Amor de girasol

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Imagen relacionadaLos viveros son lugares donde el amor florece. Es curioso que pocos lo noten, entre los canteros se encuentran amores tiernos y delicados como las begonias, amores tempestuosos e intrépidos como las flores de pájaro o amores cálidos y fulgurantes como los girasoles.

Quien quiera saber qué amor le espera en la vida que visite un vivero y elija. Hay para todos los gustos, incluso para los que no buscan el perfume de una flor, sino la frescura de una hoja verde, o para los que buscan la exquisita y única flor que nace de un cardo o el perfume inigualable que ofrece un jazmín.

Sandra cerró el kiosco y fue a comprar unas flores. Hacía poco que su jardín había sufrido el embate de unas heladas imprevistas que devastaron todo lo que encontraron a su paso, dejándola a expensas de una aridez triste y solitaria.

El jardinero le mostró lo más colorido que tenía: unas alegrías del hogar. Le explicó que eran las mejores para dotar de vida al jardín y que se adaptaban a los leves fríos que todavía quedaban.

Sandra buscaba unos girasoles. Flores que acompañaran el lento transcurrir del día abriéndose con plenitud al sol y que rechazaran la oscuridad. Esas flores le parecían fuertes y nobles, ideales para iluminar sus horas y regresarles el brillo perdido. Pero no estaban en temporada y aceptó la sugerencia del jardinero para llevar esas alegrías del hogar de aspecto un tanto delicado.

Las plantas florecieron y, tal como lo prometiera el vendedor, esparcieron un manto de alegría sobre el jardín que se vio reflejada en los nuevos colores de los ojos de la kiosquera. Sin embargo, faltaban aún unas lluvias ese año y  no se sabe si eso o el trabajo incesante de las hormigas hicieron que se fueran perdiendo una tras otra.

Podríamos culpar al jardinero de la inesperada muerte de las flores. Quizás no explicó bien sus esmerados cuidados, quizás se excedió en el uso del fertilizante. Pero se sabe que no todas las flores son para todas las personas y algunas no logran pasar de una estación.

Ahora la kiosquera remueve la tierra, la riega y la abona. Quién sabe si hayan quedado unas raíces y para su sorpresa, la primavera las haga volver a florecer. O tal vez encuentre, en una nueva visita al vivero, sus añorados girasoles.

(C) Meg

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