25 años – parte XXVII

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Resultado de imagen para justiciaEsa noche Rosalía no descansó. Se hizo de mañana en medio de silbidos y chistidos de aves y, cuando Hurtado le volvió a decir que tenía que visitar al cliente misterioso que estaba encarcelado, suspiró de alivio. Le estaba resultando cada vez más complicado guardar la compostura.

Volver a 25 años – Parte XXVI

Volver a 25 años – Parte I

Tenía que fingir que nada pasaba, que se encontraba en una pseudo-luna de miel, y esas cosas, del mismo tenor que los secretos, se le hacían difíciles de controlar. Nunca había servido para guardar secretos, ni de niña ni de grande. Es más, era una de las cosas que le ponían sal a su vida. Pero esta vez se dijo que su vida había tomado un giro inesperadamente sorprendente. Regodeándose en su papel de agente secreto express pasó un buen rato remoloneando en la cama e imaginando posibles consecuencias de lo que había escuchado, sin dejar de pensar cómo podría ayudar a ese hombre que había caído en manos de gente inescrupulosa.

A las diez de la mañana decidió levantarse y, después de espiar por la ventana varias veces para confirmar que todo estaba tranquilo, bajó a desayunar. Se sirvió un café bien negro con un pancito de cada sabor y melón con jamón. También sumó a la bandeja frutas y cereales, y como no podía decidirse entre una medialuna y un mantecado, eligió a los dos. No sabía cuándo volvería a tener una oportunidad así de viajar y disfrutar de la hospitalidad de un hotel cinco estrellas.

Después del opíparo desayuno, se decidió a buscar calma en las tibias aguas de la pileta. Iba saliendo cuando vio que en un rincón del lobby, sobre unos sillones muy mullidos, se encontraba una mujer sola con los ojos rojos de tanto llorar.

—¿Te pasa algo?

—No, no, sólo estoy preocupada, no es nada.

—Si puedo ayudar en algo… ─su natural sentimiento de compasión comenzó a trabajar.

Las dos mujeres comenzaron a hablar y Rosalía, quien no podía soportar ver sufrir a alguien, prestó su oreja cuando Blanca comenzó a relatarle una historia extraña que involucraba a un abogado, unos tipos que lo seguían, un pasaporte falso y unas cajas.

—Todo esto es muy extraño ─comentó Rosalía─. Te voy a contar algo, pero me tenés que prometer que no vas a reaccionar mal.

─¿Qué cosa?

─¿Me prometés?

─Sí, claro.

─Me parece que el abogado ese que vos mencionaste es el que vino conmigo. Pero me temo que no está tratando de ayudar a tu novio. No te puedo explicar la conversación que mantuvo ayer con un hombre que nos cruzamos en el ascensor…

En ese momento, los africanos que seguían los movimientos de Blanca y del abogado se encontraron en el lobby a repasar la información que tenían hasta el momento. Uno había presenciado el encuentro con Dumas y había logrado tomarles una foto, cuando una pareja con un mono con collar le dejó un espacio libre para la cámara, entre el mico y una planta. El otro había pasado la noche aburrido ya que Blanca no había parado de llorar en la habitación o tal vez ella había estado escuchando una telenovela argentina, no estaba seguro. Ahora, al reunirse, decidieron que uno seguiría al abogado, que era el que más peligro representaba, y el otro llevaría la foto para enviarla por fax a Buenos Aires junto a un pedido de antecedentes. Se separaron dándose mutuamente las señas para no perderse en el camino, pero finalmente, los dos terminaron en el mismo lugar, ya que el abogado había ido a la comisaría.

—No tenemos novedades. Seguimos esperando los antecedentes de Castiglione. Parece que es un pez gordo, está borrado de todas partes, vio cómo son los que tienen influencias –le decía el oficial al abogado.

—O no está implicado en nada, como resulta obvio. ¿Cuándo lo verá el juez?

—Cuando termine la feria.

—La feria judicial aún no empezó…

—No, la feria… el mercado, el juez fue a comprar al Paraguay algunos electrónicos.

—Bien, entonces hay tiempo.

Mientras tanto, Dumas, sin salir de su habitación, llamaba sin descanso al político. Ya iban veintitrés llamadas sin éxito, no estaba en su casa, lo había confirmado la sirvienta, no estaba en el Congreso, eso le dijo el secretario privado, no estaba en el partido, así lo informó uno de los delegados, no estaba en lo de su querida, según dijo ella misma, tampoco en lo de su otra querida, como le dijo la otra. Ya no sabía dónde más buscarlo, se estaba empezando a intranquilizar. Finalmente decidió llamar a su contacto en la policía de Buenos Aires, mientras secaba el sudor de su frente con papel higiénico.

En la recepción del hotel, Álvarez pasó horas esperando que Dumas hiciera su próximo movimiento. Mientras tanto no dejaba de controlar al hombre negro que permanecía en el lobby y que había estado observando atentamente a Dumas cuando hablaba con el abogado. Primero pensó que podía ser un ladrón brasileño, aunque por la ropa que llevaba se diría que no era de la zona, llevaba una camisa con dibujos tribales color roja. Ya se estaba por quedar dormido cuando, en medio de la ensoñación, recordó a los dos africanos que se habían presentado en la comisaría y que habían generado un buen alboroto porque nadie les entendía lo que decían.

—Andamos tras el mismo rastro –dijo al acercarse.

—¿Oficial Álvarez?

—El mismo. Dígame, ¿qué ha descubierto?

—Dígame usted ¿qué lo trae por acá?

Los dos hombres se enroscaron en un a ver quién saca información del otro sin decir lo que sabe, cuando Blanca pasó al lado de ellos y tuvo que esquivar las ojotas del africano.

