La foto

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Resultado de imagen para foto de mujer en las montañas

Al salir de la librería, Jazmín abrió el ejemplar de Vidas encontradas, de la célebre Marisa Abregu, que había comprado en una venta de segunda mano. Al hojear sus páginas, se topó con una pequeña sorpresa: la foto de una mujer de mediana edad, sonriente, caminando en una calle pintoresca de un pueblo, aparentemente europeo. Era una foto de ella y el paisaje, pero Jazmín sintió que esa foto le estaba diciendo algo.

Se preguntó largo rato quién dejaría su propia foto adentro de un libro y luego lo vendería. Tal vez el libro había pertenecido a un hombre, un hombre que quiso olvidar a la mujer y se deshizo de todo cuanto le recordaba a ella; o podría haber sido un libro robado de la biblioteca de una madre, para ser vendido. Ninguna de las explicaciones la conformaba, así que volvió a la idea original de que la mujer misteriosa había dejado la foto allí, a propósito. Ni por un momento se le cruzó la idea de que el libro hubiera sido vendido tras la muerte de la mujer. Era impensable eso; ella transmitía vida.

Pese a la extraña, Jazmín decidió conservar la foto como señalador y, cada mañana, durante la semana que le tomó leer el libro, saludó a la viajera que se veía alegre en lo que podría pensarse que era su vida soñada.

A las preguntas iniciales sobre quién sería la mujer, le siguió un lento escrutinio de su aspecto. Ahora comenzaba a ver en ella rasgos parecidos a los propios: el corte de pelo, la ropa del estilo como el que ella misma usaba, años atrás.

Por siete días, Jazmín fue intercalando la historia del libro con la que ella misma imaginaba. La mujer de la foto se le antojaba una persona amable, segura y decidida. Tal vez fuera agente de viajes o comerciante o profesora de alguna materia que Jazmín no conocía o asistente de un médico.

No podía abrir el libro sin contemplarla y dedicarle unos minutos para interrogar las intenciones de aquella mujer al dejar la foto dentro del libro.

Los días que siguieron, la lectora fue sintiéndose más y más extraña. De pronto, tenía ganas renovadas de hacer cosas. Se descubrió pensando en viajes, sola, como nunca antes había hecho. Se veía al frente de una aventura por tierras inexploradas. Se imaginaba un poco heroína tal como veía a la mujer del libro. Y, cada vez que miraba la foto, se miraba al espejo y descubría nuevas coincidencias.

Lo que más le atizaba la imaginación era ver a la mujer segura, confiada, feliz. Porque Jazmín, venía sintiéndose en deuda con esas certezas.

El día en que terminó la lectura del libro, Jazmín tomó la decisión de mudarse. Inexplicablemente, la asaltaron unas ganas tremendas de ir a vivir al pueblo de la fotografía. Para eso, organizó primero la búsqueda del lugar. Revisó páginas de agencias de turismo en Internet y, tras semanas de búsqueda, halló lo que buscaba: se trataba de un pueblito perdido en una zona montañosa de España.

Faltaba mucho para hacer realidad ese deseo y, lo más complicado, sería conseguir un trabajo que le permitiera tener una vida allí. Jazmín no tenía profesión. Siempre había trabajado de oficinista. Pero, en ese momento, decidió que se convertiría en empresaria. Hacía tiempo que deseaba abrir un local de comida.

El pueblo se llamaba Cangas de Onis. Un bello puente recibía al viajero con su solidez romana. Allí, investigó, se producían quesos de los más deliciosos de Asturias. Y, por un momento, se le vino a la memoria una antigua vecina de su barrio, asturiana, dueña de una personalidad alegre y bulliciosa.

La mujer de la foto se parecía a su vecina, pero, también, a Jazmín.

Pensó un momento en cómo luciría al frente de su negocio. Vio entrar a los parroquianos hablando con su acento y esas frases que resonaban llenas de gracia. Pero… un negocio de pinchos sería como vender arena en el desierto. ¿Quién iría a comprarle algo que ya tenían?

La noche le dio la respuesta. Su madre le mostraba en sueños una mesa con los platillos de su infancia, recetas familiares que ella aún conservaba en un rincón de la memoria. El resto de la noche siguió soñando que braceaba con fuerza para llegar del otro lado del océano.

