Un círculo, un tren y un barco

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Este relato va dedicado a Marcela y su familia. Me basé en algunos datos reales y otros que rellenó mi imaginación. Pero representa quizás el sentimiento de muchos que vivieron una historia similar.

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Hay historias que comienzan y terminan en el mismo lugar. Aunque eso no sea posible, aunque el río haya fluido y sus aguas se hayan renovado. Esta es una de ellas.

1916 fue el año en que el barco arribó a Argentina. En él, la familia Darraidou integrada por padre, madre y dos hijos de corta edad, venían desde la ciudad vasca de Bilbao a continuar sus vidas lejos de la guerra. No los impulsaba un enojo con su tierra, más bien un pesimismo y un hambre de paz.

Los derroteros de quienes persiguen un sueño se inician con frecuencia con una difícil decisión. A veces se deja algo atrás, en este caso una familia y amigos.

Iñaki Darraidou tenía ocho años cuando le regalaron un barquito de madera y le dijeron que iba a viajar en un gran barco de verdad. Entonces tomó su trencito de madera y lo enterró en el fondo de su casa debajo del gran árbol. Quizás intuyó que dejaba un pedacito de su corazón para no perder del todo la tierra de sus juegos.

El mar fue un espectáculo imponente, pero el barco… eso fue un universo maravilloso. En su mente se fue instalando el deseo de que ese viaje no termine nunca. Los laberintos de ese barco le dieron la oportunidad de explorar un mundo nuevo a su antojo.

Los años de exilio elegido comienzan con las esperanzas a flor de piel. Cualquier sacrificio es tolerable en pos de la promesa de tranquilidad para la familia. La nueva tierra cede poco a poco, la pala excava y los surcos se van abriendo, las semillas de una vida se comienzan a esparcir y luego a germinar. Pero no es fácil desechar una secreta duda, una inconfesable inseguridad.

Para los chicos es más fácil, quizás. Se adaptan rápidamente y siguen creciendo. Aunque ese pedacito de corazón enterrado sigue latiendo y enviando un mensaje a través del mar de la memoria. Muchos años después haría más patente su mensaje, como cuando se inauguró el tren Roca y sin saber por qué a Iñaki se le cayó una lágrima.

Pasan los años y el olvido que todo lo puede va dejando los recuerdos y los sentimientos en suspenso o dormidos. Con la latencia de los sueños se cuelan a veces imágenes y rostros, lugares, barcos, angustias y deseos.

Pero llega un día, después de muchos años, después de haber tenido hijos y nietos en la nueva tierra, después levantar una casa desde los cimientos, plantar un tilo, vivir los sobresaltos de un país nuevo y díscolo como caballo no domado, de haber creado nuevos lazos de amor a una tierra generosa por demás, viene ese día en que uno de tus nietos te visita para decirte: “aitona, me vuelvo para España”. Y con ese “vuelvo” no describe el recorrido de “sus” treinta y siete años. Describe “tu” recorrido, el de tu corazón que vuelve para reunirse con ese tren de madera que está allá floreciendo nomeolvides. Y vuelves a sentir que late todo junto, que es un tambor que llama y ahora quisieras salir corriendo, comprar un pasaje y acompañar a ese aventurero que deja sus tierras para ir por las tuyas.

Pero en lugar de eso dibujas un mapa. Un mapa del fondo de esa casa que casi no recuerdas. Lo único importante es el árbol y, bajo él, el sitio donde tu bisnieto de ocho años podrá encontrar ese tesoro tanto tiempo guardado.

Resultado de imagen para tren y barco de madera de juguete2003 fue el año en que un niño de ocho años desenterró un tren del fondo de una casa en Bilbao. En ese momento un corazón se volvió a unir. Viajó en un mapa, en unas fotos y en unos mensajes de texto. Y quizás nadie lo sepa, pero acá en Agentina quedó un barco de madera enterrado esperando un regreso.

 

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5 comentarios sobre “Un círculo, un tren y un barco

    beba pihen escribió:
    30 noviembre, 2018 en 11:57 pm

    Me encanto, Mirna. La historia de estos inmigrantes parece más plácida que la de mis abuelos, en 1910. Pero vos has logrado una riqueza de imágenes con esos juguetes enterrados que unen las historias. Me encantó cuando dices: “Y con ese “vuelvo” no describe el recorrido de “sus” treinta y siete años. Describe “tu” recorrido,…”

    Le gusta a 1 persona

      mireugen respondido:
      1 diciembre, 2018 en 12:59 am

      Gracias, Beba. Es una historia muy cercana a mí. Me movilizó mucho escribirla y espero que el resultado haya sido bueno.

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      mireugen respondido:
      3 diciembre, 2018 en 11:29 am

      Me dejaste pensando Beba. No quise abordar la historia desde los adultos. No se si los niños habrán vivido esa época como algo tan traumático. En todo caso quizás lo hayan olvidado por ser muy chicos. Por eso es que se ve algo rosa si se quiere. Yo quise hablar de la nostalgia por esa tierra natal.
      Un abrazo

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    David Rubio escribió:
    5 diciembre, 2018 en 10:14 pm

    Un relato entrañable, Mirna. Dos universos en torno a ese tren de madera: el que lo enterró y el que lo desenterró. Los niños tienen sus propias lógicas y desde luego viven de manera muy distinta los avatares. Ese viaje en barco me recordó, salvando las distancias, a cuando con trece años hice el viaje de fin de curso en el colegio. Era la primera vez que pasaría días y noches, solo tres, lejos de mis padres. Fuimos a Mallorca y recuerdo que pasé toda la noche recorriendo el barco que nos llevaba desde Barcelona. En proa, encantanado mirando el cielo marino, yendo a una sala de baile, tumbado en una hamaca… Creo que fue uno de esos pequeños momentos que finalizan y comienzan etapas vitales. Un abrazo!!

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      mireugen respondido:
      5 diciembre, 2018 en 10:18 pm

      Claro, David. A mi no me pasó un viaje a esa edad pero sí llegar a un nuevo lugar y comenzar a investigar, a meterme en los vericuetos y lugares más inusitados. Los niños tienen esa capacidad de asombro intacta ante las cosas que los adultos ven como ordinarias y ese barco me pareció que debe haber sido un universo lleno de maravillas.
      Un abrazo!

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