La policía del pensamiento

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¡Hola, amigos! Comencé a escribir esta entrada pensando en participar de un reto convocado por #PCEUDOCUENTOS que conmemora los 100 años de la obra Policía del pensamiento de George Orwell. Pero… como sucede a veces, uno quiere escribir un microrrelato y, en su lugar, sale un cuento. Y como no me gusta llevarle mucho la contra a la Sra. Inspiración, más que nada por cábala, para que no se enoje, se de media vuelta y se marche, acá les traigo este cuento. Espero que les guste.

LA POLICIA DEL PENSAMIENTO

La pantalla de la computadora de Ariadna mostraba un rostro. Era justamente el rostro de aquél que le estaba absorbiendo los pensamientos. Debía hacer algo o sería su fin.

Ariadna se pasaba las horas pensando en un amigo. Era un amigo muy especial, uno al que la unía un gran cariño y al que había recuperado después de mucho tiempo. Desde que volvieron a verse, ya no lo veía como amigo, le despertaba otras sensaciones y emociones. Pero no le había dicho nada a él. Un poco por pudor, otro poco por precaución. No sabía si a él le estaban pasando las mismas cosas que a ella.

Sin embargo, en Ciudad Jardín, donde vivían ambos, había una legislación muy severa. No se podían tener fantasías románticas de ningún tipo y para custodiar el cumplimiento de la ley, las computadoras hogareñas tenían un detector de ondas cerebrales que traducía las imágenes mentales en dibujos en dos dimensiones. Cualquier persona que se repitiera muchas veces en la mente de alguien era considerada una obsesión amorosa y, como tal, debía ser castigada.

Cuando Ariadna vio que la cara de su amigo tomaba forma y se iba pareciendo cada vez más a él y que, encima, se iba coloreando con tonalidades rojas que denotaban su creciente pasión, quiso romper la máquina. Porque lo que seguía a esa detección era un reporte a la central de Policía. Y ellos, los cascos negros o los cuervos, como le decía la gente común, luego pasaban a buscar al infractor y lo ponían en custodia hasta que eran reprogramados.

El proceso de reprogramación era simple e indoloro, pero, muchas veces, tenía efectos colaterales. Ariadna conocía a un par de personas a quienes les habían convertido en seres irritantes, que gritaban por cualquier cosa y que no escuchaban bien. Ella no podía imaginarse en esa situación. Ir por la calle y comenzar a gritarle a un vecino o a un perro o a un dron. Cualquier cosa despertaba la irritación del afectado y tenía como efecto el carcajeo general de las personas que se hallaran cerca. Porque, para más datos, en Ciudad Jardín, todo comportamiento fuera de la norma era motivo de burla.

Así es que Ariadna tomó una lámpara de pie y comenzó a golpear la computadora. Tenía que hacerlo antes de que la imagen estuviera completa y volara a través de las ondas al computador central. Pero el aparato, de titanio y aleaciones, ofrecía resistencia de diamante y ella no logró su propósito. No le quedaban muchas opciones, solo huir.

¿A dónde iría? La policía del pensamiento tenía radares. Se escabulló por los fondos de la ciudad. Llegó al límite de la ciudad, donde un gran paredón metálico se erguía impidiendo el ingreso de cualquier onda externa. Porque, también he de decir que, en Ciudad Jardín, no estaban permitidos pensamientos extranjeros. Todo estaba regulado según gustos locales.

Miró hacia arriba. Era imposible escalar ese monstruo liso y resbaloso. Abajo, solo un topo podría escarbar para pasar del otro lado. Ariadna estaba atrapada dentro de la ciudad. Las grandes puertas metálicas solo se abrían para dejar pasar alimentos y materias primas permitidas.

Volvió a su casa. No entró, se quedó en la esquina. Pasó un hombre junto a ella. La miró y esbozó una sonrisa de lado. Pareció adivinar que ella se encontraba en un aprieto y, por lo mismo, le pareció gracioso. Otros vecinos no tardaron en aparecer. La miraban y la señalaban. Se reunieron alrededor de ella, que ya no pudo escapar. Se reían con las manos apoyadas sobre la panza. Se reían a más no poder. Lo que no había logrado la policía del pensamiento, lo habían logrado los vecinos, deseosos de mofarse de alguien que había intentado violar las normas.

