25 años – parte XXV

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Imagen relacionadaDon Raúl, después de despedir al abogado Hurtado, se quedó solo en el sombrío calabozo, no completamente solo, un par de presos dormían en sus literas, roncando y hablando en sueños. Soñando persecuciones o huidas quien sabe de qué fantasmas, a juzgar por las pocas palabras que Raúl lograba entender. ¿Cuáles eran sus fantasmas?, se preguntó.

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El de la soledad había sido exorcizado recientemente por su bella Blanca. El de la pobreza, el de la miseria lo seguía a dos pasos de distancia. Pensarse pasando necesidades, hambre, enfermedad, frío, eso lo convertía en un fugitivo. Si hubiera una capa de invisibilidad para escapar de la miseria sería el bien más preciado del mundo. Muchas cosas hacemos por temor a ella. Muy pocos se salvan de eso. ¿Para qué acumulamos cosas, objetos, bienes, dinero, si no? Es el miedo ancestral que nuestros antepasados del África identificaban con la falta de lluvias, de pastizales o de animales de caza. Uno no puede morir de hambre o sed rápidamente. Es una lenta agonía durante la cual los órganos empiezan a fallar hasta que la mente se pierde y el mundo se escapa. Pero lo peor de todo no sería la muerte. Lo peor sería la agonía en sí misma, imposible de prever. El arrastrarse por ese hilo de vida con la sensación de que deseamos que termine, para bien o para mal, pero que termine. El dolor. Eso es terrible. El dolor y la agonía, el que se la vida se convierta en un reptar. ¿A dónde va a parar alguien que agoniza? ¿Cómo protege a sus seres queridos? ¿Cómo hace para que no caigan en el cañón del abandono? Un cañón por el que se desliza un río tumultuoso que te va haciendo golpear contra las rocas que están en sus márgenes. Miras hacia arriba y a los lados solo ves la roca escarpada. Desde ese ángulo, parecería que hubiera una única salida: hacia arriba. Pero arriba solo hay cielo, solo hay un infinito profundo y tan lejano que solo la mente lo alcanza, abajo hay que luchar porque la corriente te mantenga a flote, manotear una rama para usarla de protección contra los cantos afilados y tranquilizar la respiración, mantener la cabeza en alto, no tragar agua, calmarse y bracear en lo posible para dirigir el curso, resistir hasta que ves que se abre el horizonte delante de los gigantes sin cabeza que acompañaron ese tránsito ríspido.

Miró a su alrededor, dos paredes blancas y un montón de barrotes de hierro lo separaban de la vida. ¿Qué había sido de su vida? Desde que empezó a recorrer el derrotero de la desocupación y luego de su blanda independencia, las cosas se le habían ido escapando de las manos. Toda una vida de corrección en todos los sentidos, de consideración por los demás, de honestidad, de responsabilidad, de buenas intenciones y acciones se le estaba yendo por la alcantarilla. Y ¿por qué? Porque sin darse cuenta se fue metiendo más y más en el fango de un engaño producido por apariencias confusas. Él que siempre había defendido la verdad y a quien las mentiras le parecían artilugios de los que no tienen agallas o quieren aprovecharse de los demás. ¿De dónde había salido esa idea loca de asesoramiento con cortinas de humo? Ese humo lo había terminado ahogando. ¿Qué circunstancias lo habían llevado a pensar que había encontrado una salida airosa de la mala fortuna que lo había hecho salir a las calles como un buscador de oro en tierras de arena?  Si hasta se había sentido poderoso. Creer que uno tiene una idea original lo hace a uno tocar el cielo con las manos. Pero él, Ícaro del siglo XX, llegó al cielo y probó las consecuencias de la luz del sol que todo lo muestra y que te deja ciego si miras tan fijo. Ahora estaba seguro de que él era de esas personas que no quieren moverse a niveles tan altos. Hay quienes se asfixian con la altura por la falta de oxígeno, solo algunos son capaces de conservar el sentido de la realidad y no perderse, no confundirse y, sobre todo, no dejarse manipular al antojo arbitrario de los halcones que surcan los aires. Y no era que se estaba dejando caer en el pesimismo o en la derrota, era ese momento en la vida en que uno se mira de frente en el espejo y se da cuenta o recuerda  quién es realmente. Muchas veces en la vida de una persona se fantasea con cruzar los límites, con convertirse en alguien para quien las normas o la buena educación quedan en un estante de la juventud inocente superada. Pero él había dado el paso sin darse cuenta, tal vez eso fue lo que lo condujo a esta situación. Si se lo hubiera planteado, si hubiera tomado la decisión conscientemente, no lo habría hecho. En cambio, se había creído su propia fantasía de estar haciendo algo loable, necesario, bueno. Y no se había detenido ante las alertas, se había creído su propia historia. Se había mareado con el falso éxito. Él había omitido mirarse al espejo hasta ese momento, o había visto lo que deseaba ver, pero ahora, solo, con el miedo atroz a lo que vendría si las cosas no se aclaraban, no le quedaba escapatoria. Quizás si no hubiera sentido culpa, si se hubiera desecho de esa capa de decencia de la que se sentía orgulloso y hubiera aprovechado la ocasión… Pero no, hay momentos en que uno llega a saber de qué es capaz y la vía del sálvese quien pueda, del caiga quien caiga, del si no soy yo será otro y del fatídico fin que justifica todo medio no lo había logrado atrapar finalmente. Eso lo reconfortaba, tanto que se hizo una promesa, ahí, detrás de los barrotes, mientras otro preso ahora silbaba una estrofa de “Pájaro campana”: no volvería a caer en la desesperación. Encararía los problemas con madurez aunque tuviera que someterse a grandes sacrificios. Buscaría realmente una salida a esa nueva jaula. Porque ya se había sentido enjaulado anteriormente y su primer vuelo había sido el de un pájaro atontado. Ahora lo habían atrapado en esta ratonera y volvería a salir. La vida es tan maravillosa que deja crecer flores aún en medio del desierto.

