La rebelión de los sapos

Posted on

Faltaba más? Aterradores sapos gigantes y venenosos amenazan Estados Unidos

¡Hola, amigos! Hay sapos y sapos. Los de este cuento, sin dudas, no son esos seres anfibios que croan en las noches de verano. Espero que la historia que les relataré a continuación sirva para mantenerlos lo más lejos posible y que su rebelión no tenga éxito.

Él estaba allí, tirado, a un costado de la zanja por donde se pierden aguas de la villa. Su cuerpo, cubierto de pastos secos que volaban en esa noche destemplada, temblaba como si una corriente lo atravesara de pies a cabeza. Lo vi allí y me acerqué. Le giré un poco la cabeza para ver su cara. Una lividez helada y unos ojos rojos lo hacían ver como un pequeño lémur albino. Tan desprotegido se veía, junto a los sapos que cantaban sus penas de agua. Tan desprotegido y solo, como un niño perdido en un Universo en llamas.

¿Quién lo reclamaría? ¿Quién iniciaría su búsqueda? Alguien en el mundo debía echarlo de menos. Pero él estaba allí, despatarrado e inconsciente, viajando por mundos en los que yo no quería internarme y ni siquiera podía imaginar. Me aterraba pensar que esos huecos de fantasía sin límites que se entrometían en medio de las cosas tangibles de la vida no tuvieran una senda de regreso a un piso y a un techo.

Movió un brazo. Lo sacudí un poco para ver su reacción, pero no hubo respuesta. Solo fue un movimiento inconsciente que me permitió comprobar que, además de no tener dominio de su mente, ya no controlaba su cuerpo.

¿Quién preguntaría por él? Esa pregunta me repiqueteaba en la mente. Yo no tenía un teléfono a mano, esperaba que pasara alguien para llamar a un servicio de emergencias. Pero tal vez no quisieran entrar a la villa, nadie quería entrar a la villa, ni la policía ni los médicos. Solo había un cura que venía de vez en cuando y andaba de aquí para allá, dando vueltas y tentando a los niños con caramelos para que escucharan la palabra divina como remedio contra otras tentaciones.

¿Quién lo levantaría? Tal vez yo pudiera encontrar algo para apoyar su cabeza y que no siguiera sobre la tierra fría. Y los sapos seguían dando su serenata de noche de otoño, despreocupados de todo, y alguien, más allá, escuchaba una cumbia. ¿Cómo podía ser que alguien festejara en momentos en que había un muchacho allí, tirado, luchando por volver o no a una realidad que no soportaba?

¿Hay algo de fácil en decidir escaparse? ¿Hay algo de cierto en tener esperanzas? Demasiada gente niega realidades a su manera, como para darle la razón a uno u a otro. ¿Cómo saber qué y cuándo negar algo? ¿Cómo tomar consciencia de que nuestra negación salvadora va a perjudicar a otro? ¡Y ese chico allí, tirado, con los sapos cantores acompañando su viaje interestelar por mundos de pura y bella fantasía! Desear un mundo bello no es un pecado. Desear que todo esté bien no es un pecado. Desear ser feliz no es un pecado. Pero él estaba allí, tirado, a la intemperie, expuesto a cualquier cosa que le pudiera pasar, indefenso, crudo, tentando a la muerte, dispuesto a que Dios tomara sus decisiones por él. Y solo me tenía a mí, que no sabía qué hacer ni cómo hacer.

Alguien pasó y le pedí ayuda, pero se rehusó, no tenía tiempo para perder con un drogón o, lo que era peor, con un criminal en potencia. Esa persona no era del barrio, o lo era y estaba demasiado decepcionada de la Humanidad. Yo nunca había visto a ese chico por la zona, me parecía que estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado, en la vida equivocada. Pero hay veces que se pierde la fe en los otros y se decide no seguir intentando. Ese alguien que pasó dictó su sentencia irrevocable y siguió su camino sin mirar atrás.

Lentamente el muchacho movió los ojos. Se ve que le ardían porque lagrimeaba. Quién sabe qué cosas se habría metido en su cuerpo-templo devastado, al que debió adorar tanto como para no soportar más sus desdichas.

Una palabra salió de sus labios y yo me pegué a su cara para escuchar. Esperaba que pidiera que lo ayudara o que buscara a alguien, pero solo me pidió algo dulce, un caramelo o un chocolate. Pobrecito, pensé, y busqué en mis bolsillos un chicle de frutilla que me había quedado.

¿Quién lo buscaría? ¿Quién lo reclamaría? Esas preguntas no se las podía hacer a él, a riesgo de echar sal sobre la herida de su historia. Una sonrisa desdibujada le cruzó la cara y se quiso parar. Lo ayudé a incorporarse y se sentó con esfuerzo. Sus brazos y piernas estaban casi desarticulados. Se reía solo, sin motivo, sin darse cuenta de que su situación era para llorar.

En eso que balbucea algo, mira a los sapos de la zanja y los señala. Miré hacia allí y le pregunté si le molestaban o le daban miedo. Movió la cabeza y me dijo que no, que los sapos eran sus amigos cuando dolía demasiado. ¿Qué era lo que le dolía tanto? No podía preguntar. Volví a los sapos, claro, te los ponés sobre la piel y te calmás, lo sabían las curanderas, lo sabía ese chico que huía de todo lo que duele.

Esa noche, los sapos habían sido demasiados. Lo demás era historia: él se había caído a causa de su debilidad de ayuno tibetano y allí había quedado.