Entonces tuvo una idea y llamó a su amigo. Le advirtió que estaba pasando algo, que quizás se vería afectado. El amigo no entendía, no podía imaginar que estaba involucrado en los pensamientos románticos de ella. Él no había tenido los mismos pensamientos hacia ella. Por ese motivo se rio y lo hizo tan fuerte que a ella se le cayó el teléfono de las manos.

Ahora comprendía lo que significaba violar las normas de Ciudad Jardín. Era sentirse sola y aislada, objeto de burlas y rechazos. Pero, en lugar de desmoronarse, tomó una decisión. Se abrió paso entre la gente, caminó hacia el comando y se presentó ante la autoridad policial.

─Vengo a entregarme, he violado una norma.

El policía de turno iba a reír, pero al escuchar la declaración no supo qué hacer. Se quedó mirándola un momento y luego comenzó a buscar en su computadora. No había ninguna instrucción, ningún procedimiento previsto para esas situaciones. Lo normal era que los culpables huyeran y quedaran electrocutados por las barreras de salida o que fueran atrapados, negaran lo innegable y fueran a la cárcel.

El oficial le pidió a Ariadna que lo esperara y fue en busca de su jefe. Ninguno de los dos encontró en el manual qué se hacía en esas situaciones. Tendrían que recurrir a una autoridad mayor.

Ariadna seguía sentada en la sala de espera del comando. Pasaban las horas y nadie le decía nada. Ella solo veía movimiento. Entraban salían, hacían llamadas y más llamadas, como si las respuestas a las preguntas estuvieran custodiadas en una bóveda central. Al caer la noche, el primer oficial apareció con una bandeja y le ofreció comida. Ella aceptó y comió de buen grado. Luego preguntó por el baño y se ausentó un momento.

Al volver, el jefe le explicó que tendría que pasar la noche allí. Le ofrecieron una cama cómoda y un libro de procedimientos como buena lectura nocturna, previa al sueño.

A la mañana siguiente, Ariadna despertó y se vio observada por un hombre de bigotes blancos y anteojos dorados. Él la miraba como se mira un insecto minúsculo, achicando los ojos y arrugando el entrecejo. Pronto le comunicó en un idioma de leyes y decretos que su caso no estaba contemplado en la legislación vigente. Por tal motivo, como el vacío legal la favorecía, podría volver a su casa y continuar con su vida. También podía optar por salir de Ciudad Jardín y no volver más, porque, en realidad, los había puesto en ridículo a ellos y si ella comentaba su caso con la demás gente, el gobierno podía sufrir un grave golpe.

Ariadna lo pensó un rato y dijo:

─Prefiero quedarme. Aquí está todo lo que necesito.

El hombre de los bigotes, que no era otro que un magistrado, se ofuscó mucho y se le doblaron las puntas de lo bigotes hacia abajo. Él esperaba que Ariadna quisiera salir, de esa forma la acusarían de querer huir de la ciudad. Pero ella no cayó en la trampa, como tampoco cayó cuando él le ofreció un trato para no divulgar lo ocurrido a cambio de una suma de dinero.

─No es posible ─dijo el magistrado. No es posible que una persona que experimenta sentimientos por otra sea incorruptible. Esto no está previsto en las leyes, no es posible. Usted ha roto una larga tradición legal.

Ariadna fue puesta en libertad, no sin una advertencia. Debía desistir de sus pensamientos y, sobre todo, de contar cómo se había librado de la cárcel.

Los policías se quedaron revisando normas, decretos, ordenanzas y demás cuerpos legales, con la esperanza de encontrar algún motivo para atrapar a la infractora que se había entregado voluntariamente, reconocido su crimen.

El magistrado, por su parte, comenzó a sentir lo que sentían los acusados. Todas las risas de la gente se le agolpaban en su cabeza. Sus sentimientos de ridículo se tradujeron en una imagen que comenzó a obsesionarlo. La cara de Ariadna fue tomando forma en su computadora y el programa de reconocimiento de emociones no tenía muy clara la diferencia entre una obsesión amorosa y una de otro tipo.

Las fuerzas policiales rodearon entonces la casa del magistrado, quien salió custodiado hacia el comando, para tener su merecido. Pero, esta vez, el magistrado conocía el hueco legal e hizo uso de él.

