25 años – Parte XXVI

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Resultado de imagen para sueñosUn par de horas después, Raúl despertó. Había caído en otro sueño, uno claro y optimista que le hizo sonreír al abrir los ojos. Sin embargo, un flash del sueño anterior lo devolvió a la realidad y allí se quedó rumiando los últimos hechos de su vida.

Se detuvo a pensar en las posibles implicaciones que tendría delatar al diputado. Lo mínimo que le podría pasar sería que lo amenzaran de muerte… O tal vez amenazaran a Blanca. Nunca se sabe con los políticos, cuando el zapato aprieta la reacción puede ser una patada… Mientras tanto, uno de sus compañeros de celda se le acercó pidiéndole un cigarrillo.

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Volver a 25 años – Parte I

—No fumo.

—Lo bien que hace.

—El cigarrillo mata.

—Tantas cosas matan… —le respondió el otro con una mirada significativa—

—Pero si sé de alguien que tenga, le consigo, no se preocupe ─respondió Raúl, encogiéndose.

—Usted me cae bien, por eso le voy a contar algo –dijo poniéndole una mano en el hombro—. Cuando me estaban ingresando, vi a su novia. Muy linda mujer… Me pareció que es de las que luchan.

—Gracias.

—Por nada. Cuídela.

—Desde aquí… creo que será ella quien me tenga que cuidar.

Los detectives africanos, luego de una espera matizada por unos tragos de vodka que les hizo subir la temperatura a extremos saharianos, siguieron, cada uno por su lado, a Blanca y al abogado. El que seguía a Blanca la vio visitar el destacamento policial y volver al hotel para encerrarse en su cuarto. El que iba tras el abogado también lo vio acercarse a la oficina policial y volver al lobby donde se reunió con su novia.

—Te veo preocupado. Apenas me explicaste por qué saliste tan rápido.

—Nada que valga la pena. Sólo una complicación con un cliente.

—Contame… ─insistía Rosalía.

—No, vamos arriba ─fin de la conversación.

Mientras tanto, Álvarez había llegado a Puerto Iguazú presa de un mareo insistente (no solía viajar en avión debido a que su cerebelo le enviaba señales de olas marinas). Se compuso un poco al poner los dos pies sobre la tierra y exhalar un suspiro de náufrago rescatado. En el mismo momento en que estaba activando su teléfono y se disponía a llamar a la jefatura, Dumas se aproximó a pedirle fuego, con la cara del fumador privado de nicotina durante un largo tiempo.

—Los vicios son difíciles de perder.

—Lo que unos prohíben otros evaden.

—Dígame, ¿conoce algún buen hotel por acá?

—Justamente estoy por registrarme en el Mirador. Es un buen lugar si le gusta admirar el paisaje.

Álvarez tomó un taxi a continuación de Dumas. Se felicitó por su buena suerte. No tendría que preocuparse por disimular que lo seguía. Después de un rápido viaje por unas calles un poco accidentadas, arribaron al hotel y se registraron casi simultáneamente.

—Nos seguimos cruzando.

—Parece que sí. Buena estancia.

—Que lo disfrute.

Dumas estaba seguro de que encontraría allí al abogado. Alguna vez le había contado de un viaje que hizo con una de sus amantes, y conociéndolo, estaba seguro de que intentaría remedarlo. Estaba frente al ascensor cuando, al abrirse la puerta, Hurtado bajó con su compañera. Se disponían a cenar en el hotel el plato más caro que hubiera en el menú, cuando Hurtado vio a Dumas y dio un paso hacia atrás, instintivamente.

—¿Qué pasa, querido? ¿Te tropezaste?

—No, esperame en el comedor, yo enseguida te alcanzo.

La joven dejó el ascensor echando una mirada a Dumas quien le respondió con una sonrisa torcida. Los dos hombres esperaron a que ella se alejara un poco para comenzar a hablar. La chica dio unos pasos y se volvió a mirar, los dos gesticulaban y parecía que en cualquier momento se iban a ir a las manos.

—Si no aparece esa caja de diamantes date por muerto.

—Yo no tengo nada que ver, los dejé en Buenos Aires.

—Yo estuve en tu oficina. ¿Qué estúpido podía dejar un montón de cascabeles adentro de la caja?

—Te juro que no fui yo.

─¿Quién va a ser si no vos? ¿O acaso le contaste algo a tu socio?

─No, para nada. No hablé con nadie del asunto.

—Te doy hasta mañana para que encuentres una explicación que te salve.

—Tenemos un problema que no habíamos previsto.

—¿Cuál?

—Encerraron al tipo que hizo las entregas.

—¿Cómo sabés quién hizo las entregas? Yo llamé a alguien de afuera…

—Es una larga historia. Lo único que importa es que el tipo está en cana y en cualquier momento comienza a batir todo lo que sabe, que en realidad no sabe nada, pero da la casualidad que como estuvo en contacto con vos podría implicarte.

─¿Por qué está en cana?

─Porque parece que también estuvo en contacto con un diputado y el trucho le consiguió un pasaporte falso. Lo agarraron por eso.

—¿Qué sugerís?

—Que hables con el diputado, no sabemos si es el mismo, pero de todas formas nos podrá ayudar. Decile que solucione el lío porque, si no, caemos todos. El tipo está a punto, ya no se banca más la cárcel. Es un blandito.

—Lo que me pedís es muy complicado.

—Es eso o la cárcel.

—Haré el intento. ¿Y después que pensás hacer con tu cliente?

─Eso te lo voy a dejar a vos, sos el maestro de los accidentes.

─OK. Es una buena decisión, ahora andá con tu Barbie, que te está esperando.

Álvarez se había especializado en leer los labios, su hermana era sorda y siempre le había intrigado la manera en que lograba entender a los demás, así que, por pura curiosidad, sus ratos libres de adolescente los había pasado perfeccionando esa técnica, que luego le daría una importante ventaja en su trabajo.

—Hay un político metido en el medio y el abogado dice que no sabe nada de los diamantes. Lo único seguro es que Dumas no los tiene porque los anda rastreando. Pero ya hay tres implicados. ¿Quiere que haga el arresto?

—No, esperá a ver si averiguamos quién es el político ─respondía Guardiola.

—Claro. ¿Cómo va usted con la pista internacional?

─Lento, pero encontrando la punta del ovillo. Parece que hay gente de Aduana implicada. Todo es un gran merengue…

Rosalía no necesitaba leer los labios, ella había perfeccionado el arte de espiar detrás de las puertas, por lo que alcanzó a escuchar con todo lujo de detalles lo que hablaban su novio y el otro hombre. Su mente no alcanzaba a redondear la idea de un robo, pero tenía información que era potencialmente peligrosa. Cuando vio que los dos hombres se despedían, se perdió en el baño de damas. Esperó un rato y salió con dirección al restaurante a donde se dirigía Hurtado.

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