Ramitas en sus ojos

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Dónde es el río dulce que deja ramitas en tus ojos? – Juan Gelman

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Solía pensar que los ojos son algo inmutable y que transmiten algo interno de la persona. Creo que lo segundo es verdadero, pero ya no me quedan dudas de que lo primero no lo es. Así lo entendí cuando lo conocí a él en las circunstancias más curiosas que he vivido en los últimos años.

Nuestro encuentro fue casual. Día de verano, ganas de salir a tomar aire, zapatillas y mochila y ya estaba lista para caminar por el parque. Por las dudas me llevaba un libro, para que no me sorprendiera una sombra tibia desprevenida.

Faltaban dos cuadras para llegar al parque cuando un auto me hizo sobresaltar. Una persona, un hombre, caminaba hablando por su celular y, sin mirar a los lados, cruzó la calle provocando que el auto frenara de golpe con un ruido irritante.

Moviendo la cabeza en señal de desaprobación, comprobé que el hombre no caminaba sin mirar, simplemente era ciego. Así lo delataba el bastón que antes no había visto.

Me apresuré a acercarme, tenía una idea clara de que debía ayudar. Pero al ponerme a su lado noté que me miraba como si me viera.

Me encontré mirándolo como Karate Kid miraba a su oponente en la escena final de la cobra. Él movía su cabeza hacia un lado y yo también. Luego la movía al otro y yo también. Desperté del encantamiento cuando él me dijo unas palabras.

─No puedo verte, pero puedo sentir el perfume que te pusiste esta mañana.

Yo seguía mirando sus ojos. Verdes como follaje. Bajo esos ojos podría leer la biblioteca de Alejandría, pensé. Verdes, frescos, serenos.

─No parece que no vieras. Sigo pensando que no puedes ser ciego.

─Mis ojos no son el problema, es algo adentro de mi cerebro que se desconectó de ellos. Pero noté que no me hacen tanta falta.

Contuve una risa, por el accidente que casi se produce y él lo notó.

─Claro, es que cuando te llaman por teléfono, te desorientas un poco ─se justificó─, en este caso la culpa fue de mis oídos, no de mis ojos.

Asentí y volví a mirar esos ojos que iban creciendo en intensidad bajo una nube pasajera.

─Quedé en encontrarme con unos amigos ─me dijo─. Si quieres puedes acompañarme hasta que lleguen.

En ese momento, me pareció perfectamente normal el pedido. Así que le tomé de un brazo y lo guié hacia un lugar menos transitado.

Esperamos unos minutos. Supe que su estado procedía de un accidente en moto. También me contó que ese accidente lo alejó de su novia y de su trabajo. Su mundo había cambiado de un día para el otro y lo que algunos consideran sombras, él terminó por aceptar como misterio.

Conforme él hablaba yo notaba que sus ojos cambiaban de color. Iban naciendo unas ramitas minúsculas que le daban al verde una apariencia real de follaje.

Le dije:

─Si tus amigos no vienen, podemos ir al parque. Me gusta un árbol donde te puedes recostar y leer… Perdón ─me disculpé─, no quise…

─Tú puedes leer todo lo que quieras, yo podría contarte lo que pasa alrededor. Porque metida en una historia, vas a necesitar que alguien te cuide de los que andan en bicicleta o juegan a la pelota.

─¿Vos podrías…?

─Claro.

Sus amigos no aparecieron. No sé si los había inventado como una excusa para que yo me quedara. Lo que sé es que nos dirigimos al parque y disfrutamos de la sombra acompañados.

Un par de horas después yo no había leído nada de mi libro. Su conversación fue suficiente para que mi atención se dirigiera solo a él. Muchas veces la vida de alguien es más interesante que la vida de un personaje inventado. Por lo menos más interesante que ese libro que había llevado y que ni siquiera recuerdo ahora.

Lo que nunca voy a olvidar son esas horas en que un hombre ciego me abrió los ojos al amor.

Cuando nos estábamos por despedir él tomó mi mano y me miró. Me miró como solo puede mirar alguien que tiene todos sus sentidos puestos en ver. Y sus ojos ahora eran color verde esmeralda, verde marino, verde follaje, verde menta, verde jungla, verde esperanza… con ramitas, muchas ramitas por donde se cuela el sol.

─Te salen ramitas en los ojos ─le dije.

─Porque tus ojos son el río dulce en que se bañan mis hojas.

Hoy nos volveremos a ver. Él prometió mostrarme un lugar especial donde el sol se pone entre dos ombúes y parecen verse sobre el horizonte unidos por un lazo de fuego. Yo le prometí relatarle lo que alcanzo a ver.

Meg © Todos los derechos reservados

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