Poco a poco, se fue esparciendo el rumor de que había una laguna legal. Ciudad Jardín tuvo muy ocupados a sus legisladores durante mucho tiempo. No se ponían de acuerdo en lo que debían hacer. Unos proponían dejar las cosas como estaban, otros cubrir el hueco con otra legislación.

Mientras tanto, Ariadna fue feliz pensando en su amigo. Cada vez que se volvía a formar la imagen en su computadora, ella corría al comando y se entregaba. Ya empezaba a resultar molesto su comportamiento, pero como no había ninguna ley contra ello, no pudieron hacer nada.

Su amigo, al enterarse de las nuevas circunstancias fue libre de pensar lo que quiso. No sabemos si finalmente, los dos coincidieron en sus sentimientos. Lo que sí se sabe es que la gente de Ciudad Jardín se enteró del asunto y comenzaron a pensar más libremente. Y se sabe también que un magistrado de mucho peso y grandes bigotes hizo posible mantener el vacío legal gracias a un dictamen que firmó y selló él mismo. Porque… la caridad bien entendida empieza por casa.

(C) Meg

6 comentarios sobre “La policía del pensamiento

    davidrubios escribió:
    12 marzo, 2021 en 9:22 am

    ¡Hola, Mirna! Sin duda esa Adriana es toda una Rosa Parks de su tiempo. Muy buen relato, me ha gustado mucho ese giro que das respecto al vacío legal, eso lo diferencia de otras distopías en las que el ser humano acepta con una sonrisa su papel de borrego. Lo terrible es que cada vez parece que estamos más cerca de esta clase de sociedad. Parece como si el Pensamiento Único se esté imponiendo, como si todos los artilugios tecnológicos no tengan otro sentido que el de romper lazos sentimentales con las personas reales que te rodean o, como menciona el relato, la burla y mofa frente a quien osa hacerse preguntas o no dar por hechas las cosas que nos dicen. Algo fundamental para la dominación. La única pega es que le hayas dado una idea a nuestros Grandes Hermanos y tomen nota de lo que mencionas para evitar ese vacío legal, ja, ja, ja… Un abrazo!

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      mireugen respondido:
      12 marzo, 2021 en 12:31 pm

      Hola, David! ¡No, por favor! Que no se enteren del vacío legal. Creo que el pensamiento único es tal que no se dignará leer mi humilde historia. De todas formas, hacer uso de esa laguna requiere salirse de la homogeneidad del pensamiento y tomar decisiones, Para eso hace falta valentía y sabemos que los que se escudan en la burocracia hacen eso, escudarse, esconderse. Mira, justamente por estos días estoy luchando contra la burocracia en una de sus formas, la atención sanitaria que se brinda a los abuelos. Hay muchas cuestiones que no están siendo tenidas en cuenta, como las excepciones. A veces quisiera ser un poco Ariadna, y conseguir que esa burocracia se percate de las falencias que juegan con la vida de la gente, porque a veces el tiempo es vida. Que el Gran Hermano lo sepa.
      Un abrazo!

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    dolobera escribió:
    30 marzo, 2021 en 3:03 pm

    Hola Mireugen,
    Estupendo relato, está muy bien planteado, pero da mucho miedo. Aunque de momento hay tantas opiniones/pensamientos reflejados en diferentes medios que me parece difícil que lleguemos a esto.
    Por cierto, el nombre de la ciudad me ha recordado al de una zona con el mismo nombre donde yo vivo.
    Saludos,

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      mireugen respondido:
      30 marzo, 2021 en 10:02 pm

      Hola, dolobera. No sabía que existía una ciudad llamada así. Lejos de hablar sobre ella, es más una metáfora que un nombre. Lamento que te haya dado miedo.
      Un abrazo

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        dolobera escribió:
        31 marzo, 2021 en 5:11 pm

        Hola Mireugen,
        Lo de la ciudad me ha hecho gracia, pero en la realidad es un sitio muy pequeño/casi un barrio a las afueras. El miedo era por la idea de control que planteas.
        Un saludo

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          mireugen respondido:
          31 marzo, 2021 en 10:22 pm

          Sí, dolobera. La idea de control es sumamente inquietante para mí también.
          Un abrazo

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