¿Quién lo acompañaría? ¿Quién lo cuidaría? Esa noche lo escolté hasta un ranchito, solo, frío y destartalado. Le busqué una frazada, una almohada y lo ayudé a recostarse sobre la cama.

Me pidió que no lo dejara, que le hiciera un poco de compañía. ¿Quién lo cuidaría? Ese fue el principio. Volví a acompañarlo cada noche durante algunas semanas. Él me pedía sus sapos, no tenía fuerzas para ir solo a buscarlos. Al principio se los negué, pero fue peor. Pareció enloquecer. Entonces, unas noches después, conseguí una jaula para ratones y busqué algunos sapos. No podía permitir que él volviera a salir a la calle, tropezando con mundos imaginarios que pronto se quedarían sin sendero de regreso. Y los sapos, seres inconscientes de todo, se dejaron atrapar.

Cada noche, le llevé la jaula con sapos., procurando poner uno menos cada vez, intentando que el muchacho se fuera haciendo poco a poco, más resistente a su falta. De todas formas, los animales me seguían, parecían querer ser atrapados, como si se hubieran rebelado contra su suerte o presintieran que algo estaba pasando y ya no tendrían el control.

De pronto me sentí en medio de una guerra idiota: atrapando algunos, pero resistiendo a otros.

Los vecinos me miraban y no comprendían. Escuché que algunos cuchicheaban que no sabían qué locura me había agarrado con los sapos, pero que ya iba a pasar, como pasa todo, que no se podía nadar en contra de la marea.

Nadie supo, nadie reclamó, nadie preguntó siquiera por el muchacho. Solo los sapos rondaban su vivienda precaria, en una rebelión muda. Y yo los buscaba y los espantaba. Y ellos se resistían, se querían meter por las ventanas y rendijas.

El chico no entendía mi lucha, pero, poco a poco, fue notando que era parte de los cuidados que le prodigaba. Eso pareció contentarlo un poco. Pero noté una mejoría importante cuando conseguí un repelente de sapos recomendado por gente que sabe de batracios. Sin embargo, nada era seguro, porque nadie sabe a ciencia cierta si se puede escapar del todo de la huida del dolor. Pero, por lo menos, cada vez necesitó menos del poder anestésico de los sapos. Y eso ya era bastante.

Cuando los animales se alejaron, quedó la entrada libre, para que entrara gente nueva a la casa del chico. Hubo que convencerlo de que nadie lo lastimaría, si él no lo permitía. Fue una tarea difícil. Cómo explicarle que, a veces, no hay coraza suficiente, que hay que arriesgarse, que no hay que esperar demasiado de los demás, que todos son humanos. Que, cuando llegas a confiar en alguien, hay que dar un salto de fe y nadie sabe cómo acabará, por eso lo importante es no estar solo, tener un amigo que pueda dar un abrazo en el momento justo.

El muchacho, con la entrada despejada, abrió la puerta. Su vida se fue poblando de gente nueva, de aire nuevo y fresco. Yo seguí visitándolo de vez en cuando. Dejó de pedirme sapos y eso me alivió. ¿Quién lo podría ayudar a no recaer?

Los sapos, sin embargo, andaban por allí, ya no aparecían, pero se dejaban escuchar.

Alguien me aconsejó que le regalara un gato al muchacho. Que los gatos se encargarían de los sapos, los tendrían a raya. Hoy le llevé un gato hermoso que parece un tigre y se puso a ronronear apenas él lo tocó. Luego, el muchacho me miró y me dijo: “Hola, me llamo Claudio. ¿Cuál es tu nombre?”. Recién ahí caí en la cuenta de que no nos habíamos presentado y que yo había intentado estar ahí sin acercarme demasiado, presa del miedo, de la inseguridad y la desconfianza, más concentrado en cumplir con un deber humanitario que en conocerlo. Ahora entendía que me había convertido en su amigo. En verdad, él era mi primer amigo en un largo tiempo. Esta vez me tocaba arriesgar a mí.

Cada vez se escuchan menos los sapos, será que ahora Claudio y yo estamos ocupados conversando de cosas de la vida y ya no les prestamos atención.

(C) Meg

2 comentarios sobre “La rebelión de los sapos

    davidrubios escribió:
    24 octubre, 2020 en 7:14 pm

    ¡Hola, Mirna! Jo, un relato precioso. De esas lecturas que ejemplifican y muestran tantas cosas. La soledad nos lleva a los sapos y las personas suelen alejarse de quien se acerca a los sapos. Un círculo vicioso, como el que suelen caer las personas depresivas. Cada día un poco más encerradas en sí mismas, cada día más dejadas por quienes las rodean. El protagonista de este relato nos da una lección de solidaridad, de ayuda y perseverancia por cuanto siempre es más complicado ayudar a quien no se deja ayudar. Ojalá el ejemplo cundiera en nuestra sociedad, ojalá los sapos nos pasaran inadvertidos. Un fuerte abrazo!!

    Me gusta

      mireugen respondido:
      24 octubre, 2020 en 7:56 pm

      Muchas gracias, David! Me alegra que te haya gustado el relato. Ojalá los sapos se quedaran solos, aislados y nadie les hiciera caso. Ojalá hubiera más gente empeñada en luchar contra ellos. Ojalá quien se sienta atraído por ellos, se detenga a tiempo.
      Un abrazo grande!

      Me gusta

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s