les arrojaba.

Juan y Pablo no sentían ninguna simpatía por esos animales. Cuando Ignacio les quiso mostrar sus habilidades, ambos se negaron.

–Debe ser como ver comer a mi tío Ernesto –comentó Juan y todos rieron, porque recordaban los dientes desparejos de su tío.

Pero una chispa de malignidad se encendió en los ojos de Ignacio. En ese momento estuvo decidida la prenda que daría a los otros.

El juego se inició y, poco a poco, el dueño de casa fue ganando ventajas. Juan bebía cerveza sin control. Pablo disfrutaba la liviandad de un porro. Ambos se sentían con suerte y no se preocupaban por el resultado adverso. Más bien confiaban que la prenda sería algo de lo que los tres reirían por semanas.

Pero la luz se cortó y decidieron que el ganador sería el que llevaba ventaja hasta ese momento. No tenía caso prolongarlo. Debían entregarse a su suerte.

Ignacio explicó en qué consistía la prueba que debían realizar los otros.

─Liberaré dos pirañas en la pileta y ustedes deberán hacer dos largos completos.

Juan y Pablo se miraron divertidos. Creían que su amigo Ignacio estaba jugando. Pero no. Él los miraba con gesto muy serio y esperó a que ellos aceptaran la prenda.

─¡No podemos hacer eso! Esos animales son peligrosos. ¿Qué pretendés? ─exclamó Juan.

Pero Ignacio seguía imperturbable, exigiendo con su silencio que cumplieran su parte.

Al final, Pablo, el más relajado por los efectos del porro, se encogió de hombros y se dirigió a la pileta quitándose la camisa. Juan lo siguió, repitiendo que no lo haría. E Ignacio tomó la red y pescó a los dos animales que pondrían a prueba la velocidad de sus amigos en el agua.

La luna apenas alumbraba y se reflejaba en las leves ondas del agua. Los vecinos dormían y solo se escuchaba un perro, a la distancia, que parecía estar anunciando una muerte. Los amigos se reunieron a la orilla de la pileta semi-olímpica. Ignacio sonreía. Pablo exageraba sus dotes de nadador. Juan trataba de disuadirlo.

Ignacio liberó a las pirañas. Los peces se sintieron a sus anchas y se perdieron bajo el espejo de agua.

─Una apuesta se debe honrar ─dijo Ignacio, mirando a Juan.

─No, si jugás con un loco.

─Vamos… ¿qué puede pasar? Son solo dos.

─Aunque fuera una sola. Yo no me arriesgo.

Eran tres sombras a la orilla del agua. Ignacio estaba ansioso y se movía de un lado a otro. Sin previo aviso, Pablo se lanzó al agua y comenzó a bracear.

Juan no le quitó los ojos de encima. Vio cómo llegaba al otro extremo y se disponía a volver luego de una vuelta americana.

Al llegar a la mitad de la pileta, Pablo se detuvo, había sido alcanzado por un animal. Comenzó a luchar con él pateándolo para que no lo lastimara, pero el pez hundió sus dientes en la parte interna de una pierna y no lo soltó.

Cuando la sangre de la arteria comenzó a salir, Pablo no sintió dolor. Su consciencia se fue perdiendo lentamente. Juan, desde la orilla gritaba, lo alentaba para que siguiera nadando. Ignacio reía, descontrolado, hubiera deseado que volviera la luz para observar mejor su obra.

La luz volvió de pronto y el agua mostró una mancha roja enorme. Pablo había desaparecido bajo ella.

Juan miró a Ignacio que seguía retorciéndose de gozo. Entonces no dijo nada. Corrió al interior de la casa, tomó la red y pescó otras pirañas en la pecera. Las llevó hasta la piscina y las arrojó al agua. Luego empujó a Ignacio, haciéndolo caer tan pesadamente que salpicó a Juan con el agua manchada de sangre.

Algunas personas se saben asesinos. Otras no imaginan que se convertirán en uno, no saben qué estímulo puede liberar al monstruo que hay dentro. Juan supo que en ese momento algo se revolvió en su interior, necesitaba dar rienda suelta a sus instintos dormidos de depredador.

(C) Meg

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