Juan Estatua

Posted on

Imagen relacionadaHay personas que reciben un nombre al momento de nacer y ese nombre guía su vida. Así sería con Juan Estatua quien nunca imaginó en sus juegos de niño que su futuro estaba comprometido de forma tan seria.

De chico solía jugar a las estatuas solo por tomarse a risa su nombre. Él permanecía en poses como la del arquero, el pescador, el guardia, el estudiante que atiende y tantas otras como su imaginación le permitía. No le resultaba fácil, es bien sabido que los niños no pueden mantenerse quietos por mucho tiempo. Pero era su desafío personal y lo hacía lo mejor que podía.

Años más tarde su juego se volvió más sofisticado. Pasaba horas frente a una pantalla. Pantallas de todo tipo se inmiscuían en su vida, de televisor, de computadora, de teléfono… A veces con toda intención se inventaba pantallas de tela con las que intentaba ver las cosas al trasluz.

Pasaron los años y un día se despertó muy temprano y se miró al espejo. Allí notó que le había crecido mucho la cabeza. No como le crecería a alguien con un chichón. Le había crecido de una manera extraña como si tuviera una protuberante alcancía, con ranura y todo. Se miró de un perfil y de otro, de adelante y de atrás con un pequeño espejito. Todo hacía pensar en que había sufrido el efecto de un virus deformante o algo así ya que los músculos de sus piernas y brazos se habían reducido mientras que su cabeza había crecido.

Consultó con un especialista quien le confirmó que su dolencia era algo completamente normal, pero si deseaba cambiarla podía modificar su forma de vida. Juan Estatua quiso saber a qué cambios de forma de vida se refería el médico. Y éste le dijo que simplemente tenía que cambiar de verbo…

Juan Estatua estaba muy confundido. ¿Cambiar de verbo?

─Sí, piénselo bien. Ya se dará cuenta solo.

Nuestro amigo se dirigió a su casa y se metió en su rutina habitual. Miró televisión por un rato largo. Se nutrió de algunos noticieros y de programas de chismes. Luego miró un poco de fútbol y hasta llegó a ver un partido de tenis. Llegada la noche, siguió mirando en Internet una película y chateó con algunos amigos y amigas que nunca había visto en persona. De pronto empezó a sentir que le picaban los ojos. Se dijo que había sido suficiente por ese día y se fue a dormir.

Esa noche tuvo un sueño muy inquietante… Soñó que fabricaba un auto de madera. Que daba forma a las ruedas y a un par de ejes, luego a una pequeña carrocería y un volante. Él mismo se sorprendió de esa habilidad que demostraba en su sueño. Nunca había fabricado nada con las manos. El pequeño auto se ponía en marcha y salía hacia adelante, pero ¿hacia dónde iba?

Al despertar se hizo la pregunta que venía molestándolo… ¿Cambiar el verbo?

Hizo un recuento de los verbos usados en el día anterior: mirar, escuchar, mirar, entretener, teclear, mirar, charlar. Le pareció muy poco feliz esa lista y la volvió a pensar. ¡Ah! Debía agregar algunos verbos más. Había pensado en las cosas que pasan en el mundo, había soñado con un futuro mejor, había sentido aflicción, decepción, alegría, ilusión, compasión y muchos otros sentimientos más.

Pero Juan Estatua no daba con el verbo que faltaba en su vida.

No pudiendo encontrar la punta del acertijo finalmente lo olvidó por aburrimiento.

Juan Estatua siguió su vida normalmente. Continuó mirando, escuchando, entreteniendo, mirando, charlando, pensando que pensaba, que soñaba y que sentía. Y su cabeza siguió creciendo como si fuera un globo al que van llenando de caramelos.

Un buen día volvió a tener un sueño. Esta vez soñó que construía un puente con maderas y sogas. Ese puente unía su casa que estaba en una isla con muchas otras islas y con sus respectivas casas. Y se largaba con su auto de madera por el puente y hablaba con todo el mundo y conocía gente que pensaba, soñaba y sentía.

Pero al despertar volvió a hacerse la pregunta maliciosa. ¿Cuál era ese verbo que le faltaba?

Incapaz de responderlo siguió su vida por años y años. Hasta que un día se quedó duro, así, de golpe. Se quedó tieso mirando la televisión. Dijeron que fue una sobredosis de estímulos que le produjo un infarto cerebral. Se repuso por unos días, pero desfalleció mirando la pantalla del aparato que monitoreaba su ritmo cardíaco. Y murió sin saber cuál era el verbo que le faltaba…

Hubo alguien que organizó su entierro. Incluso le regaló una corona que decía: “Para Juan Estatua, quien vivió y murió en su ley…” y luego esparcieron sus cenizas en un parque donde había una estatua que era visitada diariamente por decenas de aves. Y la cabeza de la estatua se llenaba de pajaritos.

2 comentarios sobre “Juan Estatua

    Tirma Tiatula escribió:
    25 agosto, 2018 en 7:49 am

    ¡Qué pedazo de cuento Mirna! Es muy bueno. He disfrutado leyéndolo, no solo por las alegorías que propones, sobre todo el modo y la forma de contarlo. No sé como te las has arreglado Mirna, que desde la voz omnisciente (la enterada que todo lo sabe), consigues cercanía con el chico, y eso es muy difícil que sin usar primera persona (la boca del muchacho), sintamos a Juan, sus pensamientos y acciones.
    Te felicito compañera.

    Me gusta

      mireugen respondido:
      25 agosto, 2018 en 10:29 am

      Muchísimas gracias, Tirma. Me alegra mucho que lo hayas disfrutado. Un abrazo!

      Me gusta

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s