Micronovela El álbum – II – La otra foto

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Mauricio estaba en su pequeño departamento buscando algo que hacer. Dio vueltas y vueltas hasta que, sintiéndose un can que se persigue el rabo, decidió salir. Las calles de Buenos Aires son abrigadoras para quien anda por ahí suelto. Siempre se cruza alguien en el camino, aunque no salude, siempre hay un café donde pasar un rato mirando por la ventana o intercambiar una frase con el mozo, siempre hay un canillita dispuesto a comentar un titular. Mauricio estaba solo desde que decidió ir a estudiar a la capital. Su familia, desde La Pampa, le escribía semanalmente, sobre todo su madre adoptiva. Sin embargo, su novia lo había engañado con su mejor amigo y eso le había dejado un agujero oscuro en el pecho.

Caminó por la calle Corrientes en busca de un café. Pensó en la anchura de esa calle, demasiado para un domingo, y la comparó con la del río. Al pasar por la librería El lector, sintió curiosidad y se acercó a la mesa de saldos. No había nadie en el local, excepto el vendedor; en los últimos tiempos, la gente tenía que optar entre cargar el chango en el supermercado o recorrer los estantes de las librerías. Leer alimenta el espíritu, pero no quita el vacío estomacal, pensó Mauricio en ese momento.

Revolvió un poco la mesa desordenada. Tenía la firme convicción de que el maestro busca al alumno, por eso, se dijo, el libro adecuado vendrá a mí sin que yo lo busque. Entre novelas rosas y policiales de dudosa reputación, allí estaba Vidas encontradas, de la renombrada Marisa Abregu. Un libro que en la tapa mostraba la silueta de una persona, un hombre, iluminado por unas luces imposibles que hacían que varias sombras se proyectaran en los cuatro puntos cardinales.

─Buena elección ─le dijo el vendedor, desde atrás.

Mauricio lo miró y le sonrió. El vendedor le habló de la autora y, como Mauricio no pusiera mucha atención en detalles que invadían la vida privada de la escritora, le explicó que era un libro ideal para un domingo.

Mauricio se dijo que esa noche se sentiría menos solitario. En su interior había una extraña contradicción, quería sentirse en familia, pero no deseaba volver a La Pampa. Sentía que tenía cosas por hacer y que algo le faltaba, no le alcanzaba con sus estudios de relaciones públicas y, menos, con ese trabajo en la recepción de un hotel con el que se sustentaba.

De vuelta en su casa, abrió el libro y encontró la foto de un hombre caminando por un sendero entre unas colinas o montañas. No se le veía la cara, iba hacia adelante, quizás pensando en lo que le esperaba, erguido, con la postura de alguien que no teme al futuro, ni siente el peso del pasado. Mauricio iba a sacar la foto para tirarla a la basura, pero el papel estaba pegado a una de las hojas así que, no queriendo dañar el libro, decidió dejarla allí.

Esa noche comenzó a tener sueños extraños. Se sentía como el sujeto de la tapa del libro, en una encrucijada, teniendo que decidir cuál de los caminos tomaría. Se despertó sobresaltado cuando el hombre de la foto se transformaba en él mismo.

Esa noche tuvo varios sueños más que lo inquietaron. Sin embargo, hubo uno que le dejó una sensación placentera. Veía a una mujer caminando por el pueblo. No la conocía, pero sentía que algo la unía a ella. Despierto, trató de reconstruir en su mente la imagen de la mujer. Se preguntaba si sería su antigua novia, pero no lograba conservar la imagen que iba y volvía a su antojo como suele suceder con los recuerdos fugaces.

En los días siguientes, cada vez que leía un capítulo del libro Vidas encontradas, de la conocida Marisa Abregu, tenía la sensación de que cada línea había sido escrita para él. Al mismo tiempo, al toparse con la foto, se preguntaba si ese paisaje no era el mismo en el que había visto a la mujer del sueño.

Los días fueron pasando y su vida seguía la rutina acostumbrada. Después del  trabajo y el curso, pasaba por un café, estudiaba en lo que quedaba de la tarde y, por la noche, se reunía con un amigo a cenar. Luego, antes de dormir, leía un capítulo del libro. Fueron diez días de lectura. A medida que avanzaba en ella, el libro se le hacía más y más imprescindible. Tenía esa extraña sensación que hacía que quisiera saber cómo terminaba, pero, al mismo tiempo, no quería que acabara nunca. Si en esos días le hubieran preguntado cómo definiría la felicidad, él hubiera dicho que leer ese libro.

Al llegar al último capítulo, le pasó la cosa más inexplicable. Esa noche soñó con un vuelo. Él era el vehículo y el pasajero. Se enfrentaba a las corrientes y ascendía y descendía como si fuera un pájaro. Al día siguiente, en el Instituto le avisaron que había logrado una plaza para un intercambio estudiantil en una universidad de España.

Semanas después, antes de emprender el viaje, pasó por la librería El lector y vendió varios libros usados. Entre ellos, Vidas encontradas, al que había leído tres veces, porque cada lectura le devolvía nuevas ideas.

─¿Va a hacer un canje o prefiere el dinero? ─preguntó el librero.

─Prefiero llevar algo para el viaje. ¿Cuál me recomienda? ─respondió sabiendo que el hombre era un conocedor.

─Si va a viajar, puede llevar este ─respondió mostrándole Noticias de un regreso, de la ya familiar Marisa Abregu.

─Me gusta cómo escribe esa mujer, lo llevo.

Al abrir el nuevo libro, Mauricio se encontró con otra sorpresa: la foto del hombre aquél había pasado a su nuevo libro, pero esta vez se lo veía en una ciudad, con una enorme sonrisa, como si estuviera satisfecho de haber logrado algo importante para él. Mauricio lo miró y se sintió confundido. Había imaginado que la felicidad se encontraba en ese sendero en la montaña, no entre edificios. Claro, se dijo, es que la felicidad no depende del escenario, y durante todo el viaje siguió imaginando los motivos de felicidad de aquel hombre misterioso.

Al llegar a su destino en España, Bilbao, Mauricio comenzó a experimentar el sentimiento de haber llegado a su propia tierra. Propia como es propio un sentimiento, como parte fundante de uno. Allí, esperaba, comenzaría a vivir su propia vida.

Un comentario sobre “Micronovela El álbum – II – La otra foto

    David Rubio escribió:
    14 octubre, 2019 en 9:41 pm

    Una nueva vida encontrada gracias a Marisa Abreu y el librero. En esta ocasión, nos encontramos a Mauricio quien se encontraba en la encrucijada de encontrar su lugar en el mundo para ser feliz. Esa foto, le hizo saber que la felicidad no depende nada más que de uno mismo y de la actitud que uno tenga en la vida.
    A veces, viajar es sinónimo de huida, sin pensar que los miedos siempre compran el mismo billete de avión que nosotros.
    Mañana más! Un fuerte abrazo!!

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