Al despertar, estaba segura de que iba a conseguir lo que se proponía. Por lo menos, iba a vencer su miedo atávico a los cambios. Miró la foto que, ahora, guardaba en su mochila. Tenía su cara. Tenía la misma expresión feliz de cuando joven. Se sentía esperanzada y completa. No necesitaba a nadie más para ello.

Jazmín se despidió de sus amigos diciendo que tenía fuerzas suficientes como para cazar un dragón. No tenía familia para despedirse de ella, sin embargo, mirando una foto vieja dijo: “encontré un nuevo lugar en el mundo”.

Antes de viajar, pasó por la librería y vendió su libro usado. El vendedor la reconoció.

─¿No le gustó mi recomendación?

─Al contrario. Fue una grata sorpresa.

El vendedor ojeó el libro y se detuvo en la fotografía. La miró y miró a Jazmín.

─Se está olvidando esto, señora. Salió muy bonita, no la pierda.

─No se preocupe. Voy a llevar este otro para acompañarme en mi viaje ─dijo mostrando un ejemplar de Mujeres que viven y sueñan, de la reconocida Marisa Abregu.

─Muy buena elección, señora. Ya no necesita mi asesoramiento ─rio el hombre.

Jazmín abrió el libro y, esta vez encontró algo distinto. Era un señalador, que decía: “el camino es el que tú hagas”. Ella asintió y guardó el libro en su mochila de viaje.

Un día y medio después, cuando se encontraba cruzando el puente de entrada a Cangas de Onis, miró hacia atrás y reconoció un lugar. Era el sitio donde habían tomado la foto. Un vecino del lugar, que venía haciendo su caminata matutina, la reconoció:

─Bonos dies, Estela, neña guapa.

Jazmín quedó desconcertada. Miró al viejo y lo escrutó, ¿sería posible que lo hubiera conocido en algún lugar? De pronto recordó. Él la había rescatado del incendio que destruyó su casa de la infancia. Era él o alguien muy parecido a él.

─¡Don Josep! ¿Todavía me recuerda?

Recorrieron el resto del camino contándose las novedades. Los dos se despidieron frente a una casa de piedra cerca del arroyo. Esa era la casa de Estela, su casa, desde que sus padres murieron. Como un sueño vuelto realidad, ella entró y se apropió de todas las cosas y, fundamentalmente, de los recuerdos contenidos entre sus paredes.

A partir de ese día, Estela inició una vida que fue sintiendo cada vez más propia. Llegó un punto en el que, si le hubieran preguntado por Jazmín, no hubiera podido decir quién era.

En Buenos Aires, el librero introdujo una nueva foto en el libro Vidas encontradas. Esta vez era la de un hombre. Había sido tomada en el mismo lugar que la de Estela. Estaba seguro que ella se alegraría de volverlo a ver.

Al salir del local, el librero revisó su agenda. Aún tenía un gran trabajo por delante. Debía encontrarles nuevas vidas a unas cuantas personas solitarias de la ciudad.

4 comentarios sobre “La foto

    David Rubio escribió:
    16 septiembre, 2019 en 9:24 pm

    Después de leer tu relato ¿quién puede decir que leer no cambia la vida? Una preciosa historia y un estupendo personaje, el librero, que bien deberías no guardar en un cajón. Esa librería podría ser un excelente conector para un libro de relatos. Tiene muchísimo potencial la idea que muestras en este relato. ¡No la olvides! Un fuerte abrazo, Mirna.

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      mireugen respondido:
      17 septiembre, 2019 en 12:05 am

      Gracias, David! La verdad es que me has dado una gran idea! Le voy a dar una vuelta, a ver que sale. Un abrazo

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    Josep Mª escribió:
    18 septiembre, 2019 en 8:14 am

    Ese sí que es un viaje en el tiempo, una forma mágica de recuperar un pasado y una identidad olvidados. Desde ahora, comparé mis libros en una librería de viejo, pero antes ojearé entre sus páginas por si descubro una fotografía que pueda hacerme vivir una nueva vida, je,je.
    Un relato muy bello leno de magia y fantasía.
    Un abrazo.

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      mireugen respondido:
      18 septiembre, 2019 en 10:13 am

      Muchas gracias, Josep. Creo que siempre habrá un libro que nos haga vivir alguna nueva vida o nos transporte a un lugar soñado.
      Un abrazo

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