La colmena

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Elisa había tenido ese sueño cada noche del último mes. Ella caminaba por un bosque y de pronto se encontraba con una colmena, una especie de balón de rugby amarillo que pendía del árbol más alto. El zumbido era intenso, las abejas se hallaban concentradas en sus labores. Elisa sentía pánico de las picaduras, era alérgica al veneno que las pequeñas abejas inoculan al hundir su aguijón. Por eso, en ese momento retrocedía, con tal mala suerte que se tropezaba con una raíz que sobresalía del suelo. Un instante después el enjambre se volvía hacia ella y la atacaba envolviéndola en una nube de terror. La sensación de ser picada por cientos de insectos se le metía en la piel como agujas enloquecidas y gritaba con todas sus fuerzas, pero su voz no salía y se abandonaba a la muerte.

Con esa sensación atroz, Elisa despertaba cubierta de sudor y prendía la luz de la mesa de noche, buscando en la realidad de la vigilia la familiaridad que le devolviera un poco de calma. Pero el velador le arrojaba una luz como de sol de noche y así, cegada, ella se levantaba y corría hacia el baño. Noche tras noche el lugar se llenaba de fantasmas que le impedían presionar la tecla de la luz y ella trataba en vano de pergeñar una manera de alcanzarla. Por ese motivo, volvía a la cama y se tapaba hasta la cabeza con la frazada y el acolchado hasta que el cansancio la volvía a vencer.

Amanecido el día, Elisa despertaba con el cuerpo adolorido y un temblor persistente. Tomaba una ducha, se abrigaba por demás, desayunaba, iba a su trabajo y luego a la consulta con su psicólogo. En la sesión, trataba de encontrar la punta del ovillo para que ese mensaje de su subconsciente se hiciera entendible y tornara a desaparecer.

Cual si fuera un sueño diurno, sus asociaciones se iban enlazando sobre el diván. Las alas de los pensamientos se desplegaban y tomaban vuelo trayéndole recuerdos olvidados, deseos sobre el futuro y reproches por cosas que hubiera deseado no hacer. Pero al pasar un umbral de resistencia las abejas se hacían presentes y los pensamientos se volvían su sueño nocturno permitiéndole revivir las infinitas sensaciones de la noche.

El psicólogo tenía que guiarla por los senderos de la razón para ir descubriendo los eslabones de las asociaciones. Él tenía una confianza absoluta en su método. Repetía palabras clave. Hacía preguntas. Estimulaba algunas posibilidades. Ella tenía la decisión final. Ella era la dueña de las asociaciones. Pero él sabía. Había aplicado su método por años y conocía la fuente de los terrores que azotaban a su paciente.

Las sesiones se habían iniciado hacía dos meses. Poco antes de que ella comenzara a soñar con las abejas. Elisa había sido renuente a analizarse, pero una amiga la había convencido, porque notó que la separación de su novio la estaba afectando en el trabajo.

La sesión de ese día se estaba extendiendo más de la cuenta. Las asociaciones la habían llevado a un lugar oscuro de su pasado remoto. Allí se encontraba con una figura oscura que castigaba a su madre con una picana eléctrica. Pero no era exactamente su madre, no tenía la cara de la mujer a la que llamaba madre. ¿Por qué le producía tanto dolor ver su sufrimiento?

El profesional no quiso seguir indagando. La fue llevando paso a paso por la escalerilla de un volcán apagado, con un manantial en su interior. Quiso conducirla hacia un lugar plácido en el que pudiera reposar su mente antes de emerger a la otra realidad.

Pero nada hay más inestable que el pensamiento cuando se agitan las aguas de la memoria inconsciente. Y ese día Elisa no llegó al manantial con la tranquilidad que el psicólogo deseaba. Llegó escapando de las abejas, desesperada y ciega, aturdida, atormentada y agobiada.

Elisa tomó entonces una decisión, porque había comprendido algo que no podía soportar. Ella había presenciado esa escena, quizás fuera muy pequeña, pero las imágenes y los sonidos no necesitan palabras para anclarse en la memoria. Elisa no tenía la fuerza o la capacidad para ocultar esa tremenda decepción que sentía al saberse parte de algo que, aunque la superara, la torturaba por su falta de reacción. Lo único que deseaba en ese momento era desaparecer, al igual que la imagen de su madre se había perdido en la oscuridad y la infranqueable pared de los recuerdos dolorosos, y se sumergió en el agua para tranquilizarse. El agua, sin embargo, era tan profunda que no pudo hacer pie.

El terapeuta se prometió ese día que aprendería a nadar.

(C) Meg

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