Don Raúl se quedó dormido, pensando, y en su breve sueño se vio como mendigo recorriendo las calles que rodean el edificio donde trabajaba, con ropas rotas y moscas circundando su cabeza sucia y maloliente, cojeando de una pierna por una úlcera hambrienta, mascando un trozo de cuero de un zapato roto encontrado por ahí, para engañar el estómago que crujía con ruidos cavernosos. La gente lo esquivaba con cara de sentir mal olor y cuando lograba alcanzar a alguien le tiraban una moneda lo más lejos posible como tratando de huir del perro marcado por la sarna. Tanto asco, tanto rechazo provocaba, que la gente le escapaba como si se vieran a sí mismos proyectados en ese cuerpo hediondo y adolorido. Como si fuera un mal dentro de sí lo que lo aquejara, como si hubiera caído presa de un virus que contagia al acercarse y que impulsa a dar vuelta la cara y salir corriendo tratando de olvidarlo lo antes posible, como si solo pensar en ello pudiera hacerlo real para ellos mismos.

La sensación de abandono fue tan intensa que Raúl despertó angustiado.  ¿De quién es la responsabilidad del abandono de los que caen?, se preguntó. Mientras se debaten las culpas hay alguien que sufre las consecuencias. Mientras miramos lo que le ocurre a otro pensamos que la responsabilidad es completamente suya, cuando nos pasa a nosotros creemos que alguien nos debe algo. Pero debe haber algo más… algo que pareciera inasible por su misma omnipresencia. Si toda la vida nos prestamos a ese juego de dar y recibir que nos propone la sociedad organizada, si hacemos nuestro aporte y damos, si hacemos posible que la rueda avance y aceptamos un lugar, nos apropiamos de un eslabón, habrá un momento en que necesitaremos y esperaremos que nos engrasen. Porque a cualquier maquinaria para que siga funcionando se le hace mantenimiento y cuando el desgaste de la pieza la hace inutilizable se la puede fundir y dar nueva forma para reutilizarla, cuánto más si esa maquinaria piensa y respira. Y porque, viéndolo desde cierto ángulo, si nuestro contrato social nos necesita para que las cosas sean de cierto modo, que cada quien juegue en el campo en distintas posiciones, ¿cómo no pedir que el equipo nos tenga en cuenta? ¿se puede tener un equipo solo con delanteros? ¿qué pensamos de un director técnico que arregla el juego para que su equipo pierda porque apostó en contra de él? ¿cuál es nuestro equipo? Ese pareciera ser el problema… Y Raúl se volvió a dormir.

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