Retratos – La vecina narco

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vecina-narco1La vecindad estaba conmocionada esa mañana. La dueña de la pensión hablaba fuerte y gesticulaba a más no poder. Lentamente fueron saliendo de sus piezas una, otra y otra, asomando la cabeza y luego el resto del cuerpo, intentando hacerse invisibles para escuchar mejor. Espectáculos así no abundaban…

Dos vecinas que compartían la pieza salieron con las valijas llenas, arrastrando su suerte por el pasillo angosto que termina en la puerta de entrada. Iban con las cabezas gachas, sin saludar a nadie. Solo miraban hacia adelante como quien no quiere ser vista.

La escena terminó con la dueña cerrando la puerta con fuerza y volviéndose hacia adentro para desaparecer por una escalera, rumiando su fastidio.

El público quedó insatisfecho, pero pronto se repuso. Ahí comenzaron a tejerse las razones y explicaciones de lo que había sucedido. Que si venía un hombre a verla a la Lucy, que si se quedaba de noche, que si la de enfrente le contó a la dueña, que si la tuvieron bajo vigilancia varias veces. Lo más dramático fue lo que dijo la Bety. ¿No sabían que el novio de la Lucy es un colombiano? ¿No pensaron que el novio de la Lucy era narco? ¿No vieron que venía con un súper automóvil? ¿No se dieron cuenta de que ella cada vez trabajaba menos y se vestía mejor? Y la Lucy, con sus sesenta y pico de años, su asma y su catarro crónico, era, a esas alturas, una “descocada” que no respetaba las normas mínimas de convivencia…

Como pasa con los chismes, las noticias se fueron desparramando en decenas de mensajes de texto por el universo digital, ampliándose y enriqueciéndose como folklore urbano acabado de salir del horno.

¿Dónde vivís vos? ¿Estás segura de que no te querés mudar? Le decía una amiga a la Bety. Y ella no podía decirle que eran todos inventos suyos porque no tiene ni para pagarse el cable y ver una serie.

Lo más cómico es que días después, se supo la verdad. La inquilina despedida, la Lucy, había metido en la pieza a una de contrabando. Y resultó que esa le debía plata a un hombre, vaya a saber por qué. De allí las repetidas visitas masculinas. No faltó la amenaza y la venta de un televisor y otras cosillas para hacerse de la plata, porque la Lucy en el fondo es más buena que el pan… Parece que los narcos no perdonan ni a una mujer que vive de su pensión. O será que le hicieron el cuento del tío narco… para sacarle unos mangos. Qué vergüenza…

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