Inversión o Acquaforte – Parte XI

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En la casa de Waterman se llevaba a cabo una fiesta. Tenía las proporciones de una Dionisíaca. El anfitrión no se privaba de ningún placer y sus seguidores tampoco. Él se bebía los días que le quedaban con hielo y sin soda. Al recibir la llamada del espía del general, se encontraba teniendo sexo frenético en su cuarto. La chica se separó inmediatamente al entrar el asesor con el teléfono en la mano. Respiró aliviada.

─Lo llaman de parte del general, señor.

─¿No podía esperar?

─Dice que es urgente. Que de ello depende su vida.

Waterman se acomodó el calzoncillo y tomó el teléfono.

─Suárez…

─Waterman. Escuche bien. No puedo repetir. El general recibió un antibiótico que puede curarlo. No se deciden aún a dárselo. Están evaluando las posibilidades.

─De acuerdo ─atinó a responder, y sintió un cimbronazo en todo su cuerpo, la adrenalina de la emoción, la esperanza, la desesperación convertida en promesa, en confusión, en un brusco cambio de planes.

Waterman colgó e inmediatamente llamó a su colaborador. Le dio precisas instrucciones para reunir al jefe de su seguridad. Al cabo de quince minutos el hombrecito apareció en la suite de su jefe.

─Le encargo obtener ese antibiótico. Suárez le dirá dónde está. Lo necesito mañana mismo.

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