—¡Oficial Álvarez! –dijo Blanca con sorpresa al levantar la mirada.

—¡Blanca! ¡Qué gusto! ¿Anda vendiendo libros por acá?

—La verdad es que tengo un gran problema con la justicia, oficial. Me apena mucho esto… pero… ¿Querría ayudarme?

—No andará leyendo demasiado a Agatha Christie…

—No, eso se lo dejo a ustedes, ¿podría darme unos minutos?

El oficial Álvarez y Blanca se dirigieron a la cafetería que en ese momento estaba vacía ya que era horario de excursiones. Él escuchó atentamente lo que decía la mujer. Después de la sorpresa inicial, comenzó a escribir en una servilleta de papel los nombres y las relaciones entre las personas que se iban agregando a su historia, mientras ella seguía aportando datos y lo miraba con curiosidad.

—Tenemos un gran caso –concluyó—. El asunto es que no aparecen los… no aparece la caja.

—Estoy segura de que la tiene el abogado.

—Necesito una orden de cateo y eso puede tardar mucho.

—Inténtelo.

—Acompáñeme a la comisaría.

Los dos salieron del hotel. Álvarez caminando a grandes pasos y Blanca siguiéndolo con el paso apretado, tanto como las zapatillas que había estrenado y que le estaban haciendo una ampolla por el exceso de calor.

En ese momento, Martínez, el policía, estaba haciendo el papeleo para el traslado de Castiglione.

─Tráiganme a Castiglione. Me lo llevo.

—¿Trasladan a Castiglione? ¿Quién dio esa orden? –interrumpió Álvarez.

—Buenos Aires, está involucrado en un delito federal ─respondió el correntino.

—Este hombre no se va a ninguna parte.

—¿Por orden de quién? ─intervino Martínez.

—La orden la dará Buenos Aires cuando llame para verificar “su” orden de traslado, que veo que no está firmada por nuestro superior. Oficial, llame inmediatamente a la Central, necesito hablar con el detective Guardiola.

Martínez no quería escuchar razones. Seguía ordenando a los gritos que le dejaran el prisionero, con manotazos de ahogado, trataba de imponer la autoridad de su voz.

—Álvarez, aquí le tengo su respuesta. Buenos Aires no está enterada de la orden de traslado. Detengan a este impostor.

Martínez fue sujetado por dos oficiales que no dejaban de masticar chicle y hacer globos. Inmediatamente lo condujeron a un calabozo cercano al de Raúl. Éste al verlo lo reconoció.

—Oficial, ¿qué está haciendo por acá?

—(Todavía lo pregunta.) Estaba tratando de sacarlo, pero…

—¿Blanca se comunicó con usted?

—Yo… este…

El oficial Álvarez ingresó antes de que terminaran de hablar y miró con rencor a Martínez, luego abrió la celda de Raúl y lo condujo a una habitación donde podrían hablar tranquilos. Allí le explicó que había varios implicados y que necesitaba que fuera muy sincero porque su libertad dependía de los datos que le pudiera dar. Don Raúl habló, la información retenida en las últimas horas salió con la presión de una hidrolavadora. Sin embargo, no podía dar a conocer algunos detalles e incurrió en algunas contradicciones. El oficial quedó bastante conforme con lo que declaró Raúl e inmediatamente solicitó la orden de cateo al cuarto del abogado.

Cuando entraron en el hotel con las fuerzas de la provincia de Misiones, Hurtado se había retirado discretamente, pero se había olvidado a su secretaria en la habitación, quien estuvo dispuesta a atestiguar contra su frustrado amante. Dumas también había desaparecido en cuanto vio que su cómplice se escabullía por la parte trasera del lobby. Sin embargo, ninguno de los dos pudo librarse de la sombra negra de los dos africanos, quienes continuaron su viaje por Argentina tras su rastro, siempre pisándoles los talones, pero sin lograr detenerlos.

En Buenos Aires continuó la investigación. Álvarez escoltó a Raúl, quien fue puesto en libertad a condición de que atestiguara, junto a Blanca.

A Hurtado y a Dumas los encontraron tiempo después, a uno en la Quebrada de Humahuaca intentando cruzar la frontera en una llama y al otro en un paso de frontera con el Paraguay transportándose en una canoa con naranjas. Las policías locales fueron muy diligentes y actuaron coordinadamente con los africanos, ya que Buenos Aires no “disponía” de recursos para continuar la investigación y el caso había pasado a manos de la Interpol. Una vez en la capital, Hurtado y Dumas se implicaron mutuamente ya que siguieron las instrucciones del político para intentar salvarse creando una duda razonable.

Martínez fue enjuiciado junto a los otros dos, fue dado de baja de la fuerza y enviado a una cárcel común dónde no fue muy bien recibido. Fue juzgado por múltiples acusaciones que comenzaron a salir a la luz ni bien se supo que había caído en desgracia.

El joyero sospechado quedó libre de todo cargo, pero sin diamantes, ya que los africanos lograron demostrar que las piedras eran las que habían sido robadas en Sudáfrica. La compañía de seguros no pagó el siniestro porque las joyas provenían de un robo y en el contrato decía claramente que en caso de delito no se hacían responsables. Además de los diamantes recuperados del abogado, la mayor parte finalmente se encontró en una de las residencias del político quien junto a Dumas habían ideado la estafa a la compañía de seguros así como habían hecho las conexiones internacionales para traer los diamantes robados en Sudáfrica. El político, sin embargo, se tuvo que ausentar del país presurosamente y sin dar noticias de su paradero. Lo buscaron por cielo y tierra, pero se escurrió como una sabandija. El investigador de la compañía de seguros fue quien logró dar con la ubicación del hombre, pero como ya se encontraba en un país sin tratado de extradición, nada pudo hacer la justicia local.

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